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El veintiséis de febrero de 1983 el periódico español de sucesos "El Caso" recogía en sus páginas 10 y 11, dos historias de pueblos "encantados" que por el  interés que poseen y la escasa repercusión que tuvieron en los medios informativos bien merecen ser de nuevo compulsados y revisados o cuanto menos vueltos a relatar para que no caigan en el olvido.

Los sucesos ocurrieron en dos pequeños pueblos extremeños conocidos  como Vega de Coria y Calamonte en la provincia de Cáceres y Badajoz respectivamente. En el primer caso (Vega de Coria) nos encontramos con unos habitantes aterrorizados por una serie de fenómenos que se sucedían casi todas las noches en las afueras del lugar. Sombras que se mueven, manchas oscuras que gruñen y persiguen a todo aquel que se tropieza con ellas, luces multicolores que zigzaguean perdiéndose a lo lejos entre fuertes llamaradas, etc.

Todo comenzó -relata Juan Carlos, autor de dicho artículo- hace aproximadamente tres meses, un martes o un miércoles, sin poder precisar la fecha con exactitud. Un jornalero del campo, Nicolás Sánchez, de veintiocho ajos, regresaba a su casa para descansar. Estaba oscuro, pero Nicolás estaba acostumbrado a la montaña y a sus ruidos. Nada podía temer,

Sin embargo, al entrar en el pueblo, cerca ya de su casa, se fijó que sobre la calzada de la carretera había un bulto negro. Curioso, se acercó a él:

            -Me acerqué‚ despacio. Era un bulto negro, que parecía como si fuera un perro o algo así. Cuando estaba a unos dos metros de distancia, comenzó a moverse. De pronto, se alzó todo lo grande que era, hasta casi un palmo más que yo, y comenzó a chillar. No eran gritos humanos ni de animal. Eran espantosos. Muy fui echando para atrás asustado, y aquella masa se me acercó más y más. No tenía forma, ni pies, ni manos, ni cabeza. Era como una sombra que avanzaba hacia mí, queriendo envolverme.

            "Entonces me agaché, cogí una piedra y se la tiró. Pero no le di porque lo traspasó. Temblando, echó un juramento contra Satanás y la sombra desapareció como vino.

            Se le nota a Nicolás un cierto miedo a recordar la escena. Nunca había tenido alucinaciones y era considerado en el pueblo como una persona cuerda, cabal y equilibrada. Aquella noche no había bebido.

            -No quise decir nada hasta que poco después se lo conté a mi familia y en particular a mi hermano. Todos se lo tomaron a chunga y me dijeron que si había bebido o que sería algún perro. Y al poco, hace tres semanas, más o menos, mi hermano iba a salir de casa para recoger unos ladrillos para una obra que estaba haciendo, cuando al abrir la puerta y poner los pies fuera, se encontró la misma sombra. Una masa grande, enorme, negra, que emitía gruñidos. Entró dentro y cerró la puerta con el pasador. Estaba sudando y apenas podía hablar del nudo que se le había hecho en la garganta. Antes no teníamos miedo. Ahora me asusta que venga la noche y prefiero, desde luego, estar cerca de casa.

Todos los habitantes de Vega de Coria, unos cuatrocientos en total (1983), están atemorizados. Saben que algo está rondando cerca y se retiran pronto por si acaso.

Aparte de estas dos "apariciones", la masa negra ha sido vista más recientemente merodeando por los alrededores entre los pinos y la carretera. El día 3 de febrero, tres chavales del pueblo, Joaquín Sánchez, Germán y Cristino, regresaban andando por la carretera desde un pueblo cercano, cuando a la altura de la última curva se pararon asustados. Ante ellos, una mancha, también de una altura de un metro sesenta centímetros aproximadamente, corría despavorida lanzando ladridos. Provenía del monte y, ante la presencia de los chavales, cruzó la carretera dando enormes zancadas y se echó pendiente abajo, hacia el río. Unos veinte metros de barranco, muy inclinado, que "la cosa" salvo sin tropezar en tres o cuatro saltos. Al llegar abajo, siempre gruñendo como si estuviera rabioso, desapareció a un par de cientos de metros sin que los chavales pudieran seguirlo.

La alarma cundió en el tranquilo pueblo y hasta la Guardia Civil se prestó a desentrañar el misterio. Pero no acaba aquí la historia. Desde hace aproximadamente diez días, en el cauce del río que bordea a Vega de Coria, muchas noches pueden observarse unas luces que se mueven a un par de metros del suelo, a las que nadie sabe dar explicación. Son tres en total, de forma esférica y una gran luminosidad blanca. Suelen avanzar en grupo, una al lado de la otra, cambiando de posición bruscamente, para colocarse juntas formando una torre. Son capaces de variar la velocidad bruscamente y dar giros repentinos para elevarse y desaparecer en el horizonte.

Ante la posibilidad de que se tratara de ovnis, la Guardia Civil patrulla las cercanías todas las noches, pero hasta ahora no han descubierto señales o pruebas de que alguna nave extraña se posara en los alrededores.

Nicolás continuó explicándonos:

            -Un equipo de parapsicólogos de Cáceres ha venido hasta aquí y no se explica lo que ocurre. Traían toda clase de aparatos para fotografiar y escuchar. Llegados al camino de Arrolobos, todos pudimos ver las luces, pero al intentar fotografiarlas, el flash se estropeó. No pudimos sacar ni una.

Ángel Jiménez, dueño del bar Los ángeles, se muestra muy prudente al referirse a los fenómenos:

            -Yo no me creía nada de esto al principio. Pero me extrañó que Nicolás dijera lo que parecía tantas tonterías juntas. Luego comenzaron a verlo m s gente, y cuando el río suena... Mi hermano Pablo, que tiene otro bar aquí al lado y es el alcalde de Vega de Coria, también se lo tomó a guasa. Pero un día se encontró la mancha y a los pocos días pudo ver las luces desde su terraza perfectamente. Si hay algo, me gustaría que se descubriera rápidamente, porque nos estamos inundando de periodistas, curiosos y gente que estudia todas estas cosas raras.

Vega de Coria es el tema de conversación en toda Extremadura. Hasta allí se han acercado docenas de curiosos para ver de cerca esa "invasión de ovnis", para unos, y "esos fantasmas negros" que buscan otros.

A raíz de los acontecimientos se han ido sucediendo numerosas historias escalofriantes, al parecer inventadas por el rumor popular, pero apoyadas, quizá, en un rastro de verdad. El miedo a quedar como chiflados o como alucinados calla a la gente, aunque por lo bajo se cuentan sus oscuras historias.

Fantasmas u ovnis, algo extraño está  sucediendo allí. En cuanto oscurece se cierran las puertas y ventanas a cal y canto y solo algunos curiosos foráneos se atreven a rondar por los alrededores. Eso sí, en cuanto ven las luces correr a toda velocidad sobre el lecho del río, ya no vuelven por allí. Es el miedo a lo desconocido.

La siguiente historia, relatada por el mismo reportero en el mismo periódico, nos traslada esta vez a la provincia de Badajoz, concretamente al pueblo de Calamonte a poca distancia de Mérida. Los hechos también presentan unas características especiales y sucedieron en la misma ‚poca que el caso anterior. El artículo comienza así:

Otro pueblo que anda envuelto en oscurantismos y misterios es Calamonte, a unos cinco kilómetros de Mérida, en la provincia de Badajoz.

Una noticia de la agencia Efe anunció que, en ese pueblo, una familia había visto cómo su casa era invadida por una legión de gusanos blancos, sin que hubiera medio humano de eliminarlos. En la misma nota se señalaba que familias enteras se volvían locas de repente, y había indicios de que en algunas casas podrían hacerse "aquelarres", con mujeres desnudas invocando a fuerzas maléficas.

Cuando fuimos allí, nadie quería hablar abiertamente del tema. Todos tenían miedo, aunque nadie quiso reconocerlo. Pero algo se cuece en el interior de sus casas, algo ocultan sus habitantes, el miedo les paraliza y temen hablar por si les cae "el mal de ojo".

Los primeros indicios surgieron hace dos años, en octubre, en la calle Badajoz. En una de sus últimas casas unifamiliares vive el matrimonio formado por Juan Gil Muñoz y su esposa, Antonia Movilla.

Juan trabaja de pocero y es muy respetado en el pueblo por su honradez. Una noche, Antonia se despertó con zumbido en el oído. Se metió el dedo para tratar de destaponarlo y cuál sería su sorpresa cuando notó que algo se movía dentro. Encendió la luz y lanzó un grito. ­ ¡Estaban rodeados de gusanos! Por las paredes, en el suelo, sobre la mesilla de noche..., todo estaba lleno. "Eran blancos -nos dice Antonia-, pequeños, como los que salen a la carne podrida. Eran asquerosos, tenían la cabeza negra. Yo empecé‚ a gritar histérica perdida, y cuando miré a mi marido, me di cuenta que estaba rodeado por ellos, en las ropas, en el pelo. ­ ¡Dios mío! Sólo pensarlo me da escalofríos. Tuvimos que desnudarnos para quitárnoslos, se nos habían metido por dentro. Hasta el niño Jesús que estaba sobre la mesilla tenía ocho o diez encima".

Tardaron mucho en desaparecer. Probaron con todos los productos que tenían en casa. Incluso compraron insecticidas, pero no morían.

Cuando parecía que se iban a acabar, sin saber por donde, salían muchos más.

"Tanto mis vecinas como yo estuvimos varios días intentando matarlos. Tuve que llenar varios cubos de zotal y lejía para que poco a poco fueran desapareciendo. Tardaron m s de quince días en hacerlo definitivamente. Tuvimos que quemar las ropas y la cama, por si acaso. No sabemos de dónde venían y esperamos que no vuelvan..., eran asquerosos.

Tan extraño suceso quedó sin resolver. Juan Gil levantó el piso de terrazo, pero no encontró nada anormal, excepto tierra limpia. Como alguien pensó que por las cercanías había un corral de ovejas y quizá  algún gato había metido en el tejado una piel ensangrentada que pudiera producir los gusanos, levantaron el tejado. Pero allí tampoco había nada.

            “¿De dónde habían llegado? ¿Cómo se formaron?... Antonia estuvo reservada en sus declaraciones, pues... "mi marido me ha prohibido hablar de estas cosas". Comenta, a pesar de todo, que algo ocurre en Calamonte. Cuando ocurrió el suceso de los gusanos no quisieron airearlo, pues pensaron que algo les había echado "el mal de ojo".

            "Es que, sabe usted -nos comentaba- desde hace tiempo corren leyendas en este pueblo. Nadie quiere dar nombres y yo tampoco los dar,  pero aquí pasan cosas muy raras".

Se rumorea que un grupo de mujeres del pueblo, iniciadas en brujería y magia negra, hacen cada miércoles unas reuniones demoníacas. Todas ellas desnudas, forman un círculo en cuyo centro colocan unas antorchas encendidas. Allí evocan al diablo, mientras repasan los nombres de las personas a las que van dirigidos los hechizos.

Don Oswaldo Ordóñez, el cura del pueblo se lava las manos. No cree que su parroquia sea m s supersticiosa que en otros lugares, aunque no quiere tomar muy en serio los comentarios.

Cándido Vicente, médico de Calamonte, desmintió la noticia de la agencia Efe de que las familias enfermasen de repente y enloqueciesen sin explicación. "Últimamente no ha ocurrido nada anormal". Sin embargo, sí confirmó el detalle de los amuletos. Incluso ha visto alguno en su consulta, pues una vez se le calló del cuello a uno de sus enfermos en una visita rutinaria.

Son pequeñas bolsas en las que guardan varias piedrecillas y un papel con el nombre del propietario unido a una oración para Santa Margarita. Los habitantes de Calamonte los usan para alejar a los malos espíritus, tanto de ellos como de sus ganados y pertenencias. El ambiente es tenso y se palpa un halo de misterio. Al pequeño pueblo agrícola de Calamonte no le gusta el sambenito de "embrujado" que le han colgado. Brujas, gusanos, amuletos. Una historia que nadie quiere reconocer, pero que resulta evidente en sus rostros cuando les preguntas.

Las viejas del lugar recuerdan parecidas historias del pasado. Había que andar con cuidado porque te echaban el "mal de ojo" en cualquier momento. Ahora se repiten. Quizá  muchos no crean en nada de esto, pero tenían que haber visto la cara de Antonia Movilla al relatarnos la invasión de gusanos y cómo se le marcaron las arrugas a una anciana a la que, al preguntarle su opinión sobre las brujas y encantamientos, nos miró con ojillos pícaros y menudos, mientras nos decía señalando con el dedo: "Yo que ustedes, jovencitos, no me fiaría ni un pelo".

Esta es la historia que el periodista de El Caso, Juan Carlos, nos hace sobre los dos pueblecitos de Extremadura. El primero, y quizá  el más interesante, no se aleja mucho de las clásicas historias sobre "lugares encantados" con las que ya estamos familiarizados y que tan difíciles resultan de tratar, al presentarse como fenómenos espontáneos que difícilmente vuelven a reproducirse. En cuanto al segundo caso, las costumbres populares y la creencia de la gente en las maldiciones, han podido quizá, exagerar un suceso que muy probablemente obedezca a razones mucho más naturales de lo que parece, convirtiendo en paranormal lo que el respeto y el miedo atávico hacen sobre todo aquello que se sale de la norma.

No obstante así, hemos creído oportuno recordar ambas historias, con la intención de que se conozcan y no caigan en el olvido.


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