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UN CURIOSO CASO DE CONVERSIÓN
AL ESPIRITISMO

Valencia, 10 de junio de 2006
José R. Abascal


Los espiritistas son muy dados a presumir sobre los grandes hombres que han creído en la existencia de los espíritus ¿Pero cuándo creyeron? ¿A qué edad? ¿En qué condiciones? Una persona no es la misma a los veinte años de edad, que a los cuarenta o los setenta. Las circunstancias que van influyendo en nuestras vidas y determinan nuestros pensamientos cambian con los años. Cualquiera, ante la desesperación, puede ser víctima de un grupo sectario, sólo hace falta el momento adecuado.

El caso de don Francisco Anaya es un fiel reflejo de estos hechos, de una total falta de escrúpulos para conseguir atraer hacia sus filas a quien por el dolor no se encuentra en el mejor momento de su vida.

Cuando le digan que un gran personaje era espiritista pregunte siempre: ¿Cuándo, cómo y por qué?

José Ferrer Arnau


Mi padre, el Doctor José Rafael Abascal González, ya fallecido, conoció un caso de conversión al espiritismo. La persona conversa fue don Francisco Anaya, antiguo funcionario y católico integrista muy de su época.

El señor Anaya fue gran arrugo de mi abuelo don Apolinar Abascal. Don Francisco Anaya, cuando lo conoció mi padre, hacia el año 1924, tenla más de 70 años. Don Francisco era un furibundo antiespiritista. Aún recordaba mi padre al señor Anaya promoviendo fuertes polémicas con los espiritistas que acudían a la librería de don Lorenzo Blanco, en la calle Villegas; estos espiritistas en los años 20 iban a comprar las últimas novedades esotéricas que se publicaban. Anaya era un contertulio mañanero de la librería. Desde hacia muchos años, era de todos conocido en Sevilla que Anaya profesaba como enemigo declarado de los espiritistas. Don Francisco, que era muy amable, pero también un tanto agresivo, cuando oía preguntar a los recatados compradores, por algún libro espiritista, perdía los estribos, y quizás abusando de la hospitalidad de dan Lorenzo, los increpaba violentamente, espantando a los posibles compradores.

Anaya tenía auténtica manía antiespiritista que le sacaba de quicio. Por cierto que está por escribir una pequeña historia de la Librería de Blanco. No es posible historiar la vida intelectual sevillana de gran parte del siglo XX sin ocuparse de ella. Yo, en mi época de estudiante universitario, al final de la década de los 40, aún conocí la famosa tertulia a la que acudían mis queridos maestros don Francisco Candil y don Ramón Carande y otros muchos.

Volviendo al hilo de mi relato, Anaya por las tarde acudía a una tertulia del Café nacional, en la calle Sierpes (hoy edificio dedicado a la Caja de Ahorros de Ronda), en frente había otra tertulia de espiritistas. De esta tertulia mi padre recuerda al famoso Dr. Brioude (me remito a mi obra (Brujeda y Magia, Evasiones del Pueblo Andaluz, pág. 215). Don Francisco Anaya, se pasaba toda la tarde lanzando dardos contra los pacientes espiritistas que, con el transcurso de los años, le oían como el que oye llover.

Mi abuelo decía, que don Francisco era un intachable caballero y excelente persona, ahora bien, su único tema de conversación era poner verdes a los espiritistas, tenía auténtica fobia.

Anaya amaba profundamente a su esposa, hacia el año 26, muere esta señora y don Francisco ya setentón sufre un golpe durísimo; mi abuelo no conocía los preliminares, pero sí el resultado final, y además de lo más sorprendente, de la noche a la mañana, Anaya se hizo espiritista, poco después murió.

Mi abuelo sólo pudo averiguar que los espiritistas le habían prometido a don Francisco, que podía hablar con su difunta esposa.

Publicado originalmente en:

Espiritistas andaluces del siglo XX, José R. Abascal, páginas 249-251, Muñoz Moya y Montraveta editores, S. A., 1990, Brenes (Sevilla)
 


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