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VOCES DE UN CEMENTERIO
INDONESIO
Jane y Kart Singeb
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Este es el relato de un hecho ocurrido que se nos contó en un fragante jardín de hibiscos propiedad del señor Dewi Kelika, uno de los principales estadistas retirados de Bali y también importante hombre de negocios. El aire de la mañana era lujuriosamente cálido y en las calles los peatones indonesios y los campesinos y vendedores anunciaban su llegada por carro, bicicleta y a pie, cada cual con su propia música, una melodía tocada con bastones de bambú, una colección de campanitas melodiosas, una breve canción como la de un pájaro. Bali es una isla de sonidos melodiosos.
Había pasado mucho tiempo y viajado por la mitad del globo desde que vimos por última vez al señor Kelika en Washington, D. C. En aquel tiempo él y su bella esposa de cintura de avispa estaban atareados concertando un importante negocio de exportación. Pasamos muchas deliciosas veladas juntos, discutiendo sus experiencias en Cambridge, sus estudios de post-graduada en Harvard y Leiden, y pormenorizando en el terreno de la discusión intelectual sobre Kant, Huxley y Descartes. Tanto el señor como la señora Kelika eran personas cultas e instruidas que hablan muchos idiomas aprendidos durante los días en que Holanda era la dueña de los Estados Unidos de Indonesia.
En extraño contraste con las melodías de las calles mientras pasaban los vendedores con grandes masas de orquídeas, pilas de frutos tropicales diversos, y piezas de tejido de algodón con exóticos colores, las hijas pequeñas de Kelika eran, a su lado, muy bien recibidas por los visitantes americanos. Habían elegido varios discos de rock-and-roll, y encontrado un álbum de música del Oeste y varios espirituales negros. Desde el despacho llegaba el incongruente "Home on the Range" mientras tomábamos café y fumábamos los cigarrillos especiales del señor Kelika.
-De modo -dijo Dewi Kelika, el exdiplomático-, que están haciendo una recopilación de hechos sobrenaturales. Tenemos en abundancia en Indonesia. Algunos pueden sonar enigmáticos a un oído occidental, pero yo soy testigo de la veracidad de más de un prodigio. Ya sabe usted que pese a mi educación y viajes nunca he dejado de sentirme un verdadero balinés, permaneciendo, como podría decirse, ajeno a ciertos artificios. He presenciado cómo los doctores de un poblado hacen milagros allá donde los médicos más expertos fracasaran. He visto cómo se extraían piedras a los pacientes utilizando ciertas hojas y entonando un cántico nativo.
Una mezcla de pulgones de determinada banana roja cura la ictericia en casos en que el tratamiento médico ha fracasado de antemano.
"Usted me mira lleno de escepticismo pero es que no tiene en cuenta que se trata de un país situado cerca del Ecuador. Tiembla con la vida, la que se ve y la invisible. Nuestras sensaciones no han sido encajadas en el féretro de plomo del escepticismo. Las emociones viven próximas a la superficie. Es el nuestro un país extraño, lleno de misterios.
"Es verdad que muchos de estos relatos nacidos en el pueblo se deben a la superstición e ignorancia. Algunas ideas fueron sembradas por nuestros antiguos amos holandeses para conseguir la obediencia por el miedo. Sin embargo, muchos acontecimientos son ciertos y no tienen explicación científica, al menos hasta donde llega la ciencia hoy en día.
"Estudié en Holanda, y he vivido en América. No creo en superstición alguna. Pero no puedo negar que me he enfrentado a influencias sobrenaturales e inexplicables aquí en Indonesia.
El señor Kelika dejó de hablar. Se puso una cucharilla más de azúcar moreno en el café y lo movió hasta disolverlo.
Luego continuó:
-Hace cuatro años decidí que era hora ya de que nuestras islas tuviesen una nueva editorial. Imaginé un gran periódico que sirviese a toda Indonesia y soñé con la publicación de libros. En resumen, un negocio basado en la letra impresa. Y, puesto que no siempre estoy de acuerdo con las ideas del presidente Sukamo, quise también establecer una prensa de la oposición.
"Con la ayuda de muy buenos amigos, la cooperación de mi esposa, la hija de un sultán y su familia, y mis propios recursos, compré una propiedad en los alrededores de la ciudad y alcé un edificio que es muy moderno según nuestras normas de vida. Me sentía muy orgulloso cuando se instaló la tercera y última prensa y estuvo dispuesta para iniciar el tiraje.
"El primer incidente tuvo lugar el día en que oficialmente inauguramos la planta. La señora Kelika y yo creímos oportuno dar una fiesta de bienvenida al personal. Los criados prepararon comida y colocaron mesas en la sala principal que albergaba las prensas.
"Todo fue bien, porque resultaba una ocasión alegre. Cada cual estaba impaciente por ponerse a trabajar, por dar salida a la producción. Cuando la comida llegaba a su fin, vi que uno de los hombres se excusaba y salía de la estancia.
"Un minuto o dos después, Antje, la joven a la que había contratado como recepcionista, secretaria y redactora se sentó muy envarada en su silla. Sus brazos y su cuerpo se quedaron inmóviles y como petrificados; miraba sin parpadear hacia delante. Luego, ante mi sorpresa, comenzó hablar. Pero no en su voz normal... no en indonesio.
"¡De ella salía el habla profunda y gutural de un holandés que no tenía nada de caballero! En lenguaje profano exigía que abandonásemos la propiedad que estaba siendo deshonrada. Ese hombre acaba de defecar en mi tumba. Tenéis que iros -dijo la voz. Afirmó que estábamos pisoteando una tierra sagrada y que sólo daño podría sobrevenirnos por aquello.
Permanecimos sentados y como hechizados. Por último mi esposa corrió al lado de Antje y trató de despertarla, primero sacudiéndola por los hombros y luego aplicándole en la frente una servilleta húmeda. Pero la chica parecía posesa. Cuando el holandés agotó su cupo de maldiciones y abandonó su cuerpo, la joven se desplomó en la silla.
"El almuerzo terminó en confusión y desaliento. Nos llevamos a Antje a nuestra casa en donde se recuperó. Era incapaz de recordar nada, y físicamente estaba agotada. Inicié una búsqueda de hechos, una pequeña investigación.
"Nuestra imprenta, descubrí, que estaba construida en el emplazamiento de un viejo y olvidado cementerio. En una discusión con el empleado que había abandonado la mesa, me enteré de que, de hecho, había efectuado una deposición en la zona de terreno que se hallaba detrás del edificio.
"Pero el hecho del ataque de Antje, razoné, podía explicarse de manera científica. La secretaria, sin duda, había dicho palabras que oyó cuando niña y retuvo en su subconsciente. Sin embargo, había una pega en esta teoría, porque Antje procedía de un pueblecito y no tuvo ninguna relación con los holandeses.
"Al día siguiente comenzó el negocio. Andamos a tientas, tratando de establecer una mina, experimentando con la maquinaria, ajustándonos al espacio. Todo fue bien, aunque en forma caótica. Fue hacia fines de semana cuando volvió a suceder. Yo estaba dictando una carta cuando Antje se puso rígida y me apuntó con el lápiz de manera acusadora. Empezó a hablar con la alta y fina voz de una rancia dama inglesa.
"Lo van a lamentar terriblemente. ¡Oh, sí, lo lamentarán! Esta es nuestra tierra. Estamos aquí enterrados y lo que ustedes hacen es sucio. No ha sido fácil permanecer ausente de Inglaterra todos estos años, pero he tratado de resignarme lo mejor que pude. Lo menos que pueden hacer es marcharse".
Yo me sentí abrumado. Contraté a Antje por su habilidad e inteligencia que, pensé, sólo comportaban una desventaja... su falta de conocimiento del inglés.
"Después de que aquella voz de puritana hubiese terminado de hablarme Antje se desplomó en su silla. Cuando se recuperó no recordaba lo que había dicho. Ni pudo repetir, después de iniciárselas yo, las palabras en inglés que tan difíciles resultan para los indonesios.
"La dejé descansar y entré en la sala de composición. Allí encontré un grupo de cuatro empleados con las manos y rodillas sobre el suelo, mirando o buscando algo. Su aspecto era de culpabilidad, como el de niños pillados in fraganti cometiendo una ratería.
"Una lata de tinta de imprenta de la capacidad de un galón había caído en el suelo. El espeso líquido negro se había extendido por el cemento en cinco ríos oscuros, formando la silueta de una mano. Esto era, razoné, otra simple coincidencia. A pesar del asunto inexplicable de Antje, me dije a mí mismo que cualquier mancha negra podría sugerir algo... los psiquiatras utilizan el test de Rorschach para leer el carácter personal partiendo de manchas de tinta o pintura.
"Nada ocurrió al día siguiente, ni al otro. Pero aquello sólo era la calma que precede a la tempestad. El tercer día después de que la inglesa dominase a Antje fuimos a trabajar y encontramos mi despacho sembrado de papeles, las carpetas archivadoras reunidas juntas en un montón, los disolventes de imprenta volcados, las pesadas barras de plomo para hacer los tipos colocadas en ángulo recto unas con otras.
"Sandru, el vigilante nocturno, no pudo ser hallado. Más tarde le seguí el rastro y escuché de él el relato de su fantasmal experiencia. En sus rondas por el exterior del edificio oyó fuertes sonidos, primero en mi oficina. Al entrar vi cómo los papeles volaban por el aire y que los cajones se abrían sin contacto humano.
Luego la puerta que daba a la sala de composición se abrió y se cerró con violencia. Se produjeron otros sonidos, tales como el de cristal al romperse y diversos golpes sordos. Sandru huyó a su casa y no se lo pude censurar.
Para aquel momento ya éramos todos un manojo de nervios, pero siendo un tipo tozudo y habiendo invertido mucho dinero, ordené que las prensas continuasen trabajando. A fin de mes, Antje, como Cassandra, había profetizado la muerte para mi aventura a través de cinco personalidades diferentes y distintas. Vados de ellos, especialmente el holandés de vocabulario impublicable, la visitaron más de una vez.
"Mi personal, durante aquellos días de tensión, disminuyó. Uno tras otro se fueron por motivos que variaban desde ataques de malaria imaginaria al nacimiento de hijos todavía no concebidos.
"Por último, incluso los leales se molestaron, se revolvieron, casi se rebelaron. Era el día en que la prensa principal se negó a funcionar. Pero por lo que pudimos ver, todo estaba intacto. No faltaba ni un tornillo, pero los grandes rodillos se atascaban con la máxima contumacia. Empapados de sudor por las húmedas horas cálidas de la mañana, mascullamos juramentos ante aquel monstruo tan poco propicio a la cooperación. Ninguna mano tocaba la maquinaria cuando de pronto se dejó oír un chirrido. Se puso en marcha. Se detuvo. Volvió a funcionar.
"Djalan, mi capataz, se apretó su faldilla en torno a la cintura y echó hacia atrás la cabeza. "Señor Kelika, dijo, "esto es demasiado. Estamos conturbando a los muertos. No nos queda más remedio que hacer exorcismos sobre el terreno".
"¿Exorcismos? ¿En pleno siglo XX? Parecía algo propio de la Edad Media. Pero, cierta o equívoca... tonta o prudente, era lo que tenía que hacer para aplacar a aquellos que no dejaban de mirarme con fijeza.
"El día en que el rito se llevó a cabo fue de un verdadero contraste. Nuestro edificio rutilante servía de marco a las más antiguas tradiciones de Bali, Dentro estaban las prensas; fuera, los sacerdotes y el paganismo. Incluso con anticipación a mi llegada, se habían ya reunido los miembros de la orquesta y estaban aporreando música con sus instrumentos de madera. Grandes conos de fruta, de metro y pico de altura, se trajeron como regalos para los muertos impenitentes. Un desfile infinito de niños rodeaba la casa, cada uno de ellos portador de platitos de plata colmados de incienso, arroz, pedazos de marfil labrado con la imagen del dios Siva o unas pocas monedas.
"El exorcismo se produjo en forma de una danza-drama, muy conocida en Bali. El baile Barong y Kas que cuenta la historia de una batalla eterna entre el dios, Barong y Rangda, el diablo.
Los bailarines iban magníficamente vestidos con sus trajes de animales cubiertos de largas pieles y muchos pedacitos de cristal y espejo.
Durante la representación de sus seis actos, hasta llegar el momento en que los seguidores de Barong no pueden matar a Rangda a causa de su Sakti, sus poderes mágicos, y se suicidan cayendo sobre sus propios cuchillos, no se oyó ni un suspiro entre el público. Cuando el drama llegó a este climax, Antje se desmayó. El exorcismo había terminado. La multitud se dispersó y volvió a su casa. Yo envié a Antje a su domicilio en el pueblo para que descansase. Cuando regresó, todo iba bien.
El negocio recomenzó de nuevo. No hubo más problemas. El periódico prosperó y lo mismo ocurrió con el negocio editorial.
Ese fue el fin de mi encuentro con las fuerzas que yo no podía ni puedo comprender.
Y el señor Kelika dejó de hablar.
-¿Pero qué hay ahora de su periódico? -preguntamos.
El señor Kelika sonrió.
-Ya no es problema mío. El presidente Sukamo necesitaba nuevas imprentas y no le agradaba mi forma de llevar el diario.
Desde los muertos hasta los vivos todo eran dificultades para nosotros en toda la aventura. Me encarcelaron y detuvieron a mi familia. Por último los pusieron en libertad. Deseo no tener nada más que ver con un periódico que trate bien de kris o de política.
Las voces de aviso hablaron, pero no les hice caso.
Los dos notamos como alguien nos daba unos golpes o palmadas en los hombros. Miramos a nuestro alrededor esperando que las hijas del señor Kelika estuvieran reclamando la atención. No había nadie. No habían frondas de palma que nos hubiesen podido rozar la espalda, ni siquiera una fuerte brisa que moviese las hojas de los árboles. Los dos reaccionamos de la misma manera.
El roce que ambos experimentamos pareció decirnos: "¡Mirad, escépticos, ya os lo había dicho!".
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