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Navegan los viajeros con viento de popa, así empujados hacia occidente, pero está el mar como dormido o muerto, lo que les hace muy difícil la singladura.

Al cabo de tres quincenas de estar navegando con tanto apuro, el frío va recorriendo sus venas, y les invade una gran angustia, porque su barco anda a la zozobra: tan escorada está la embarcación con la tormenta que poco falta para que dé la vuelta con ellos.

Fue entonces cuando algo les sucedió, que les asustó más que cualquiera de las pruebas sufridas hasta el momento. Vieron cómo se les echaba encima una serpiente de mar, que les iba persiguiendo, más rápida que el viento.

Del fuego que echa, abrasa como la boca de un horno, con tan alta y ardiente llama que les hace temer la muerte. Desmedido tiene el cuerpo, y muge con más fuerza que quince toros. Ante el sólo peligro de sus colmillos, hasta mil quinientos combatientes hubiesen huido. Son tan altas las olas que desplaza, que no necesita más para armar toda una tempestad.

Cuando se acercaba el monstruo a los peregrinos, Brandán les habló como un verdadero hombre de fe:

«Mis buenos señores, no empecéis a asustaros, que ello provocaría el enojo de Dios. Sólo por un loco temor, no vayáis a perder la confianza divina y vuestro feliz destino, pues quien toma a Dios por guía no debe asustarse por el mugido de una bestia.»

Después de pronunciar estas palabras empieza a rezar. Lo que oró se cumplirá sin demora: pronto ven llegar a otra bestia, que bien ha de resistir a la primera. A medida que ésta se va acercando al barco, le persigue la otra, mugiendo con rabia; aquella guerrera ya ha reconocido a su enemiga y suelta el barco, echándose hacia atrás para enfrentársele.

Con las cabezas muy erguidas, las dos bestias se hacen frente para la justa. Fuego les sale por las narices y va volando hasta las nubes. Con las aletas y con las patas se golpean como con escudos. Con colmillos cortantes como espadas se van desgarrando, hiriéndose a estocadas. De tan salvajes dentelladas brota la sangre que dejan los colmillazos en tan colosales cuerpos. Ensangrentadas quedan las olas, con heridas tan profundas.

Violenta fue la batalla. Gran tumulto se hizo en la mar. Al fin venció la última guerrera, al dar muerte a la primera; tan fuertes colmillazos le asestó, que la dejó lacerada, partida en tres trozos. Después de cumplir con su venganza se volvió a su morada.

No debe desesperar el hombre, sino aseverar su fe, viendo con qué prontitud Dios encuentra ropa y víveres, y le ayuda a salir del peligro, arrancándole a tantas muertes.

Dijo el abad a los suyos:

«A tal Señor, bien se le debe servir: dejémoslo todo en Sus manos.»

Aquéllos respondieron:

«De muy buena gana le serviremos, porque sabemos bien cuánto nos quiere.»

Al día siguiente apareció tierra a la vista, y confiaban que ya pronto podrían desembarcar.

Pronto arriban a aquella tierra, y desembarcan para descansar sus castigados cuerpos. Después de poner el barco a seco, en un prado van montando su tienda.

Nada más llegar los viajeros empezaron las tormentas. Ya sabía Brandán, por el aire lluvioso, que el tiempo se iba a volver muy desagradable.

Se ha levantado un viento hostil, que va arreciando, y les faltan los víveres; pero ellos ya no se asustan con cualquier peligro que surja: tanto les ha sermoneado el abad, y tanto les ha colmado Dios, a todo lo largo del viaje, que ya de nada desconfían.

Al poco rato, no tardó en aparecer la tercera parte del monstruo marino. Tan encrespadas están las olas que traen al pez de mar adentro, empujándolo hacia la orilla, lo que les facilita la labor de cogerlo.

Entonces les dijo Brandán:

«Lo estáis viendo, hermanos: la que antes os era enemiga viene ahora en nuestra ayuda, por gracia divina. Así tendréis de comer para una buena temporada, y no os preocupéis por su apariencia, que nos servirá de alimento. Coged todo lo que estiméis sea suficiente, para que no os falte comida durante tres meses.»

Ellos hicieron lo que les mandó, y se abastecieron hasta dicho plazo, almacenando leña, y con agua dulce de las fuentes llenaron todos sus toneles.

 

Dios no cesa en sus milagros: ahora otro peligro apremia a los viajeros, no menor, sino más grave, que el que acaban de padecer; pero ellos no temen, confiando ya que Dios les siga defendiendo.

Se acerca, bajando el vuelo del cielo, cerniéndose sobre sus cabezas, un grifo echando llamas, con las zarpas hacia fuera, prestas para llevárselos como presa; llameante tiene la garganta y muy afiladas las patas. El borde de la nave, por muy fuerte que sea, de un sólo zarpazo se lo llevaba, y con el sólo soplo del aire que desplaza, inclina toda la embarcación hasta casi darle la vuelta.

Mientras así les perseguía por el mar, llegó un dragón, abrasado con vivas llamaradas. Revolotea, erguido el cuello, alzando el vuelo hacia el grifo.

Arriba en el aire se libra la batalla. Relampaguea el fuego que echan ambos monstruos. Golpes, quemaduras, empellones, mordiscos feroces, se propinan ante las miradas espantadas de los peregrinos.

Alto es el grifo, flaco el dragón; fornido es aquél, éste más pujante. Finalmente, el grifo cae al mar: muerto yace y vengados quienes fueron sus enemigos.

Se va el dragón victorioso, pero toda la gloria por tal victoria se la otorgan los viajeros a Dios, e instruidos por el espíritu divino, de aquel lugar zarpan hacia el mar abierto.

 

Llegó la fiesta de San Pedro -aquél al que dieron muerte en el prado de Nerón- y celebraron una fiesta en honor del obispo de Roma.

Al oficiar la misa el abad, según mandan los cánones, iba cantando con voz poderosa. Todos los hermanos se pusieron entonces a suplicarle:

«Querido padre, os rogamos que cantéis más bajo, que nos haréis perecer si no. Pues tan transparente es cada ola, que donde la mar se hace más profunda vemos hasta los fondos un inmenso alboroto de peces. Peces enormes y crueles estamos viendo, y de unas especies tales, de las que no habíamos oído hablar nunca. Si se excitan con el ruido sepa vuestra señoría que sólo nos queda la muerte.»

Se sonrió el abad, y amonestó a los suyos, a los que tenía por muy insensatos:

«Señorías, ¿por qué teméis por nada? ¡Cómo rechazáis vuestras creencias! Habéis afrontado más graves peligros, y para todos ellos Dios os fue buen protector. El que os asusta todavía no ha llegado. ¡Implorad el perdón!», les dijo Brandán, y él siguió cantando, todavía más alto y claro.

Salen entonces unos monstruos marinos gigantescos, que van rodeando la nave, celebrando también a su guisa la fiesta del día. Después de cantar el oficio, cada pez volvió a su morada, siguiendo distinto camino.

En alta mar, singlando adelante, ven brillar los viajeros un gran pilar. Con puros rubíes estaba hecho -materia de otra naturaleza no había ni una onza- de un rubí zafirino destellante -¡muy rico sería su amo!-, hasta las nubes alcanzaba la cúpula, y la base se asentaba en el fondo del mar, toda de oro precioso, delicadamente labrado. Seguro que no la habrían edificado para cualquiera...

Hacia aquella columna dirige Brandán el rumbo y se le hace largo el llegar hasta allí. Arría la vela, y con monjes y con barco, por debajo de la bóveda, va penetrando en el pilar.

Al adentrarse en la columna, debajo del mar, aparece ante sus ojos un altar de esmeraldas. El sagrario de ágata van contemplando, y el suelo todo pavimentado de calcedonia, y las luminarias de berilo, y dentro del pilar, sosteniéndolo todo, una columna de oro fino.

No temen ningún peligro los viajeros, y se quedan durante tres días, cantando misa uno tras otro.

En el fuero de su conciencia Brandán se pone a pensar que no se debe insistir en buscar el secreto de Dios, y dice a sus monjes:

«Creed en mi consejo: vayámonos, zarpemos de aquí.»

Va y coge el abad un cáliz de cristal muy adornado: piensa que no está siendo infiel a Dios, cuando para servirle se lleva esta prenda.

De su camino llevan recorrido los peregrinos un gran trecho, sin tocar todavía el fin de la aventura. No por ello se entregan a la pereza, pero cuanto más avanzan, más notan su cansancio. Sin embargo, no se darán por vencidos hasta tener ante los Ojos el objeto de su deseo.

Pronto surgió ante ellos una tierra, aneblada de oscuras y caliginosas nubes. Humeaba una fétida humareda, más pestilente que carroña; y rodeada estaba de una gran oscuridad.

Pocas ganas tienen de hacer escala, porque ya desde lejos se dan cuenta que en aquel lugar aciago serían acogidos con escasa alegría.

Con gran esfuerzo se empeñan en cambiar de ruta, pero éste era justamente el rumbo que debían seguir, porque hacia allí les empujaba el viento.

Ya sabe el abad a donde se dirigen y se lo dice a los hermanos:

«Señorías, habéis de saber que al mismo infierno estáis siendo llevados a la fuerza. Nunca tuvisteis como ahora tanta necesidad de protección divina.»

Brandán hace sobre ellos la señal de la cruz: no se ha equivocado, cerca está el abismo infernal. Cuanto más se aproximan, más horroroso espectáculo se les ofrece y más tenebroso encuentran aquel valle.

De las simas profundas y de los precipicios vuelan disparadas inmensas cuchillas de fuego. Como fuelles soplando ruge el viento. Ni con truenos resuena tal estruendo. Espadas de hojas candentes, rocas ardiendo a llamaradas, tan alto por el aire vuelan, que roban al día su claridad.

Al pasar delante de un monte se asustaron al ver a un diablo: colosal era aquel demonio que del infierno salió todo abrasado, llevando empujado un martillo de hierro, con el que había partido una columna. Ve a los viajeros, y les clava con su mirada -ojos destellantes, como ardiente brasa-, siente impaciencia por no tener presto a su alcance algo con qué darles tormento, y echando fuego por la garganta, corre a grandes zancadas hacia su fragua.

Muy pronto vuelve con su cuchilla, candente cuan llamarada al rojo vivo. Como diez bueyes pesaría la tenaza con que la tenía sujeta. Toma impulso, levantándola hasta las nubes; luego la arroja contra los viajeros, apuntando justo encima de ellos.

No llega más rápido el torbellino, cuando lo lleva por el aire el viento, ni el cuadrillo disparado por la ballesta, ni la piedra que lanza la honda. Cuanto más se va elevando, más se enciende; cuanto más espacio recorre, más fuerza alcanza; primero se divide, y luego se vuelve a unir.

No llega a alcanzarles el tormento, sino que pasa por encima de sus cabezas y va a caer en el mar, donde arde todavía, como el brezo, cuando el campo se quema. Y mucho tiempo sigue ardiendo la cuchilla en el mar, a grandes llamaradas.

El viento se ha llevado a la nave, y así van huyendo de aquel lugar siniestro.

Con viento de popa se alejaron, pero no sin echar atrás la mirada a menudo, viendo aquella isla en llamas, toda envuelta en humo. Seguían oyendo gritos de diablos a millares, y llantos de condenados. Humos hediondos les llegaban todavía, esparcidos por el aire.

Aguantaron la prueba lo mejor posible, y salieron de ella airosos: a medida que el hombre santo va resistiendo tormentos -hambre, sed, frío, calor, angustia, tristeza y grandes temores- va creciendo su divina felicidad; así les ocurre a los viajeros, ahora que han visto a donde son recibidos los condenados. Se encuentran reafirmados en su confianza en Dios, y singlan adelante, sin ningún temor, porque ya saben que prosperan en el buen camino.

Con el amanecer, no tardaron mucho en darse cuenta que se iban acercando a algún lugar firme: una montaña envuelta en nubes; hacia allí les iba empujando el viento con apretura.

Pronto llegaron a la orilla, pero el acceso era muy escarpado. Entre todos los viajeros, ninguno pudo apreciar qué altura tendría esta montaña: por encima de las nubes se elevaba a más altura que lo que parecía desde la orilla, al pie de la misma; y la tierra es negrísima, como no han visto en todo el viaje.

Por qué motivo, nunca lo supieron sus compañeros, salta uno de ellos a tierra; enseguida lo perderían de vista. Todos oyeron lo que él les dijo, pero sólo el abad pudo ver cuanto ocurrió:

«¡Señor!», gritaba, «me están apartando de vos, apresando por mis pecados, como sabéis.»

Y el abad está viendo cómo está siendo arrastrado, por cien diablos vociferantes.

Huyen de allí los viajeros, marchándose a otra parte, y se miran unos a otros, asustados: despejada ya de nubes la montaña, ante sus ojos, abierto de par en par, aparece el infierno.

Fuego y llamas echa el infierno, y palos candentes, y cuchillas, y pez y azufre, que salen disparados hasta las nubes, y recogen como suyos los demonios, cuando vuelven a caer en su recinto.

Con enseñas de peregrinos ha armado Brandán a los hermanos, y así logra sacarlos de aquel lugar.

En el mar, a lo lejos, van viendo los viajeros una especie de bulto parecido a una roca -y roca era de verdad, pero no lo podían creer-. Les dijo entonces el abad:

«Singlemos hacia allí y enterémonos sin demora de qué es aquello.»

Llegaron y se toparon con lo que menos podían esperar: encima de la roca a donde han arribado encuentran sentado un hombre desnudo.

Tenía el cuerpo todo despellejado, la piel lacerada, desgarrada, hecha trizas. Un trozo de tela tenía atado a la cara, y estaba adosado a una columna, agarrado a la roca, para que no le arrojara el oleaje.

Con las olas golpeándole fuertemente, no cesa nunca su muerte: una le golpea, y él casi perece; otra viene detrás y le vuelve a levantar; peligro delante, encima, detrás, debajo; tormento espantoso padece a diestra, y no es menor a siniestra. Cuando el mar remite en sus ataques, cansadamente se queja:

«¡Ay!, dulce Jesús, si yo me atreviese, imploraría tu merced. ¡Ay!, Jesús, rey de majestad, ¿ni en invierno ni en verano tendrá fin mi agonía?

»¡Jesús, Tú que pones en movimiento los tronos de los astros, tan amplia es tu misericordia Jesús, Tú que eres tan generoso, ¿no me llegará la hora del alivio?

»Jesús, nacido de María, no sé si podría implorar tu merced: ni puedo ni me atrevo, pues tanto he errado que he sido juzgado con justicia.

Al oírle Brandán quejarse de esta manera, siente más dolor del que jamás sufrió. Levanta la mano para bendecir a todos y se va acercando trabajosamente. Según él se va aproximando a la roca, la mar se va inmovilizando, y ya no la mueve ni brisa ni viento. Ahora le habla Brandán:

«Dime, desdichado, por qué padeces tal tormento. En nombre de Jesús, al que clamas, yo te ordeno que me digas y - me asegures quién eres, y por qué delito estás aquí.»

Al romper a llorar, no pudo Brandán seguir hablando y se calló.

Aquél le respondió en voz baja -voz ronca y muy cansada-:

«Yo soy Judas, que estando al servicio de Jesús le traicionó. Yo soy el que a su señor vendió, y luego, de tanto duelo, se ahorcó. Amor fingí al besarle y traje discordia, cuando debí apaciguar. Yo escondí mi fortuna, pero en secreto la fui gastando, dando ejemplo con limosnas a los pobres; así repartí yo cuanto me habían ofrecido y llevaba escondido en unas bolsas. Yo pensé que esto permanecería oculto a quien hizo el cielo estrellado, pero por ello me fueron remitidas penas -a los pobres de Dios, yo bien defendí, ahora ellos son ricos y yo necesitado.

»Yo soy aquel traidor que, por odio, entregó a los lobos al inocente cordero.

»Cuando vi que estaba en manos de Pilato me quedé con el ánimo muy triste. Cuando vi que se encontraba en manos de los judíos -un hombre bueno, entregado a unos hombres crueles-, y cómo en burla le adoraban, coronándole con espinas, y cuán vilmente le trataban, sabed vos que me quedé muy afligido.

»Luego vi cómo le llevaban a la muerte, y manar la sangre del dulce costado.

»Cuando vi cómo colgaba de la cruz, vendido a muerte por mí, pronto ofrecí las treinta monedas -aquellas ya no cobrarían renta-, y loco y sin poder medir mi arrepentimiento, me maté. Por no haberme ido a confesar, condenado estoy día tras día.

»Aquí no ves tú nada de la tortura, que me asalta dentro del infierno: esto sólo es alivio del tormento, que padezco el sábado al anochecer; todo el día del domingo tengo sosiego hasta la noche, y durante la quincena de Navidad, aquí permanezco, holgando de mi gran pena; cuando llegan las fiestas de María, de mis duras penas, no sufro ninguna, y en Pascua y Pentecostés, no padezco otro sufrimiento que el que ahora ves -en ninguna otra fiesta del año se interrumpe-, y el domingo al anochecer salgo de aquí para experimentar tormento.»

Le pregunta entonces Brandán:

«Ahora explícame, si esto que sufres aquí es descanso, cómo te asaltan tormentos y torturas, en qué lugar padeces estas penas, y a dónde vas tú, cuando te marchas de aquí.»

Judas le responde:

«Cerca está el lugar que de los diablos es feudo; está a escasa distancia: sólo estoy lo bastante lejos, como para no oírles. Existen dos infiernos próximos, donde duras penas se han de sufrir; muy cerca de aquí están estos dos lugares, donde ni invierno ni verano cesan los tormentos; el más benigno es horreo, y causa sufrimientos atroces.

»Piensan los que . allí sufren que nadie más padece tales males, y ninguno de nosotros, salvo yo, podría decir cuál es el más horrible: a nadie le toca más de uno, y sólo a mí, cuitado, me tocan ambos.

»Uno está en el monte, otro en el valle, y les separa un mar de sal, pero es asombroso que no arda todo. Aquél del monte es el más penoso, el del valle el más horroroso; aire caliente y húmedo tiene aquél, y frío y fétido, el cercano al mar.

»Contando la noche, un día entero paso arriba, luego me quedo abajo otro tanto; un día subir, al otro bajar: no tiene fin mi tortura, y no cambio de infierno para aliviar, sino para agravar mis males.

»El lunes, día y noche, en la rueda estoy dando vueltas, yo cuitado, allí colgado, giro tan rápido como el viento; cada día me voy, cada día vuelvo, con los vientos llevado en la rueda por todo el aire.

»El martes, me lanzan disparado, endurecido el cuerpo, como el cuadrillo de la ballesta; proyectado por encima del mar, vuelo hacia el valle, hasta aquel siniestro infierno. Allí enseguida me encadenan unos diablos, que me gritan con escarnio, y me tumban encima de unos pinchos, echando plomos y rocas encima de mí: así queda mi cuerpo, todo perforado, asaeteado, como ahora lo veis.

»El miércoles, me disparan otra vez hacia arriba, donde cambia mi tortura: parte del día hiervo en la pez, donde tan ennegrecido quedo, como ahora me veis. Luego me retiran y me ponen sobre una parrilla, atado a un poste, entre dos fuegos; atraviesa la parrilla una barra de hierro -sólo sirve para traspasarme- que tan roja está, como si diez años hubiera estado encima de unas brasas, atisbadas sin cesar por fuelles y sopletes. Por la pez, prende el fuego con mayor fuerza, y aumenta mi tortura. Luego, de nuevo a la pez me arrojan, untándome, para que arda más. No hay mármol tan duro que, sometido a tal fuego, no se fundiese, pero tan hecho está mi cuerpo a esta ira que no puede ni quebrarse.

»Tal tormento, por mucho que me pese, sufro un día entero y una noche. Luego, el jueves me llevan al valle, para padecer tortura contraria: me dejan entonces en un lugar helado, tenebroso, todo a oscuras. Allí, con tanto frío, siento añoranza del fuego que abrasa; me parece entonces que, como el frío, no hay dolor del que más se resienta uno, y de cada tortura me parece que no hay más dura, cuando a ella de lleno estoy sometido.

»El viernes vuelvo al monte, donde tantas muertes pelean contra mí. Allí me despellejan todo el cuerpo, hasta que no quede piel sin arrancar; en hollín mezclado con sal, me pisotean con palos candentes; con este suplicio me vuelve a crecer nuevo pellejo, pero diez veces al día me lo van arrancando, para que penetre la sal a la fuerza; luego me hacen beber muy caliente el plomo fundido con el cobre.

»El sábado me arrojan abajo, donde otros diablos cambian mis penas; luego me encierran en una prisión -tan espeluznante, no hay en todo el infierno, de verdad en todo el infierno, no hay lugar tan inmundo-, en el fondo, yazco a oscuras, hundido en tinieblas hediondas; tan espantoso hedor me invade que no resisto las náuseas, pero no me deja vomitar el cobre que aquéllos me hicieron tragar; quedó la piel tensa, el cuerpo todo hinchado, tan acongojado, que casi estallo.

»Tantos calores, tan insufribles fríos y hedores, tan inmensos dolores padece Judas. Así ocurrió ayer sábado; luego vine aquí, entre la hora nona y el mediodía, y hoy, en este lugar encuentro sosiego. Muy' pronto pasaré mala noche: enseguida mil diablos vendrán, y cuando me cojan ya no tendré descanso.

»Pero si tú tienes tanta sabiduría, esta noche puedes lograr para mí el alivio. Si tú eres hombre tan insigne, remisión de mis penas por esta noche puedes conseguirme: ya sé que eres santo y generoso, cuando a este horroroso lugar has venido sin miramiento.»

Lloraba Brandán a lágrima viva, por tantos dolores como padecía aquél. Le mandó que le dijese, a ver aquella tela con que se ataba y la piedra a la cual estaba sujeto, de quién y dónde procedían. Este le respondió:

«En mi vida hice poco bien y mucha locura -ahora el bien y el mal resultan lo que más me importa-. Con el dinero que guardé de las limosnas, a un pobre diablo compré ropa, y así tengo con que atarme en la boca para no ahogarme: cuando me llega la ola a la cara, así me puedo proteger, pero en el infierno esto no me vale de nada, y es como si no lo tuviera.

»Cerca de una fuente fui haciendo un montículo, y encima construí un puentecillo; así, donde antes muchos perecían, ahora con este paso quedan a salvo, y por ello, dentro de mi inmensa desgracia, tengo aquí este alivio.»

Como se acercaba el crepúsculo, se dio cuenta Brandán que decía verdad: ve acudir a mil diablos, con peligrosos instrumentos de tortura; vienen derecho hacia aquel desdichado, y uno le salta encima, agarrándole con un gancho. Brandán les ordena:

«¡Dejadle aquí, hasta el lunes por la mañana!» Aquéllos le siguen persiguiendo, y se ponen a discutir: no dejarán que se les impida llevárselo. Entonces dice Brandán:

«Yo os lo ordeno, y Dios respalde mis palabras.» Los diablos se ven obligados a soltar su presa: no tienen poder para llevársela. Toda la noche allí permaneció Brandán -así no hay diablo que se atreva a torturar- y en el lado opuesto se quedan los demonios, deseando que se haga de día; con gran enfado y voz airada amenazan con que tendrá doble pena, pero el abad replica:

«No habrá más suplicio que lo acordado en el juicio.»

Como va alboreando el día, a Judas se llevan todos los diablos.

Brandán se aleja de aquellos parajes, y va singlando adelante, confiando en el apoyo divino. También los monjes saben con certeza que con Dios como guía van perfectamente seguros. Le agradecen los viajeros cuanto han visto y toda la ayuda que les ha prestado.

Al recontar a sus compañeros, ven que uno de ellos falta a la cuenta, e ignoran qué ha sido de él y en qué lugar se encuentra retenido; de aquellos otros dos, se acuerdan bien de cómo desaparecieron, pero sobre este tercero se quedan perplejos.

Les dice el abad, que todo lo sabe:

«Dios habrá hecho de él lo que le plazca; no os pongáis a temer, sino manteneos firmes en vuestra ruta. Sabed que a aquel compañero le ha llegado el juicio: descanso o tormento.»

 

Según van navegando, ven perfilarse encima del mar una montaña muy alta. Hasta allí llegan rápidamente, pero ante ellos se alza la orilla, tan escarpada como una pared inaccesible.

El abad les dice:

«Yo desembarcaré sólo, que no se mueva nadie.»

Por aquella montaña va subiendo y caminando largo rato, sin poder encontrar cosa alguna. De pronto se fija en una roca, de donde algo sobresale, y justo cuando está mirando, de allí mismo surge un hombre de apariencia piadosa y venerable.

Aquél le llama a Brandán por su nombre -porque Dios se lo había dado a conocer- y le da un beso; le manda traer a sus compañeros, y que no falte ninguno.

Retorna Brandán en busca de sus monjes, y en la misma roca dejan amarrada la nave. A todos han llamado aquel hombre a su lado:

«Acercaos y dadme un beso.»

Así hicieron, y luego les fue llevando para enseñarles su estancia, donde luego descansan como él les ordena.

Se quedan todos sorprendidos y maravillados por su apariencia: no lleva más vestido que su pelo, que le cubre como un velo; la mirada tiene angelical y celestial todo el cuerpo: no hay nieve tan blanca como el luminoso pelo de aquel hermano.

Brandán le pregunta:

«Querido padre, dime quién eres.» Y aquél responde:

«Con mucho gusto. Me llamo Pablo el ermitaño. Vivo libre de cualquier dolor, y mucho tiempo llevo aquí, donde vine guiado por Dios. Exiliándome en el bosque, del mundo huí: yo elegí la vida de ermitaño; pese a mis limitaciones serví a Dios lo mejor que pude y lo ha agradecido con tanta generosidad que me ha acreditado más de lo que merezco. Me mandó que viniese aquí y esperase mi gloria.

»¿Cómo vine? Entré en una nave, que encontré ya lista para zarpar. Dios me fue llevando con veloz curso y gran dulzura, y tan pronto como llegué, sola retornó la embarcación.

»Noventa años hace que estoy aquí, gozando del buen tiempo como de un eterno verano, en espera del juicio según mandato divino, y me encuentro en absoluto descanso, sin ninguna enfermedad, ni de carne ni de huesos. Después, pero no antes del juicio, se separarán el espíritu y el cuerpo, y resucitaré con los justos, gracias a la vida que he llevado.

»Durante treinta años tuve a un criado, siempre atento para servirme: era una nutria que a menudo me traía pescado con el cual me alimentaba. Venía tres veces por semana, y nunca transcurrió ninguna sin que me llevara tres peces, con lo cual tenía abundante comida. Colgada del cuello llevaba aquella nutria una bolsita de algas secas, para que pudiera hacer fuego y cocer el pescado -todo esto ocurría por mediación divina- y los primeros años que pasé aquí, durante treinta años, así fui recibiendo comida; de pescado quedé tan bien alimentado que no tuve necesidad de nada, ni de beber siquiera -no se molestó nuestro Señor con esto, ni con otro tipo de viandas.

»Pasados treinta años, la nutria no volvió; no es que le pesara o me despreciara, sino que Dios no quiso que siguiese trayendo alimento sólo para mí, y aquí hizo brotar la fuente llena de todos los manjares: quien la pruebe queda tan colmado que le parece que ha comido de todo a saciedad. Llevo viviendo de aquella agua sesenta años, y treinta con el pescado, son noventa; como en el siglo me quedé cincuenta, mi edad es de ciento cuarenta años.

»Hermano Brandán, ya te he contado cómo aquí he encontrado mi deleite. Pero tú irás al Paraíso, porque casi siete años hace que dura tu busca. Vuelve primero donde antes estuviste, con el buen huésped: él te guiará, y tú síguele al Paraíso, donde están los santos.

»Llévate contigo esta agua: te salvará del hambre y de la sed; y ahora entra en tu nave sin demora: cuando al hombre le llega su viento no debe dejarlo pasar.»

Y el ermitaño le da su licencia para marcharse, y aquél la recibe y se despide, dándole las gracias por la generosidad de su trato.

A1 volver hacia su huésped se encuentran con una niebla espesa, que les hace errar en la ruta, y van errando durante largo tiempo, antes de llegar a donde puedan mantener fijo el rumbo. A duras penas llegan a buen puerto para la cena del jueves.

Se quedan descansando en la isla, como han hecho otras veces. El sábado se hacen a la mar, rumbo al gran pez donde, como años anteriores, celebran la fiesta; ya saben de sobra que desde hace siete años la bestia les viene sirviendo, y dan alabanzas a Dios, porque gracias al acierto de la virtud divina no se han extraviado en su ruta.

Al día siguiente se van de allí siguiendo el viento, que sopla a su encuentro: singlan derecho hacia la isla de los pájaros, donde se han de quedar dos meses.

En aquella isla se divierten con gran gozo, en espera de la segura escolta del buen huésped, en cuya compañía han de hacer tan grato y hermoso viaje.

Aquél guía va preparando todo lo que necesitarán, porque no ignora que el viaje será largo y se provee de cuanto pueda, porque sabe muy bien todo lo que les hará falta.

Luego zarpan en compañía del huésped: a aquel lugar no han de retornar ya nunca.

Ponen rumbo hacia Oriente sin correr ningún riesgo de desviarse: en la nave llevan a tal timonel que ellos van gozando del viaje a placer, sin tener el mínimo cuidado. Cuarenta días en alta mar manteniendo fijo el rumbo, así van navegando sin nada a la vista, salvo la mar y el cielo encima de él.

Con licencia del rey divino, ahora se van acercando a la calina, que rodea, como una cerca, todo el recinto del que Adán fue dueño. Densas nubes forman tales tinieblas que su viaje no tiene posible retorno. Tanto ciega esta gran caligine que el que penetre se vuelve ciego, si no tiene a Dios ante la vista, para poder traspasar tan espesa nube.

Entonces les ordenó el huésped:

«Daos prisa y poned la vela al viento portante.» Al aproximarse ellos, la nube se va partiendo dejando espacio como de una calle, y se adentran en la calina, abriéndose en medio un ancho camino.

Ellos confían más todavía en su guía, por haberles apartado una nube tan extensa y espesa, ahora amontonada a ambos lados.

Tres días navegan velozmente, siguiendo el camino seguro, y al cuarto, con gran gozo, salen de la calina los peregrinos.

De la nube han salido, y ya el Paraíso van divisando: al principio sólo ven una muralla que se alza hasta las nubes. No tenía ni almenas, ni voladizo, ni barbacana, ni atalaya alguna. Por la luz deslumbradora de esa muralla, más blanca que todas las nieves, ninguno de los viajeros puede distinguir con qué materia está edificada realmente: el rey soberano fue su arquitecto.

Era toda ella de una pieza, sin tajo ni talla -porque fue construida sin trabajo alguno-, pero destellaban las piedras preciosas, engastadas en toda la pared: exquisitos crisolitos, allí prendidos, como gotas de oro. Queda la muralla como encendida, abrasada con amarillo topacio, verde crisoprasa, ónices, rubíes, ágatas y esmeraldas; en sus aristas relucen jaspes con amatistas, y el rubí da su brillo al cristal y al berilo: el uno lo comunica al otro y gran destello se intercambian, resaltándose los colores -¡qué ingenioso sería su artífice!

Altas son las montañas de duro mármol, a donde la mar desde lejos llega golpeando, y coronando el monte marmóreo está otra montaña, toda de oro fino; encima se alza la muralla que rodea las flores del Paraíso: así es el recinto, tan elevado, donde habríamos de morar.

Van derecho hacia la puerta, pero la entrada está protegida, guardada por dragones, que echan llamas de fuego. Justo encima de la misma, una espada está colgada -¡insensato quien no la tema!- la guarda, hacia abajo, el pomo, por arriba; no es extraño que tengan miedo, porque cuelga girando en el vacío y su sola vista aturde: ni hierro, ni roca, ni diamante pueden escapar a su hoja.

Pronto ven a un doncel de extraordinaria belleza que avanza a su encuentro. Aquel doncel es mensajero divino y les dice que se vayan acercando a la orilla. Ellos arriban y les viene a recibir el doncel, que a todos va llamando por su nombre.

Luego el doncel ha besado suavemente a todos los hermanos, y ha amansado a los dragones: les hace tumbarse contra el suelo, muy humildemente y sin dar guerra, y llama a un ángel al que manda sujetar la espada: ya queda abierta la entrada, y todos penetran en la gloria certera. Por delante va el doncel, en cuya compañía se adentran en el Paraíso.

De hermosos bosques y ríos ven colmada aquella tierra. Los prados son verdaderos jardines, floridos con perenne hermosura -como en santas moradas, las flores exhalan dulces fragancias-, con árboles espléndidos, preciosas flores y frutas de deliciosos perfumes. Ni cardos, ni zarzales, ni ortigas pueden prosperar: entre los árboles y las plantas no hay nada que no difunda dulzura.

Árboles y flores a diario crecen y dan sus frutos, sin que les retrasen las estaciones: allí cada día reina un suave verano, cada día florecen los árboles y se van cargando de fruta, cada día están los bosques repletos de venado, y todos los ríos, de sabroso pescado. Fluyen ríos de leche y todo derrama abundancia. Con el rocío caído del cielo, manan mieles de los juncales. Como si fuera un inmenso tesoro, se alza una montaña, toda ella derroche de oro y piedras preciosas. Allí brilla el sol con eterno esplendor, porque al aire no llega ninguna nube que al sol robe claridad y ni vientos ni brisas remueven el cabello.

Quien allí habite no padecerá ninguna pena, ni conocerá ninguna cosa hostil: ni galerna, ni calor, ni frío, ni congoja, ni hambre, ni sed, ni penuria. Tendrá tal abundancia de riquezas que sobrepasarán su apetencia; tampoco las podrá perder porque son seguras, y las tendrá dispuestas a diario.

Brandán se entretiene con tanto gozo que la horita le sabe a muy poco: para seguir viéndolo todo, largo rato hubiera querido quedarse allí...

Muy adentro del paraíso le ha llevado el doncel, para irle enseñando muchas cosas: así le va describiendo y comentando cada placer de los que ha de gozar.

Delante va el doncel, detrás el abad, caminando hasta una alta montaña cubierta de cipreses: de allí contemplan maravillas que no podrían describir. A los ángeles están viendo, y oyendo también cómo festejan su llegada y les acogen con alegría; escuchan sus hermosas melodías, pero ya no pueden resistirlo más: su naturaleza les impide captar y comprender tan inmensa gloria. Entonces les dice el doncel:

«Volvámonos, que más adelante no os he de llevar; más allá no os está permitido adentraros, porque de estas cosas todavía poco sabéis.

»Brandán, tú ya estás viendo ese Paraíso que a Dios tanto suplicaste. Aquí no termina la gloria paradisíaca: tantas maravillas como has visto, y cien mil veces tanto, hay más allá, pero de ello no sabrás más por ahora, hasta que aquí vuelvas: esta vez con el cuerpo viniste, dentro de poco con el alma has de volver. Ahora ¡vuélvete! Sí, debes retornar y has de esperar a la hora de tu juicio.

»Lleva contigo algunas de esas piedras preciosas, como prendas, que te han de dar solaz.»

Después de decir estas palabras se marchó y volvió con las piedras preciosas, como prendas para el viaje de retorno.

De Dios y de los amados santos del Paraíso ha tomado Brandán licencia para despedirse. El doncel ha llevado a los viajeros hasta la nave donde todos han entrado, y ha hecho sobre ellos la señal de la cruz.

Enseguida han izado la vela y fue justo cuando, de repente, desapareció su huésped santo: el Paraíso le pertenecía como justo feudo.

Zarpan alegremente los viajeros, y como no les retiene ningún viento contrario, por la inmensa virtud divina en tres meses llegan a Irlanda.

Ya por todo el país va corriendo la noticia que Brandán ha vuelto del Paraíso. No sólo sus parientes salen a recibir a los viajeros, sino toda la gente de la comunidad. Todos se alegran, pero sobre todo los queridos hermanos, por volver a tener a su dulce padre.

Éste les va contando a menudo cómo fue su aventura, dónde disfrutaron con gozo, dónde pasaron aprieto, y les explica también cómo, en cuanto les hizo falta, encontró ya dispuesto y a punto todo cuanto a Dios pidiera; esto y más cosas, todo les fue contando, y cómo al fin encontró lo que había ido buscando.

A santos llegaron algunos de aquella comunidad, por la virtud que en él vieron: mientras Brandán se quedó viviendo en el siglo, a muchos fue ganando a la bondad divina. Cuando llegó la hora de su muerte volvió al lugar que Dios le tenía destinado: se fue al reino de Dios, a donde, gracias a él, van muchos miles.

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