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La
batalla legal entre el jesuita Jean-Baptiste Girard y la joven Catherine
Cadiere ante el Parlamento de Aix en Provence, que tuvo lugar en 1731,
despertó gran interés en toda Europa occidental y se publicó un libro
tras otro en defensa de las partes contendientes. Lo que dio fama al proceso
fue una serie de escándalos sumamente desagradables: un sacerdote que
practicaba aberraciones sexuales con una joven que se valió de engaños
groseros (como cubrirse de sangre menstrual) para hacerse pasar por santa.
En la época, la importancia de este proceso por brujería pareció
subordinarse a una excitante acusación de seducción: de hecho, si el
abogado del padre Girard respondió a la acusación de brujería fue sólo
porque presuntamente había derivado en fornicación. En otro caso pensamos
sinceramente que hubiera sido una perdida de tiempo refutar una acusación
de hechicería. Pero lo cierto es que el proceso de Girard y la Cadiere
señaló el final de los juicios formales por brujería en Francia.
Los
dos protagonistas recuerdan a las figuras de otros procesos famosos
celebrados en Francia con anterioridad, como los de las monjas epilépticas
que acusaron a sus confesores de inmoralidad satánica: sor Madeleine
Demandolx de la Palud y el padre Louis Gaufridi en 1611 (también en Aix-en-Provence),
sor Jeanne des Anges y el padre Urbain Grandier en 1634, en Loudun, y sor
Madeleine Bavent y el padre Thomas Boulle en 1647, en Louviers. En este caso
no se presentaron acusaciones fantásticas de misas negras, posiblemente a
causa del famoso edicto de Luis XIV del año 1682.
El
presunto delito del padre Girard consistía fundamentalmente en haber
hechizado (o hipnotizado) a una muchacha con fines inmorales, aunque
también se alegaron hechicería, quietismo, incesto espiritual, aborto y
soborno mediante perjurio. O el padre Girard era culpable de inmoralidad o
Catherine Cadiere era culpable de perjurio. El punto básico del proceso
quedó oscurecido por la obsesiva religiosidad de Catherine y por la
publicidad que su hermano le dio a su santidad, así como por la hostilidad
de los monjes y frailes contra los jesuitas.
Tanto
si el padre Girard violentó o no a Catherine, lo cierto es que tuvo
numerosas oportunidades de hacerlo: le envió cartas de amor, y admitió
haber cometido ciertos actos que podían interpretarse de la peor forma
posible. Marie-Catherine Cadiere, nacida en Toulon en 1709, se educó con su
madre, viuda, en un ambiente profundamente religioso: de sus tres hermanos,
el segundo, Etienne Thomas Cadiere, se hizo fraile jacobino (dominico), y el
menor fue párroco. Cuando era adolescente, Catherine dio muestras de dones
extraordinarios para la oración y se desvanecía con frecuencia en la
iglesia. A los dieciocho años, cuando era una joven de arrebatadora
belleza, entró a formar parte de un grupo de mujeres que, aunque vivían en
sus casas, se dedicaban por entero a la oración y la meditación. El
director espiritual de estas devotas de la Tercera Orden de Santa Teresa era
un jesuita muy conocido y respetado, el padre Girard, que había sido
maestro de escuela y que desde 1728 ocupaba el puesto de rector del
Seminario Real de Capellanes de la Armada de Toulon.
Catherine
deseaba ardientemente ser santa y alcanzó una posición privilegiada como
protegida del padre Girard. Le dijo que Dios se lo había recomendado en una
visión. Salta a la vista que se trataba del típico enamoramiento de una
muchacha joven ante un hombre de cincuenta años. Esta atracción se
consideró prueba suficiente de hechicería. La presencia del sacerdote, ya
fuera real o imaginaria, proporcionaba a la muchacha una gran satisfacción
emocional; declaró que sentía algo como un dedo moviéndose en mis
entrañas que me ponía muy húmeda. Esto era lo que me ocurría cada vez
que el padre Girard venia a mi casa. Al cabo de un año o más de alentarla
en su búsqueda espiritual, el padre Girard llegó a la conclusión de que
las muestras de santidad que daba la joven tenían una validez muy dudosa.
Catherine se desanimó cuando su confesor rechazó sus aspiraciones y,
siguiendo sus consejos, se retiró al convento de Ste. Claire-d'Ollioules en
la primavera de 1730. Allí actuó como si estuviera poseída; sufría
convulsiones, postración nerviosa, histeria epiléptica, alucinaciones y
presentaba rasgos de demencia.
El
obispo de Toulon le ordenó que volviera con su madre y en septiembre le
asignó otro confesor, el padre Nicolás de San José, de treinta y ocho
años, prior de los Carmelitas Descalzos de Toulon. El padre Nicolás
intentó exorcizarla y Catherine comprendió que sus esfuerzos por ser santa
se venían abajo. Instigada por su hermano, reveló que el padre Girard la
había hechizado y seducido posteriormente: sus milagros no eran obra de una
santa, sino del Diablo. El padre Etienne Cadiere también convenció a otras
dos seguidoras del padre Girard, una mujer de veintitrés años llamada
Baratille (con la cabeza a pájaros y una fuerte imaginación) y otra de
sesenta y cinco de que acusaran de seducción al jesuita. Los abogados de
los hermanos Cadiere presentaron otras cuatro seguidoras y cuatro monjas que
juraron que el padre Girard había mantenido relaciones intimas con ellas.
El
padre Girard recurrió al obispo ante aquellas calumnias, mientras que los
amigos de Catherine acudían a la policía de Toulon. El obispo dijo que no
era caso de su jurisdicción y lo llevó a los tribunales civiles. El
escándalo ya era del dominio público y por orden del rey el Parlamento de
Aix decidió intervenir en la disputa el 10 de enero de 1731. El interés
que despertó el proceso sólo puede compararse con el del asunto Dreyfus,
que tuvo lugar dos siglos más tarde. Justo antes del juicio, y con el fin
de obtener el apoyo popular para las acusaciones de hechicería, Catherine y
su hermano congregaron enormes multitudes celebrando exorcismos a
medianoche. Catherine apareció desvanecida e inmóvil, con el cuello
hinchado, hinchazón que se elevaba hacia la boca.
Etienne
exorcizó a su hermana cubierto sólo con la camisa, una estola violeta en
el cuello, agua bendita en una mano y en la otra un ritual [misal] que el
padre Nicolás había llevado con tal propósito. Los sacerdotes que
llegaron después negaron que Catherine sufriera posesión diabólica y la
joven siempre se recuperaba antes de que un médico pudiera examinarla. A la
noche siguiente, hasta las cuatro de la madrugada, Catherine se revolcó por
la habitación, chillando de tal forma que podían oírla en mitad de la
calle. Catherine declaró que los jesuitas intentaban impedir que tuviera
abogado y que mientras esperaba la celebración del juicio en un convento
(como Madeleine Bavent) la habían maltratado.
El
padre Girard tuvo que enfrentarse a una situación difícil con Catherine
Cadiere. Decidida a ser santa, la joven estudiaba la vida de místicas
famosas, como Santa Teresa y Santa Catalina de Siena, y las imitaba. En
junio de 1729 aseguró que mantenía intima comunión con Dios. En
noviembre, Dios le dijo que iba a sufrir ocupando el lugar de un alma en
pecado mortal. Empezó a experimentar convulsiones y a perder el habla,
hasta que en febrero de 1730, comprendiendo que el padre Girard seguía sin
creerle, se liberó milagrosamente merced a las oraciones de una monja que
había fallecido hacía poco.
Mientras
tanto, su hermano, Etienne, llevaba un diario exacto de sus trances,
estigmas y visiones (entre otras, un corazón sangrante y mujeres y hombres
desnudos), seguramente con la esperanza de que resultara útil para su
ansiada beatificación.
Cuando
Catherine manifestaba estos rasgos anormales, el padre Girard solía pasar
mucho tiempo con ella. Recibió un permiso especial de la abadesa para
escribir a Catherine sin censura y para verla a solas. En este sentido, es
difícil deslindar la realidad de la fantasía, ya que casi todas las
pruebas presentadas por ambas partes están teñidas de perjurios y los
alegatos son a cual más delirante. En algunas ocasiones, las acusaciones
parecen una copia de las herejías que salieron a la luz en Louviers en
1647. Naturalmente, cabe la posibilidad de que, aunque salta a la vista que
ambos protagonistas eran neuróticos, exista algún elemento de verdad en
todas las acusaciones. Justificatonation
de demoiselle Cahterine Cadiere
(1731) de la que se han traducido ti algunos de los siguientes párrafos, se
escribió con el fin de enseñar a las personas de mi sexo que deben estar
en guardia contra las apariencias de piedad. Comprendiendo que podía dar la
impresión de haber accedido a las lubricidades del padre Girard y
comprometerse, Catherine hizo hincapié en cómo la había hechizado. En Case
of Mistress Mary Catherine Cadiere (El proceso de la señorita Marie
Catherine Cadiere) se explica cómo ocurrió:
Entonces
se agachó y puso su boca junto a la de la muchacha y le echó el aliento,
lo que produjo tan fuerte efecto en la mente de la joven que quedó
inmediatamente transida de amor y accedió a entregarse a él. Así fue como
hechizó la mente e inclinaciones de su desgraciada penitente.
Este
enamoramiento constituyó la base de la acusación de hechicería, además
de servir para salvar el honor de una joven. De este modo, Catherine pudo
presentarse llorosa ante el tribunal: “Ved ante vosotros a una muchacha de
veinte años, caída en el abismo del mal, pero con el corazón limpio”.
Catherine describió paso a paso cómo la había seducido el padre Girard,
quien le había asegurado que todo lo que hacía era por voluntad de Dios.
Una testigo declaró que había visto al sacerdote abrazando y besando a
Catherine, y a ella metiendo sus manos bajo la sotana del padre Girard. Hija
mía -dijo-, quiero llevarte al grado más elevado de perfección; no te
preocupes por lo que le ocurra a tu cuerpo; que se desvanezcan tus
escrúpulos, tus temores y dudas. Por estos medios, tu alma se fortalecer,
será más pura e iluminada. Adquirir la santa libertad. Recuerdo que
un día -escribió Catherine-, cuando me recobraba de un grave desmayo, me
vi tumbada en el suelo con el padre Girard detrás de mí, pasándome las
manos por el pecho, que había dejado al descubierto. Cuando Catherine le
preguntó que hacía, el sacerdote le contestó que era voluntad de Dios que
experimentase humillaciones para alcanzar la perfección. Me dijo que un
día Dios querría que pusiera su vientre sobre el mío. Catherine Cadiere
aseguró que en otrao casión:
El
padre Girard me encontró en la cama, y tras cerrar la puerta con llave, se
acostó a mi lado. Me llevó hasta el borde de la cama y colocó una mano
bajo mis nalgas y la otra encima; después me desnudó y me besó
inesperadamente. Muchas veces me obligaba a mostrarme desnuda, mientras
exploraba con las manos todos los rincones de mi cuerpo. Como yo sufría
frecuentes desmayos, no sabría decir que hacia cuando me encontraba en esa
situación. Sólo recuerdo que cuando recobraba el sentido, me encontraba en
un estado tal que comprendía que el padre Girard no se había conformado
con mirarme.
El
sacerdote iba a verla casi a diario y a veces le hacia el amor durante dos o
tres horas. Haciendo gala de una comprensión sorprendente de la psicología
de un hombre de cincuenta años, Catherine nos cuenta que al padre Girard le
estimulaba la flagelación sádica:
A
veces me azotaba con un l tigo y a continuación besaba la zona en que
me había hecho daño. Un día en que venia a castigarme por negarme a
recibir la gracia de Dios, cerró la puerta con llave, me ordenó que me
arrodillara ante él. Llevaba un bastón en la mano y me dijo que merecía
que el mundo entero viera lo que iba a hacerme, a pesar de lo cual me
obligó a jurar solemnemente que nunca hablaría de ello. Yo se lo prometí,
sin saber qué pensaba hacer. Tranquilizado por mi promesa, me dijo que era
la voluntad de Dios, y que la divina justicia, al ver que me había negado a
aceptar la gracia de Dios, exigía que me despojara de mis ropas y me
quedara desnuda ante él. Al oír aquellas palabras me sentí asqueada, se
me quedó la mente en blanco y me desvanecí, cayendo al suelo. Él me
levantó. Me sentía tan aturdida que desde ese momento le obedecí sin
hacer ninguna pregunta y le permití que hiciera cuanto quisiera. En primer
lugar, me ordenó que me quitara el velo; después la toca y por último el
vestido; para resumir, me dejó desnuda, salvo por la camisa. Así, desnuda,
note que me besaba las nalgas. No estoy segura de lo que hizo a
continuación, pero sentí una especie de tristeza que no había
experimentado jamás, después me ayudó a vestirme. En más de una ocasión
me obligó a acostarme en la cama, y en esa postura me azotaba y después me
besaba sin ningún decoro ni inhibición, y siempre decía que era el
método nuevo para alcanzar los estados más elevados de perfección.
Otro
día, el padre Girard la obligó a quitarse también la camisa y a dejarla
en la cama y le dijo que debía castigarla por el pecado que había cometido
al no librarse de escrúpulos. Catherine sintió que se humedecía y
experimentó una sensación de cosquilleo en sus partes intimas. Volvió a
azotarle ambas posaderas y las besó; y fue entonces cuando la acarició
dulcemente hasta que Catherine estuvo toda húmeda. Catherine también
describe la postura que adoptaba para este ritual: el padre Girard le
ordenaba que se subiese a la cama y que colocase una almohada bajo los codos
con el fin de alzarse un poco. En la obra inglesa Case of Mistress Mary
Catherine Cadiere se añade un comentario recatado: “No nos parece
conveniente expresar lo que ocurría después, pero se puede imaginar
fácilmente”.
Cuando
la abadesa prohibió aquellas visitas tan prolongadas, el padre Girard
descubrió una ventana por cuya rejilla podía introducir una mano, besar a
Catherine y practicar la flagelación de vez en cuando. El padre Girard no
se tomó estas acusaciones a la ligera. Contestó a algunas personalmente.
Admitió que cerraba la puerta con llave por espacio de hasta tres horas
cuando iba a ver a Catherine porque deseaba mantener en secreto la posesión
angélica de la muchacha. Cuando el padre Etienne empezó a hacer públicos
los milagros de su hermana, el padre Girard convenció a Catherine de que se
fuera a un convento para evitar que su santidad se divulgara prematuramente.
Como estaba sordo, tenía que inclinar la cabeza para oírla, pero eso no
significaba que la besara.
En
una ocasión en que la muchacha tenía sed, le llevó un tazón de agua, y
Catherine le acusó de que le había dado una poción para provocarle un
aborto. Había que interpretar sus cartas a la luz del amor celestial: “No
tengas voluntad propia, y no sientas la menor repugnancia. Haz todo lo que
yo te diga, como una buena chica para la que nada es difícil si se lo pide
su padre”.
Más
adelante, el padre Girard empezó a sospechar que Catherine era una
farsante. Con el fin de desenmascararla, presentó una serie de pruebas
devastadoras. Había sobornado a tres criadas, prometiendo a una de ellas
una pensión si declaraba a su favor. Esta prueba es un tanto extraña: la
muchacha descubrió al padre Girard y a Catherine in flagrante delicto,
pero se limitó a preguntar al sacerdote el color de las vestiduras que
necesitaría para el siguiente servicio religioso.
El
7 de mayo de 1730, Catherine puso en escena una transfiguración o trance de
muerte en honor de la pasión de Cristo, con la cara cubierta de sangre.
Este milagro volvió a ocurrir el 6 de junio y el 7 de julio, por lo que el
padre Girard dedujo que se había embadurnado el rostro con sangre
menstrual. El abogado de Catherine respondió que había experimentado otra
transfiguración el 20 de julio, y que ninguna mujer tenía dos molestias en
el mismo mes. La regularidad del ciclo de Catherine invalidaba su acusación
de que el padre Girard le había practicado un aborto. Para apoyar esta
prueba, el padre Girard presentó el diario de Catherine, en el que se
consignaban periodos regulares: el 8 de marzo, el 4 de abril, el 8 de mayo,
el 11 de junio, el 4 de julio, el 8 de agosto y el 9 de septiembre. Por
tanto, no hubo ninguna falta, ni pudo existir sospecha de preñez en la
época en que Catherine Cadiere hizo la acusación de aborto.
Durante
varios días Catherine aseguró estar ayunando, pero por la noche salía
sigilosamente al jardín del convento y se atracaba de melocotones. Una
noche la descubrió un grupo de monjas furiosas; salió del apuro diciendo
que Dios le había provocado gula para humillarla y que, al despojarlo de la
fruta más exquisita, el árbol daría mejores frutos.
El
padre Girard dio otra sorpresa al presentar la Santa Cruz que le habían
enviado a Catherine de los cielos, y que la muchacha había duplicado. El
abogado de Girard definió a Catherine como una muchacha astuta e ingeniosa
e intentó desacreditar a sus enemigos con una prostituta que acusó al
prior Nicolás de inmoralidad. El juicio terminó con, una autentica
confusión de acusaciones.
Catherine
tenía varias heridas abiertas en el cuerpo, y ella aseguraba que eran
estigmas. Como muestra especial de amor, el padre Girard estaba acostumbrado
a quitarle el velo y chupar una herida o úlcera que tenía en el cuello. Lo
hizo a diario durante tres meses. También admitió haber besado la úlcera
que la muchacha tenía junto al pecho izquierdo (da la casualidad de que
Madeleine de Demandolx y Madeleine Bavent también tenían úlceras o
estigmas en esa zona) En su declaración, Catherine añadió que allí me
besaba con gran sensualidad. El abogado de Catherine se aferró a esto para
ridiculizar al padre Girard. Estamos ante un verdadero ángel de
pureza -dijo al tribunal- que nos enseña el arte de contemplar el cuerpo
desnudo de una muchacha o mujer a la que ama apasionadamente y a la que
llega incluso a flagelar, sin el menor rastro de emoción erótica y sin
peligro para su alma, ¡qué prodigio de castidad! El abogado del padre
Girard contestó lo siguiente: ¨¿Acaso puede creer alguien que tales cosas
[las úlceras] son capaces de encender la llama de la lascivia?"
El
Parlamento de Aix examinó las pruebas durante casi un año. Dio el
veredicto el 11 de octubre de 1731. Los jueces tenían opiniones divididas;
doce mantenían que había que condenar a la hoguera al padre Girard, y
otros doce querían colgar a Catherine. Quien dio el voto decisivo fue el
presidente del tribunal, Lebret, que remitió al padre Girard a las
autoridades eclesiásticas por su conducta irregular como sacerdote y envió
a Catherine con su madre. Con esta decisión daba a entender que no se
habían probado las acusaciones de hechicería. El veredicto no fue bien
acogido por la multitud, que zarandeó al padre Girard y llevó
triunfalmente a hombros al abogado de Catherine. La muchacha vivió
tranquilamente en su casa el resto de su vida, y el padre Girard, expulsado
de la Iglesia, se retiró a su ciudad natal, Dóle, donde murió en 1733.
Extraído de la obra Enciclopedia de la brujería y demonología (Crown Oublishers Inc. 1959) de Rosell Hope Robbins
Adaptación de César Navarro con permiso particular del autor.
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