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En
Riess (Alemania) vivía una viuda con su hijo, el cual era carretero y con su
trabajo proporcionaba el sustento a su anciana madre. Un día sucedió que
el señor de Hohenstein apresó al carretero y pidió por él un rescate que
había de satisfacer la madre. Con grandes sacrificios, la viuda pudo pagar
lo que exigían.
Esto se repitió otra vez. De nuevo el carretero fue hecho preso por los soldados del señor de Hohenstein, y hubo de pagar su madre un crecido rescate por la libertad del hijo.
Y
así se arruinó completamente. De modo que cuando por tercera vez el
carretero fue sorprendido en el bosque y conducido al castillo del señor,
la viuda no tenía ya ni una moneda con que pagar el rescate.
Fue
al castillo, se arrojó a los pies del señor, y le suplicó diese libertad
a su hijo:
-Soy
muy anciana y no me puedo valer. Sólo me sustento del mísero jornal que
gana mi hijo después de trabajar duramente.
Pero
el señor le contestó con grandes carcajadas:
-No
pienses que voy a dejar escapar tan buena presa. Lo mismo que pudiste pagar
antes, lo podrás hacer ahora.
Dio
orden de que la arrojasen fuera. Pero ella, mirándole con ojos de fuego, le
dijo:
-Me
habéis convertido en una mendiga y queréis que mi hijo se consuma en una
torre. Pero os juro que antes de ello os consumiréis vos por el fuego.
Mas
el señor, riendo a grandes carcajadas, ordenó de nuevo a sus soldados que
la arrojasen del castillo sin más contemplaciones.
Esta
mujer era bruja, aunque nunca había ejercido sus artes. Mas cuando llegó a
su casa recordó todo lo que sabía. Hizo una estatuilla de cera, que
reproducía toscamente la imagen del caballero y la metió en el fuego. La
estatuilla se fue derritiendo lentamente. A la misma hora, el señor de
Hohenstein estaba en una alegre bacanal, pero de pronto empezó a dar
grandes alaridos gritando:
-¡Que
me quemo! ¡Que me quemo! ¡No puedo más!
Los
asistentes estaban atónitos, mas él seguía gritando:
-¡Que
me quema la bruja! ¡Preparad mi caballo!
Y entre grandes quejas, se dirigió al convento de Comburg, donde pidió confesión, expirando a la mañana siguiente, consumido por el terrible fuego interior. Fue enterrado en Comburg, en el claustro de la sala capitular. Se dice que fue el último señor de Hohenstein, y si no hay confusión con otro de idéntico nombre que vivía en el Haz ha de ser el mismo cuyo sepulcro se parece mucho al de Goetz von Berlinchingen.
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