GEBI
GRUPO EDITORIAL BITÁCORA
Publicaciones Electrónicas

¿Quieres recibir
en tu e-mail
nuestras
novedades?

VISITA A NUESTROS PATROCINADORES

 

      Sin lugar a dudas, una de las ceremonias más populares por mezclarse en ella un aspecto deportivo y otro lúdico (para los espectadores, claro) era el famoso “juego de la pelota”.

         En el Opeño (Michoacán, México) se encontraron las primeras figurillas que representaban a jugadores de pelota, fechadas en torno al 1500 a. C., pero las estructuras más antiguas encontradas son del 700 a. C., en La Venta (Tabasco). La importancia ritual de este juego queda atestiguada por las más de 600 construcciones encontradas y su ubicación en lugares privilegiados de las poblaciones (Cardos et al, 1986).

         El área del juego era un espacio rectangular limitado por dos estructuras paralelas de perfil más o menos inclinada donde se colocaban dos gruesos anillos de piedra, a modo de canastas, dispuestos a considerable altura y en sentido longitudinal a la pared y transversal con respecto del suelo. En las esquinas existían ciertos nichos y en el centro del terreno un disco de piedra o un hoyo. Los extremos del campo podían ser abiertos o cerrados, dando una forma de I latina mayúscula.

         Los jugadores se dividían en dos equipos con dos o tres miembros cada uno, jugando en el campo por secciones. Si alguno de los equipos conseguía introducir la pelota de hule por el anillo –cosa harto difícil-, ganaba el partido. Según el lugar y la época, la pelota se golpeaba con un palo, con las caderas, codos o rodillas, existiendo una serie de protectores en el lugar del cuerpo con el que se impactaba a la dura pelota.

         Tal como aludíamos anteriormente alrededor del juego existía un complejo mundo ritual y simbólico. El juego en sí era tomado como la representación de la lucha entre fuerzas contrarias (blanco-negro, sol-luna, bien-mal). La línea divisoria del campo establecía el límite entre ambas fuerzas, mientras que el anillo ratificaba en parte este símbolo. El material con el que se realizaba la pelota, estaba sacralizado, incluso algunas pelotas formaban parte de ofrendas a diversos dioses. Por otra parte, los jugadores se representaban en ocasiones en procesión protagonizando la ceremonia de decapitación.

         Cambiando de aspecto a tratar de ámbito geográfico no podemos dejar de abordar otra serie de rasgos inmersos en la religiosidad y creencias de los pueblos tratados que se ofrecen a continuación.

         En Perú la homosexualidad parece que tuvo unas connotaciones mágico-religiosas a cuyo alrededor se desarrolló un tipo de ceremonial concreto. Cieza de León (1962:190) se refiere a ello en los siguientes términos: “Verdad es que generalmente entre los serranos y yungas ha el demonio introducido este vicio debajo de una especie de santidad. Y es que cada templo o adoratorio principal tiene un hombre o dos o más, según es el ídolo, los cuales andan vestidos como mujeres dende el tiempo que eran niños, y hablan como tales, y en su manera, traje y todo remedan a las mujeres. Con estos casi como por vía de santidad y religión, tienen las fiestas y días principales su ayuntamiento carnal y torpe, especialmente los señores principales”. Parece desprenderse de este relato que tales personajes ejercían oficio de sacerdotisas, sin embargo, dado que no se dispone del testimonio de la parte interesada, se ignora el porqué habrían de ser homosexuales y no mujeres pero sobre todo qué significado sacro tenía la homosexualidad que justificaba tal elección.

         Existen toda una serie de pequeños detalles litúrgicos dignos de ser mencionados, unas veces por lo sorprendente que resultan y otras por su coincidencia o similitud con algunos ritos cristianos, única guía y patrón de criterios para los conquistadores.

         Por ejemplo, si el cristiano se santiguaba al entrar a un templo ante la imagen divina o al comenzar sus plegarias, el fiel azteca tocaba con igual piadoso propósito el suelo con un dedo y después se lo llevaba a los labios.

         Entre los mayas el vocablo caputzihil, cuyo significado es “nacer de nuevo”, se utilizaba para denominar la ceremonia que se celebraba cuando el infante tenía tres años de edad, muy similar litúrgicamente al bautismo cristiano. Cuenta Landa que para dicho acto se elegía un día que astrológicamente no fuera negativo, después se seguía un ayuno de tres días con abstinencia sexual por parte de los familiares del niño y se elegía la identidad del padrino. Parte importante del rito consistía en echar o renunciar al demonio para lo cual se creaba un recinto imaginario, cuadrado,  con una cuerda; y en cada ángulo se situaba uno de los ancianos-ayudantes y se quemaba abundante incienso. El final de esta parte de la ceremonia consistía en deshacerse de todo lo utilizado hasta el momento llevándolo fuera del poblado. Se ingería vino y, acto seguido, el sacerdote pronunciaba una serie de oraciones mientras uno de sus acólitos pasaba por la frente del niño un hueso en nueve oraciones. Posteriormente era untado con un líquido sagrado, especial para la ocasión.

         Entre las muchas festividades rituales andinas y mesoamericanas siempre dedicadas a los dioses, vamos a elegir una inca y otra azteca por tratarse de los dos pueblos más famosos, poderosos y por tanto más representativos, a fin de que sirvan de botón de muestra, ya que la descripción detallada de cada una de ellas excedería con mucho las pretensiones y extensión de este estudio.

         Para los incas el festejo más famosos, importante y popular fue el Inty Raymi, dedicado al Sol como la representación del Dios-Padre. Duraba nueve días (tres veces tres) ininterrumpidos y a él no podía faltar nadie, siendo el Inca quien realizaba las primeras ceremonias en calidad de sumo sacerdote. El inca Gracilazo de la Vega lo describe así: “Preparábanse todos generalmente para el Raymi del Sol con ayuno riguroso, que en tres días no comían sino un poco de maíz blanco crudo y unas pocas yierbas que llaman chumiam y agua simple. En todo este tiempo no encendían fuego en toda la ciudad, y se abstenían de dormir con sus mujeres.

         Pasado el ayuno la noche antes de la fiesta, los sacerdotes incas, dispuestos para el sacrificio, entendían en apercibir los carneros y corderos que se habían de sacrificar y las demás ofrendas de comida y bebida que  al Sol se habían de ofrecer. Todo lo cual se prevenía, sabida la gente que a la fiesta había venido, porque de las ofrendas habían de alcanzar todas las naciones, no solamente los curacas y los embajadores, sino también los parientes, vasallos y criados de todos ellos”.

         Al parecer la comida ritual era cocinada por vírgenes escogidas al igual que eran ellas quienes amasaban el pan para el Inca, como mujeres del Sol.

         El día de la fiesta el Inca y la familia real, descalzos salían a “recibir” al Sol mirando a Oriente, en cuclillas y con los brazos abiertos. Cuando amanecía el Inca bebía, en vaso de oro, en honor de su padre, el Sol, y le invitaba a beber con él. Finalizada esta ofrenda se pasaba a sacrificar corderos, carneros y demás víctimas, siendo el primero utilizado para pronosticar la fiesta. Para ello se extraían en vivo corazón y pulmones, resultando de buen augurio que éstos salieran aún palpitando. También utilizaban el fuego “purificador” para ofrecer el corazón y la sangre de los demás “animales” sacrificados.

         Del calendario ceremonial azteca hemos elegido una fiesta ritual, como casi todas, cruenta... Aparte de las dieciocho fiestas distribuidas a lo largo del año existía otra cada cincuenta y dos años, justo cuando se iniciaba un nuevo ciclo según su calendario. Se trataba de la ceremonia del Fuego Nuevo (Toxiuhmolpilia), momento en que se renovaba el de los templos e incluso el de las casas.

         El día anterior a la fiesta, al ponerse el sol, los sacerdotes realizaban una procesión silenciosa seguidos del pueblo, desde Tenochtitlan hasta el cerro Huixachtècalt. Una vez en el lugar se cantaba y se prendía fuego con maderos en el pecho de un cautivo cuyo corazón se utilizaba para alimentar la primera hoguera del ciclo calendárico. Guzmán y Nava (1984:167) aseguraban que el pueblo aguardaba atemorizado este signo, ya que si el fuego no prendía bien, significaría la llegada del fin de los tiempos precedida de innumerables desgracias. Posteriormente era distribuido por los templos y altares. La última fiesta del Fuego Nuevo se celebró en 1507.

Ricardo Montes Bernardez y Esmeralda Mengual Roca, de su libro “Mitos y rituales de la América Prehispánica”.


Reservados todos los derechos. Prohibida la reproducción parcial o total. Fotomontajes, textos e imágenes procedentes del archivo del Grupo Editorial Bitácora, Publicaciones Electrónicas. Envíenos un e-mail y solicite autorización.
© Grupo Editorial Bitácora