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Hace más de trescientos años en Nueva Inglaterra se decidió el futuro inmediato de la brujería mediante la eliminación de brujas. Fué el famoso juicio de Salem; exactamente en 1692.

Treinta y dos personas fueron acusadas de practicar la brujería y la mayor parte de las mismas pasaron por el cadalso o bien por la horca. Años después y muy lentamente se aclararían las circunstancias de aquel juicio precipitado y falto de lógica y legalidad.

El grito de Salem era: “muere bruja... muere”.

Aunque parezca un tema olvidado, en pleno 1978 se repitió el mismo grito y las mismas cacerías.

¿Existen brujas en los Estados Unidos? La respuesta es un rotundo sí. Pero no solamente brujas reconocidas y permitidas por la ley sino todo tipo de practicantes de la brujería. En muchos estados de la unión americana la brujería es permitida mediante el simple pago de una cuota para "prácticas legales." Está en los confines de la ley y no afecta a nadie.

Sin embargo, existen lugares en los cuales aún la palabra "bruja" acarrea la muerte y la destrucción de familias enteras incluyendo niños. Existe una ley natural mediante la cual se reconoce que la historia se repite cada cierto tiempo. Los ciclos que sucedieron suceden nuevamente y Salem no podía ser excepción de la regla.

Tomemos el caso de Judy Bucholtz. Judy, descendiente de alemanes nacida en el Bronx y tan americana como el chiclet o el perrito caliente. Su esposo Fritz era un hombre de 210 fibras de peso, constitución poderosa y salud de hierro. Eso era antes..

Hoy en día Fritz es un despojo humano y su esposa ya no existe. Está enterrada en algún lugar del Medio Oeste americano por el delito de practicar la brujería moderna. La hijita de los Bucholtz, llamada Sarah, cuando contaba cinco años de edad fue a parar a orfanato.

¿Cómo se destruyó la familia Bucholtz? Todo comenzó cuando Fritz llegó un amanecer a los muelles de Nueva York en los cuales prestaba servicio como estibador. Tenía 40 años cumplidos. De esos cuarenta, la mitad de ellos transcurrieron en el duro trabajo de cargar y descargar mercancías de muelle a barcos y viceversa. Fritz no era un hombre cobarde. Por el contrario. En más de una ocasión tuvo que defender su vida y su trabajo a base de peleas y sangre. En su muslo derecho una horrible cicatriz de quince pulgadas mostraba el lugar en que le clavaron un gancho de estibador.

Pero Fritz, con el gancho emergiendo de su carne desgarrada y con una arteria rota y soltando chorros de sangre se las arregló para devolver el golpe con creces,su gancho se clavó en la frente de un inmenso negro en los muelles.

El hombre quedó instantáneamente muerto y Fritz fué llevado de urgencia al hospital en donde pasó cerca de un mes. De allí en adelante en un mundo de dolencia y competencia emergió Friti más duro que nunca. Era estibador y nadie le quitaría su trabajo.

Fué esta obstinación alemana la que le llevó a mantener su trabajo y los saneados salarios que se obtenían de él. En el juicio por la muerte del rival fue absuelto. No existían pruebas contra Fritz. Había sido una pelea de hombres y por motivos de trabajo. La hermandad de los estibadores guardaba silencio. Fritz retornó a su trabajo y todo fue olvidado aparentemente. Eso ocurrió allá en la década de los cincuenta. Cinco años después Fritz se enfrentaría a una nueva crisis de dolencia. Sin embargo esta vez no se trataba de problemas laborales sino de brujería. Su esposa Judy fue de las pioneras en las llamadas Iglesias del Diablo.

Por algún motivo la mujer se puso en contacto con el recién creado culto mediante la presencia de una amiga que ya lo profesaba. Una tarde de febrero Judy emergió de una pequeña casita en el Bronx con un diploma en su mano; un diploma filmado con su propia sangre. Era una bruja calificada.

Su esposo Fritz tomó esto como una especie de pasatiempo. Con el sueldo que el hombre devengaba era suficiente para cubrir todas sus necesidades y guardar una buena cantidad mensualmente en el banco. Los Bucholtz, como tantos descendientes de europeos tenían la normal tendencia al ahorro.

La niña Sarah ya era lo suficientemente crecida como para ir al colegio elemental y esto le dejaba aún más tiempo libre a Judy para la práctica de la brujería. Cuando aquella noche Fritz vió a su esposa, a la luz de la Luna haciendo signos cabalísticos en la mesa del comedor no dijo nada, se quedó observándola entre divertido y asombrado. "Ahora resulta que tenemos una bruja en la familia" bromeó el estibador observándola. Judith no contestó nada... siguió con sus ritos secretos.

Fritz tuvo la indiscreción de comentar lo sucedido con algún amigo en los muelles. Esto lo pagó muy caro. Poco después comenzó a ver que sus antiguos camaradas se apartaban de él con cualquier pretexto. Trabajaba con un vacío en su derredor. Era como en los tiempos en que se peleaba en los muelles por mantener el trabajo, sólo que cuando aquello tenía amigos a su lado en su defensa. Ahora no tenía a nadie.

Quizás en aquellos tiempos Fritz (que no era un practicante de la brujería) hubiese convencido a su esposa para que abandonara los hechizos. Pero estaba visto que su vida cambiaría violentamente. Es más, se encontraba a punto de hablar con ella sobre el asunto. Explicarle que, según sus escasos conocimientos 'la brujería no daba resultados" cuando se convenció de lo contrario y precisamente en la persona de su hija Sarah.

Sarah cayó enferma con la varicela por aquellos días. La ciudad de Nueva York se encontraba en pleno verano y el calor sofocante de la calle se confundía con una huelga de basureros. Aquella combinación causaba que las miasmas pútridas infectaran el caliente aire. Los tanques de basura podrida se amontonaban unos sobre otros en todos los callejones Sin que nadie se preocupara de recogerlos. Esto dio lujar a una serie de infecciones, entre ellas la varicela que fue contraída por la niña. Lo que al principio parecía una infección local y controlable se convirtió en una enfermedad grave.

La chiquilla empeoraba por días a tal extremo que la fiebre la mantenía delirando constantemente. Sus débiles fuerzas se consumían en sudores y quejidos. Por tres días no pudo pasar alimento de ningún tipo.

- A la niña hay que llevarla al hospital - dijo Fritz a la tercera noche.

Su esposa Judy se negó terminantemente.

- A la niña la sana mi ciencia de la brujería - contestó.

Fritz era un hombre obstinado. Pero también lógico. No encontraba nada de malo en la práctica de la brujería y tampoco veía motivo para que la misma afectara a la niña. Así que le permitió a Judy la curación. Era el 12 de Agosto de 1977.

El viejo médico de la familia, doctor Garland apareció con su eterno maletín de mano y su traje demasiado ancho colgándole en pliegues sobre su flaca figura. Tras de reconocer a la niña se volvió hacia los esposos Bucholtz con una grave expresión en su rostro.

- Aquí no puedo hacer absolutamente nada. La niña necesita una traqueotomía - explicó.

Los esposos miraron a su hija que se debatía entre la vida y la muerte. Las sábanas empapadas en sudor. La piel amarillenta y la respiración apenas un ronquido apagado.

- La niña no va al hospital - porfió Judy.

- Se morirá si no me hacen caso - contestó el doctor Garland.

- Yo la sanaré - anunció ella.

Fritz asistía en silencio al cambio verbal. Ahora ambos lo miraban. La expresión cansada por el exceso de trabajo en la cara del arrugado y anciano doctor decía mucho. Por el contrario, la forma obstinada de Judy iba dirigida a su marido. A fin de cuentas, como hogar respetuoso de la tradición paternal, Fritz era el encargado de decir la última palabra.

- La niña se queda - dijo éste suave y lentamente.

Garland no discutió. En su vida profesional había encontrado muchos casos como aquel. Brujería, hechicería y superstición eran parte de su vida diaria como médico de pobres en el Bronx. Recogió su estetóscopo guardándolo en el usado maletín.

- La decisión es de ustedes - dijo antes de marcharse.

Una vez a solas Fritz se retiró a su habitación. Desde la delgada división de madera llegaba el sonido silbante de aquella respiración tan querida... su única hija. Pero la decisión había sido suya y no pensaba modificarla. Ahora todo quedaba en las manos de su esposa Judy. Esta buscó sus libros de encantamientos. El resto de la noche lo pasó preparando brebajes y entonando himnos a la luz de la luna. Fritz no dormía. La vida de su única hija estaba en juego. Con los primeros claros del amanecer se vio el resultado.

- Ven y contempla a tu hija - Susurró Judy.

Fritz se levantó de la cama en silencio. Junto a la misma un cenicero abarrotado de colillas era muestra de su noche en vela. Judy le tomó de la mano llevándole hacia la habitación de la niña.

- Míralo por ti mismo - dijo ella.

Sarah dormía en paz. Una expresión de tranquilidad en su rostro infantil. Las mejillas habían recuperado su color rosado natural. Su pecho subía y bajaba en una respiración saludable. Fritz le dio la mano a su esposa.

- Gracias querida - dijo lentamente.

Desde aquel momento Fritz se convirtió en aprendiz de brujo. Pasaron un par de meses. El doctor Garland comentó el caso con los vecinos y estos a su vez lo comentaron con las amistades. Muy pronto se sabía que en la casa de los Bucholtz se practicaba la brujería como método de vida diaria. Aquel vacío que comenzara a manifestarse en los muelles se extendió ala zona en que vivía el matrimonio. Poco a poco fueron quedándose solos... poco a poco aumentó en ellos el deseo de cultivar la brujería. Finalmente, con un atentado a la vida de Fritz que resultó fallido los Bucholtz decidieron buscar nuevos horizontes.

Fué durante el trabajo. Fritz se encontraba dirigiendo la descarga de un barco cargado de cemento. La grúa se encontraba en el aire, balanceándose y doblándose bajo el peso de su carga cuando de repente, las pinzas de acero se abrieron y un diluvio de bolsas pesando miles de libras cayó sobre Fritz. Para el asombro de todos aquellos que lo vieron, Fritz emergió vivo de la prueba. Salió de entre los escombros que lo habían sepultado. Mientras que una nube de cemento en polvo se elevaba alrededor de él. Tal parecía un ente escapado del infierno y rodeado de los fuegos eternos.

En sus ojos brillaba la expresión de la muerte mientras que corría hacia el manipulador de la grúa. Pero ya era demasiado tarde, éste se había dado ala fuga. Fritz decidió no volver al trabajo. Aquella noche discutió hasta tarde con su esposa. Al día siguiente fue al banco a primera hora extrayendo sus ahorros.

Y así fué como los Bucholtz se trasladaron a una pequeña granja en el Oeste americano. La población más cercana quedaba a quince millas de distancia. Los vecinos a más de cuatro millas. En este paraje solitario se establecieron los practicantes de la brujería con su hija Sarah. Pasaron las semanas sin problemas.

La cosecha crecía por días. La tierra era fértil y buena. Fritz compró varios equipos agrícolas, entre ellos un pequeño tractor y además, reformó la casa haciéndola confortable y acogedora. La vida parecía haber dado un vuelco en favor de la tranquilidad y la paz en el matrimonio. Cosechaba maíz y al mismo tiempo mantenía una cría de cerdos y ganado lanar.

- Todo lo que deseábamos era que nos dejaran en paz - diría Fritz más tarde, tras vivir la horrible tragedia que les tocara vivir y morir.

Con los días se convertían más y más adoradores de la brujería. Cada noche practicaban los hechizos elementales para mantenerse a bien con las fuerzas del Bien y del Mal como estaba mandado en los libros. En realidad Fritz era solo un estudiante y su esposa la maestra. Al final de la quincena ofrendaban a la luz de la Luna lo mejor de sus incipientes cosechas a Satán. La ofrenda se realizaba en un altar rodeado de los Signos cabalísticos y que construyeron en las afueras de su casa, en un bosquecillo cercano y tupido.

Fritz excavó,la tierra para colocar el altar y al mismo tiempo limpió los árboles en derredor. Incluso Sarah participaba en la adoración de sus padres. Al final de cada quincena sacrificaban un animal recién nacido y regaban la sangre en los surcos sembrados y en las paredes de la casa para garantizar la protección de las fuerzas ocultas. Claro que los Bucholtz no sabían que los observaban.

El sheriff Brandon estaba dormitando. En la población de Washington County en Wisconsin la vida era muy apacible. Pasaban los meses sin que el Sheriff se viera obligado a usar su autoridad. Quizás de vez en cuando algún borracho o alborotador rompía la paz de la población que escasamente contaba con 66 habitantes, pero eso era todo.

Por lo tanto Brandon dormía su siesta del mediodía con las botas sobre la mesa y el sombrero Staton sobre sus ojos. Era un hombrón de casi trescientas libras de peso y 58 años. Ya le faltaba poco para retirarse y en aquel momento pensaba en la dulzura del arroyo y la pesca cuando le llegara la hora. De repente un estrépito inusitado le hizo abrir los ojos.

Ante él estaba Lory Smith, un jovencito de quince años. Pecoso y larguirucho que acostumbraba a vagabundear en horas de colegio.

- ¿Escapado de clases de nuevo Lory? - preguntó el sheriff.

El muchacho se veía asustado. Temblaba de pies a cabeza y se retorcía las manos sin cesar hablando de brujos y demonios. El sheriff Brandon pensó en aquel momento que estaba borracho. Lo tomó por una oreja sentándolo en la única sula y abriéndole la boca. Pero su aliento no era alcohólico. Pronto logró descifrar la incógnita.

Se trataba de los forasteros que se habían establecido en la casa de los Watson hacia un par de meses.

- Le digo que son brujos sheriff... yo mismo los vi lanzando sangre en las paredes de la casa - repetía el muchacho.

El sheriff Brandon era lento de movimientos. Se rascó la gruesa nuca mientras que pensaba en los pros y los contras. Finalmente decidió hacer una investigación por sí mismo.

-         No digas nada de ésto... ¿Me entiendes?

-         No sheriff - contestó el chico.

Cuando el sheriff le dio el permiso para marcharse cuando el muchacho corrió divulgando la noticia por el pueblo.

- Hay una familia de brujos en la antigua granja de los Watson - gritaba el chico.

En un pequeño pueblo rural, en donde casi nada sucede como para romper la monotonía diaria aquello constituía una noticia de última hora y sobre todo cuando un pastor excesivamente celoso de sus deberes y conservador en sus ideas tomaba la sartén por el mango.

Y éste fue el caso del pastor o reverendo Elías Kraft. Durante cincuenta de sus sesenta y ocho años había desempeñado el cargo de reverendo en la única iglesia protestante local. Era una especie de alcalde sin titulo. Cuando oyó la descripción del muchacho (ya para entonces la sangre en las paredes se había convertido en un sacrificio humano por la exageración popular) decidió tomar cartas en el asunto.

- Ya sabía yo que estos forasteros eran extraños - decía él reverendo de casa en casa.

Muy pronto se formó una cuadrilla de vociferantes pueblerinos. Al frente de la misma marchaba el pastor y todos se dirigieron hacia la granja de los Bucholtz.

El sheriff Brandon no era un hombre de armas a tomar y muchísimo menos cuando veía tan cercana la hora de su retiro. Así que prefirió hacerse de la vista gorda mientras que el grupo de ciudadanos encabezados por el pastor tomaba los jeeps y camionetas dirigiéndose hacia la antigua casa de los Watson.

El sheriff hizo como Poncio Pilatos: Se lavó las manos.

Efectivamente, las paredes de la casa estaban manchadas de sangre. La multitud rugió su indignación mientras que se precipitaba en los plantíos de maíz destrozando las matas recién sembradas. Los animales fueron asesinados a balazos y los aparatos agrícolas incendiados.

- Solo recuerdo el ruido de muchas voces y el estampido de un arma de fuego. Después un golpe me hizo perder el sentido - diría Fritz en el juicio.

Cuando despertó estaba tirado en lo que quedaba del altar. El cuadro que le rodeaba era de desolación general. La casa de ser una granja era sólo un montón de restos humeantes. Los animales yacían muertos por doquier a balazos.

Pero aún le faltaba lo peor. Instantáneamente pensó en su esposa e hija. Trató de levantarse, pero el dolor le hizo perder el conocimiento de nuevo. Más tarde se sabría que Fritz tenía cuatro costillas partidas en el lado izquierdo del torso y una clavícula pulverizada por efectos de los golpes.

Lentamente logró andar hasta la casa que ardía solo para encontrarse el cadáver de su esposa achicharrada hasta los huesos. Su hija Sarah no aparecía por parte alguna. La investigación posterior demostraría que Sarah fue encontrada vagando, por el bosque en estado de shock nervioso.

Fritz trató de salvar algo sin resultado. Cuando tomó el cadáver de Judy por el brazo éste se desprendió quedando en sus manos. La mujer se deshacía sola por efectos de las quemaduras. Fritz perdió el sentido nuevamente.

Los sucesos de hace trescientos años en Salem, Nueva Inglaterra se repetían en Washington County, Wisconsin.

"Muere bruja muere..." era el grito de la multitud que se alejaba.

Fritz estuvo tres meses en el hospital reponiéndose de los golpes. No pudo asistir al velorio de su esposa. Como último impacto del destino tuvo que ver como su hija Sarah era ingresada en un orfelinato ya que los psiquiatras le declararon "mentalmente inestable."

Y era verdad. Fritz Bucholtz había perdido la razón. El fuerte estibador que supo enfrentar la vida y mantener a su familia en la violencia salvaje de la gran ciudad americano, no pudo resistir el retorno al pasado... el retomo a los juicios de Salem.


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