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De sangre real e irlandés de nacimiento era aquel santo, elegido de Dios, que siendo de reyes su linaje, iba destinado a algún noble fin, pero pronto hubo de entender lo que dice la Biblia:

«El que de este mundo rehuya el deleite, con Dios gozará de las delicias del jardín celeste, del que tan colmado ha de quedar, que no le apetecerá ningún otro deseo.»

Con esta certeza, abandonó aquel real heredero las falsas riquezas por otros bienes más verdaderos: se vistió de monje, quedando desposeído de bienes terrenales, arrojado del mundo, como al exilio.

Entró en la orden y tomó los hábitos. Luego, pese a su voluntad, le eligieron abad. Por arte suyo, muchos acudieron allí, para observar fielmente la regla: bajo su mando tenía Brandán el piadoso, en distintos lugares santos, tres mil monjes que en todo seguían su ejemplo: tan extendida era la fama de su virtud.

El abad Brandán, que era hombre de honda inteligencia y juicio muy prudente y ponderado, comenzó a pensar en cierto proyecto, y, con el fervor del que tiene fe, no cesaba de rogar a Dios, por él y por todo su linaje, por los muertos y los vivos -porque él de todos era amigo-, y empezó a desear algo por lo que rezaba a Dios con frecuencia: que tuviera a bien mostrarle aquel paraíso donde Adán estuvo sentado el primero, aquel patrimonio nuestro, del que fuimos desheredados; ya que si bien creía naturalmente que allí estaba la suprema gloria -tal como nos dice la Escritura-, sin embargo, quisiera ver dónde habría tenido derecho a sentarse si Adán no hubiese transgredido la ley; con lo cual no sólo se quedó fuera él, sino también nosotros.

Entonces se puso a rogar a Dios con insistencia, para que el cielo le mostrara de forma tangible, porque antes de su muerte él quisiera saber qué morada corresponderá a los buenos, qué lugar habrán de ocupar los malos, qué premio o castigo recibirán todos.

También le pide que le dejara ver el infierno y qué clase de tormentos padecerán allí estos felones orgullosos, que aquí, en este mundo, se lanzan con todo el atrevimiento a guerrear contra Dios y la ley, y no tienen amor ni fe, siquiera entre ellos mismos.

Quiere ahora Brandán poner a prueba aquel anhelo divino que le apremia. Reflexiona primero, y luego decide ir a confesar su propósito a un siervo de Dios: Barinto se llamaba aquel ermitaño, que llevaba una vida de santidad y virtuosas costumbres. Vivía en el bosque aquel vasallo de Dios y con él tenía trescientos monjes.

Brandán quiere recibir su apoyo, y así se marcha a recabar su opinión, para luego seguir su consejo.

Varios días le estuvo instruyendo aquel ermitaño de los hermosos hechos ejemplares que había experimentado, tanto en el mar como en la tierra, cuando fue en busca de su ahijado, que se llamaba Mernoc, y era hermano del lugar de donde Brandán era abad.

A Mernoc le entró un inmenso deseo de marcharse a otra parte, a un sitio más alejado. Gracias al abad su padrino, se lanzó a la mar, y no fue vana la aventura, porque llegó hasta, ese mismísimo lugar, donde no penetra nadie, salvo los santos: fue en el mar, en una isla, donde no azota ninguna cellisca, donde quedó colmado de este perfume, que sólo exhalan las flores del paraíso.

Tanto se aproximó Barinto a la isla donde Mernoc había arribado, que llegó a ver el paraíso, y hasta llegó a oír a los ángeles. Al ir en su busca hasta aquel lugar vio todas esas maravillas que fue contando luego a Brandán.

Después de oír Brandán el relato de lo que había visto Barinto, todavía cree más en su sabiduría y, siguiendo sus consejos, decide emprender los preparativos de su viaje.

Elige a catorce de sus monjes -los que juzga mejores- y les confía su proyecto: quiere recoger su opinión, saber si ellos creen en tal empresa.

Después de escuchar lo que él les contó se pusieron a comentarlo de dos en dos. Luego se reunió toda la comunidad, y le respondieron, rogándole que emprendiese tan valiente aventura, y suplicándole que les llevara consigo, como a sus hijos afianzados en la fe.

Les respondió Brandán:

«Esto precisamente tengo que deciros: que quiero estar bien seguro de vosotros antes de que os saque de aquí, no vaya a ser que tenga que arrepentirme luego.»

Pero aquellos hermanos juran su compromiso, e insisten que por ellos no se demore el viaje. Entonces, tras escuchar sus razones, coge el abad a los que ha elegido y los lleva a la sala capitular. Allí les habla como hombre de gran sabiduría y prudencia:

«Señorías, lo que estamos proyectando, ignoramos cuán difícil resultará, pero roguemos a Dios que nos guíe y nos lleve hasta donde quiera su buen deseo; y, en nombre del Espíritu Santo, hagamos ayuno, para que nos guíe: ayunemos durante cuarenta días, tres veces por semana.»

Nadie se demora entonces en cumplir lo que les encarga, ni el abad, día y noche, cesa en sus oraciones, rogando a Dios que envíe a los viajeros, a todo lo largo del camino, la compañía de sus ángeles celestiales. En el fondo de su corazón, desea que todo vaya bien, con la certera confianza de que Dios protegerá la aventura.

Luego se va despidiendo de sus hermanos, para quienes él era un padre tierno. Ya les habló de su viaje y de cómo quiere encomendarse a Dios. Deja a todos a cargo del prior, a quien dice cómo debe cuidarles, y a ellos les manda obedecerle y servirle con toda fidelidad, como si de él mismo se tratara. Después les besa Brandán a todos y se marcha. Lloran con honda tristeza los hermanos, porque su padre no quiere llevarse más que a catorce de ellos.

Camina Brandán hacia el océano, donde por Dios supo que había de adentrarse, sin echar nunca atrás la mirada hacia los suyos: un lugar más deseado pretende encontrar.

Siguió andando hasta donde la tierra acaba, sin pensar siquiera en hacer ningún alto en el camino. Llegó hasta la roca, que hoy todavía siguen llamando los campesinos el Salto de Brandán -esta roca brava que allí a lo lejos sobre el océano se extiende como un morro-, y debajo del morro había un puerto, justo donde desemboca un río en el mar, pero era pequeño y estrecho, encajado en el acantilado.

Ningún hombre -creo yo- antes de Brandán se aventuró más allá de aquel acantilado.

Hasta allí hizo traer las maderas con que mandó construir su nave, hecha por dentro toda de fustos de abeto y por fuera envuelta en tiras de cuero de buey. Mandó untarla con grasa, para que se deslizase más veloz sobre las aguas.

Dentro puso todos los útiles que creyó necesarios, y tantos como podía soportar la embarcación, y almacenó también los víveres que habían llevado hasta allí; para cuarenta días, no más, eran los alimentos que guardó en la nave.

Luego dijo a los hermanos:

«Subid a bordo y dad gracias a Dios, porque el viento es favorable.»

Van embarcando todos, Brandán el último, cuando en ese preciso momento llegan tres hermanos corriendo sin parar, y se dirigen a Brandán a voz en cuello y haciéndole señas con las manos:

«De tu monasterio hemos salido, en cuanto nos enteramos que estabas aquí. ¡Por favor, déjanos, abad, embarcarnos contigo, y contigo, Señor, navegar por la mar!»

Como él los reconoció, los acogió en la nave. Lo que habrá de ocurrir lo estaba viendo ya, y este porvenir, que él, gracias a la ayuda divina, conoce ya, no se lo oculta, sino que les advierte:

«A dos de vosotros se los llevará Satanás, donde moran Abirón y Datán. El tercero padecerá fuerte tentación, pero Dios le prestará buena ayuda.» Tras aquellas palabras, el abad Brandán, alzando las palmas hacia el cielo, pidió a Dios de todo corazón que guarde de la tormenta a sus vasallos. Luego, con la mano diestra, el santo sacerdote hizo sobre todos ellos la señal de la cruz.

Tan alzando el mástil, van izando la vela y suavemente se hacen a la mar los vasallos del Señor. De Oriente les llega el viento, que les va llevando hacia Occidente. Todo lo conocido van perdiendo de vista, salvo el mar y las nubes.

Por querer apurar el buen viento, no descansan sus fatigados cuerpos, singlando con la vela, sino que se agotan remando, con el deseo de avanzar más aprisa, para ver cuanto antes la meta que tienen delante.

Así estuvieron navegando quince días, hasta que se paró el viento; entonces se asustaron todos los hermanos de que les fallara el viento. Viendo su temor, el abad, a quien nunca falta el valor, les amonesta con estas palabras:

«Poneos bajo mando divino, y que no se asuste nadie. Cuando tengáis viento, con la vela singlad, pero cuando no haya viento, remad entonces.» Ellos se ponen a los remos, echando de menos la gracia divina, porque no saben hacia dónde ir, ni qué cabos deben soltar o tensar, ni como gobernar el timón, ni hacia qué rumbo navegar.

Pasó todo un mes entero sin viento, y sin que soltasen los remos. Cumplieron con gran coraje todos los hermanos, y pudieron con la prueba, sin ningún falló, mientras duraron las vituallas. Pero, al faltarles los víveres, fueron perdiendo fuerza, quedando presos de una gran angustia.

Cuando andan muy necesitados de ayuda, Dios nunca se aleja de sus vasallos: por esto no se debe perder la confianza, y quien emprende el camino de divino encuentro, que se esfuerce todo lo que pueda, que Dios le proveerá de todo cuanto tenga menester.

Una tierra, larga y alta, divisan ahora. El viento les llega sin decaer, y tan agotados están de remar a duras penas, que hasta allí se dejan llevar sin el mínimo esfuerzo.

Pero no encuentran ninguna entrada donde su nave pudiera anclar, porque estaba rodeada de rocas donde nadie se atreviera a subir.

Altos son los acantilados, alzando sus crestas, colgados encima del mar, extendidos hacia la lejanía. Rompen las olas contra las rocas, que han ido horadando, y resulta un lugar muy peligroso.

A barlovento, a sotavento, anduvieron en busca de un puerto, y estuvieron tres días buscándolo, hasta encontrar uno, donde echaron el ancla. Aquel puerto había sido tallado en la misma caliza blanquecina del acantilado, quedando en la pálida roca un refugio donde sólo cabía una nave.

Dejan amarrada la nave, desembarcan todos y van siguiendo un camino, que les lleva a buen lugar: conduce derecho a un castillo, tan grande, tan hermoso y lleno de riquezas, que parecía residencia real o riquísimo feudo de algún emperador.

Al penetrar dentro de las murallas, todas talladas en duro cristal, ven un palacio, cuyas mansiones estaban todas edificadas con mármol; ninguna estaba hecha de vulgar madera.

Deslumbrados quedaron por las piedras preciosas, engastadas con oro en las paredes, pero una cosa singular les desagradó y es que en aquella ciudad no había ni un sólo hombre.

Van mirando desde fuera el altivo palacio, y despacio se adentran en él con sigilo.

Ya ha entrado Brandán en una sala palaciega y se ha sentado en un banco. A nadie ha visto, aparte de los suyos, y ahora empieza a hablar con ellos y les dice:

«Id a ver aquellas cocinas y buscad si allí hay algo de lo que nos es menester.»

Ellos fueron y justo hallaron lo que más les apetecía, es decir, provisiones de viandas y gran abundancia de bebidas, servidas en vajilla de oro y plata, preciosa toda ella y muy valiosa. Así encuentran en abundancia todo lo que querían, precisamente en el lugar donde han entrado.

Les dijo el abad:

«Traednos algo, pero no cojáis demasiado, os lo prohibo, y que cada uno ruegue a Dios, para no faltar a su fe.»

Con estas palabras, el abad había querido hacer a los hermanos una advertencia, porque bien sabía lo que había de ocurrir.

Entonces van trayendo ellos bastantes viandas, pero sin prestarse a ningún desarreglo: comieron a gusto cuanto quisieron, pero lo justo, a la medida del hambre.

No se olvidan de alabar a Dios y cantan acciones de gracias. Luego se toman la libertad de hospedarse allí, y, como ha llegado la hora, se van a descansar.

Cuando todos los viajeros se encontraban dormidos, he aquí que de repente Satanás sedujo a uno de ellos, infundiéndole el deseo de coger a hurtadillas alguna pieza de oro, entre todo aquello que allí había visto amontonado.

Despierto el abad, estaba viendo perfectamente cómo el diablo iba induciendo a aquél en la tentación, cómo le iba ofreciendo un grial de oro, de una riqueza extraordinaria, como no la hay en ningún tesoro. Se levantó aquél para cogerlo y lo guardó furtivamente en un arca. Una vez cometido el hurto, volvió a acostarse en el aposento.

Todo había visto el abad desde el lecho donde descansaba: por más que quedase todo a oscuras, él había seguido aquellas andanzas nocharniegas del hermano (sin candil todo lo había visto, porque, cuando Dios algo quiere mostrar, no necesita iluminarlo con un cirio).

Allí se hospedaron durante tres días, y al cuarto se marcharon. Entonces les exhortó Brandán:

«Queridos señores, os lo ruego, de aquí no os llevéis nada, ¡ni una miga de esas viandas, ni siquiera agua para la sed!»

Y rompiendo a llorar, les dijo a los hermanos: «Mirad, señores, ¡éste es un ladrón!» Aquél se dio cuenta que Brandán sabía lo del hurto y le había reconocido. Entonces se decide a confesarlo todo, y a los pies del abad espera el perdón.

Les dice su abad:

«Rezad por él, porque hoy mismo habéis de verle morir.»

De repente, justo delante de todos, perfectamente visible, sale el diablo gritando:

«Vamos, Brandán, ¿se puede saber por qué me echas de mi casa?»

Brandán va diciendo al hermano todo lo que quiere, le concede el perdón y le absuelve. Justo después de recibir la comunión, delante de todos, le sobreviene la muerte.

Su alma se va al paraíso, con el sosiego que Dios le ha concedido. A su cuerpo dieron sepultura, rogando a Dios le tenga en su guarda.

Esto fue justamente lo que pasó con uno de aquellos tres compañeros, a los que el padre había acogido en la nave.

Volvieron los viajeros hacia la orilla y el puerto. Allí mismo les llega de pronto un mensajero; él les trae pan y bebida y les ruega que acepten estos dones. Después les advierte:

«Cualquier peligro que veáis, seguid confiados; cualquier cosa que surja, no tengáis miedo: Dios os dará feliz destino, y gracias a la bondad divina habéis de ver aquello que vais buscando. En cuanto a los víveres, no os asustéis por no tener bastante aquí ahora: no os faltarán en cuanto lleguéis a aquel lugar, donde más habéis de recibir.»

Les entrega entonces los víveres, y, saludándoles con una profunda reverencia, se marcha sin añadir palabra.

Ahora es cuando se dan cuenta los servidores de Dios que ellos viajan por mandato divino; ya lo han comprobado con toda certeza, gracias a ese milagro que acaban de presenciar: ellos han descubierto que es Dios quien provee a su alimento, y nadie cesa en sus alabanzas.

Singlan con el viento, bogan adelante, siempre acompañados con escolta divina.

Gran parte del año llevaban navegando y aguantando terribles sufrimientos con milagrosa energía, cuando de pronto ven tierra delante de su esperanza. En cuanto empiezan a divisarla en la lejanía, rumbo a ella dirigen la nave, y ya nadie boga lentamente; sueltan cabos, arrían velas, arriban y saltan a tierra.

Ante sus Ojos, ovejas a manadas, cada una con su blanco vellocino, de un tamaño tan grande como los ciervos por nuestras landas.

El abad les explica:

«Señores, de aquí no nos moveremos hasta dentro de tres días. El jueves es el día de la cena en que el Hijo de Dios sufrió gran pena. Él es para nosotros un dulce amigo, atento y cariñoso, que generosamente nos ha mandado todo lo preciso para celebrar su fiesta. Id arrastrando la nave, para traerla hasta aquí, y coged una de esas ovejas: la aderezaréis el día de Pascua. Pidamos a Dios nos dé para ello licencia, porque nosotros no podemos encontrar otra cosa.» Ellos han hecho lo que les mandó y se quedan allí tres días. El sábado ya les llega un mensajero, que les saluda en nombre de Dios.

Aquel mensajero tenía el pelo canoso, pero juvenil la mirada. Muchos años llevaba viviendo allí, sin padecer mal ninguno. Pan les trae de su país, una blanquísima hogaza de un pan finísimo, y les promete que, si alguna cosa les hiciese falta, de todo les proveerá.

El abad le preguntó sobre aquel lugar. Yo no sé si por no atreverse, pero su primera contestación fue muy parca, y sólo le dijo:

«Bastante tenemos si sabemos pensar con el corazón.»

«Olga -insistió el abad-, unas ovejas hay aquí como yo no he visto tan grandes en ninguna parte.» Entonces le contesta el otro:

«No es extraño: a estas ovejitas no hay que ordeñarlas nunca; ni el invierno las castiga, ni enferma ni muere ninguna.

»Hacia aquella isla que ves allí, embárcate, Brandán, y singla. Esta misma noche llegarás a aquella isla, y allí mañana celebrarás tu fiesta. Mañana al anochecer habéis de volver. ¿Por qué tan pronto? Ya lo veréis. Luego regresaréis, y sin exponemos al peligro, navegaréis dando bordadas, muy arrimados a la costa. Luego, a otro lugar habéis de ir, donde yo iré también y os alcanzaré, muy cerca de aquí; allí iré a vuestro encuentro, para abastecemos con suficientes víveres.»

Sin llevarle la contraria, Brandán emprende singladura hacia la isla, que divisa perfectamente.

Como le llevaba viento favorable, llegó pronto, pese a haber tenido que atravesar un mar muy extenso: así camina el que Dios lleva.

Sin pasar apuro ni tropezar con ningún escollo arriban a tierra y desembarcan todos los hermanos, salvo el abad, que se quedaría a bordo.

Por la noche y por la mañana estuvieron celebrando un hermoso oficio, lleno de fervor, y después de servir el oficio en la nave, como si de una iglesia se tratara, cogieron, para guisarla, la carne que habían guardado en el barco, y luego fueron a buscar unas leñas con que asarla a tierra.

Cuando estuvo aderezada la comida, les avisó el veedor:

«Ahora, sentaos.»

Entonces, de pronto, todos se pusieron a dar gritos:

«¡Ah, señor abad! ¡Venga a salvarnos!»

Y es que la tierra toda temblaba y se iba alejando mucho de la nave.

El abad les habla:

«No temáis, sino pedidle auxilio al Señor. Coged todas nuestras provisiones y subid al barco a mi lado.»

Él les tira una pértiga y cuerdas muy largas, pero aún así se les moja la ropa.

Todos los viajeros ya han embarcado, pero aprisa va su isla desapareciendo, aunque a diez leguas pueden divisar con toda nitidez el fuego que habían encendido en ella. Fue cuando Brandán les dijo:

«¿Sabéis, hermanos, por qué habéis pasado tanto miedo? Es que hemos celebrado nuestra fiesta no encima de tierra firme, sino en el lomo de una bestia, un pez de mar, y de los más grandes. No os extrañe esto, señores: Dios os quiere llevar de tal modo que os enseñe todo lo habido y por haber, y cuantas más maravillas suyas veáis, más fe tendréis luego, más firmemente creeréis y temeréis y mejor seguiréis sus mandamientos.

»Esta bestia fue creada por el rey divino, en primer lugar, antes que los demás peces del mar.»

Cuando Brandán hubo terminado de hablar, ya llevaban recorrido un buen trecho de mar. Una tierra, alta y clara, ven entonces, tal como se lo había anunciado aquel mensajero.

Pronto llegan y arriban, sin buscar otra entrada para desembarcar, y sin que les asalte ninguna duda empujan el barco hacia tierra, y desde la orilla, con cuerdas, despacio lo van arrastrando, para remontar el curso de un riachuelo.

En las fuentes de aquel río había un árbol, tan blanco como el mármol, de anchísimas hojas, moteadas de rojiblanco. Tan alto ante la vista se alza aquel árbol que parece subir por encima de las nubes. Desde la copa hasta la tierra, desparramadas están sus ramas, que amplias se abren al aire. Llega lejos su sombra, que del resplandor protege, en toda su fronda se asientan blancos pájaros, como nadie nunca vio tan bellos.

Ante tal maravilla, queda sorprendido el abad, y ruega a Dios, su consejero, que le aclare de qué se trata, a qué se debe tal cantidad de pájaros, cuál puede ser este lugar a donde han venido a parar: que todo esto tenga la bondad de explicárselo.

Cuando hubo terminado su oración voló hacia él uno de los pájaros; sus alas revoloteaban tan suavemente como el tintinear de una campanilla; vino a posarse encima de la nave y Brandán le habló con gran dulzura:

«Si tú eres criatura divina, te ruego que cuides de mis días. Dime primero quién eres, y qué hacéis en ese lugar, tú y todos aquellos pájaros de tan extraordinaria belleza.»

Le responde el pájaro:

«Somos ángeles, y antaño en el cielo habitábamos. De tan alta morada, hemos caído tan bajo, junto con el orgulloso, con el miserable, que se rebeló por soberbia, que en mala hora se alzó contra su Señor. Nos había sido asignado como maestro: nos tenía que haber sustentado con virtudes divinas, pues tan grande era su sabiduría, que de servirnos de maestro tenía obligación. Por soberbia, aquél se volvió felón, se puso a despreciar la palabra de Dios.

»Aun después de cometer aquel atropello, nosotros le seguimos obedeciendo, y con ello no hicimos otra cosa que comportarnos como servidores. Por aquella conducta, fuimos desheredados del reino de la verdad, pero, como no ocurrió por culpa nuestra, gozamos de cierta gracia divina: no sufrimos la misma pena que los que fueron tan orgullosos como aquél; no padecemos otro sufrimiento que la pérdida de la gloria majestuosa, la ausencia de la alegría divina. El nombre de ese lugar, por el cual has preguntado, es el Paraíso de los Pájaros.» Y siguió diciéndoles el pájaro:

«Un' año hace que las pruebas del mar venís aguantando, y faltan todavía otros seis hasta que al Paraíso lleguéis. Muchas penas y males sufriréis en el océano, rumbo al norte, rumbo al sur, y cada año celebraréis encima del gran pez la fiesta de la Pascua.»

Después de estas palabras volvió a posarse encima del árbol, de donde había volado.

Hacia el atardecer, cuando empieza la luz a declinar, los pájaros forman un coro. Cantando con voces muy dulces, dan gracias a Dios con su canto, por el gran sosiego que en su exilio les han aportado estos viajeros: nunca hasta aquel día les había enviado el Rey soberano compañía de criaturas humanas.

Dijo luego el abad a los hermanos:

«Ya habéis oído con qué gozo aquellos ángeles nos han acogido. Alabad a Dios y dadle gracias: os quiere más de lo que pensáis.»

Dejando el barco amarrado en el canal, se ponen a comer en la orilla. Luego cantan el oficio vespertino con preciosas melodías. Después se tumban en sus lechos y a Jesús se encomiendan. Duermen con el sueño profundo del que está agotado tras afrontar tantos peligros. Sin embargo, antes del alba, con el canto del gallo, no dejan de celebrar maitines, y a sus responsos se mezcla con sus modulaciones el coro de los pájaros.

Con el primer sol de la clara madrugada han visto llegar al vasallo de Dios. Aquél, que les va guiando e instruyendo, que les provee con víveres, les ha dicho:

«Os encontraré abundante vitualla, que os bastará sin apretura, hasta la octava de Pentecostés. Luego descansaréis de vuestras fatigas, quedándoos aquí alrededor de dos meses.»

Luego se despidió y se marchó, y al tercer día reapareció. Todos los días de la semana aquél visitaba dos veces a la compañía. Ellos se pusieron bajo su mando e hicieron todo cuanto les dijo.

Al acercarse el momento de su salida se preocupan de calafatear el barco, cosiendo todo alrededor pieles de bueyes, pues las que tenía todas se habían gastado. Bastantes y de sobra les quedan para poder reparar el barco entero. También se abastecen de todo en abundancia, para no perecer a falta de algo. El mensajero les va entregando pan y bebida, por encima de sus necesidades: él ha contado todo como para ocho meses enteros, y ya no puede resistir más carga la embarcación.

Cuando todos se han despedido de su huésped con un beso, van subiendo a bordo. Con lágrimas en los ojos, aquél les señala el rumbo hacia donde han de navegar.

De pronto el pájaro se ha posado en el mástil y le dice a Brandán que se haga a la mar ya. Le advierte que le espera largo recorrido, que tendrá que soportar duras pruebas, y ocho meses enteros habrán de esperar, para poder tocar puerto, antes de llegar a la isla de Albea, donde habrán de estar para la Navidad.

En cuanto terminó de hablar empezó inmediatamente a avanzar sola la barca, veloz bajo el viento.

Van bogando los viajeros con rápida singladura, agradeciéndole a Dios tan buen viento.

Va cogiendo fuerza el viento, y muy a menudo temen los viajeros al peligro de la tormenta. Al cabo de cuatro meses divisan una tierra, pero conquistarla les va a ser dura empresa.

Al sexto mes, sin embargo, vieron cerca el fin de tanta dificultad. Allí arriban, pero siguen todavía sin encontrar ninguna entrada. Durante cuarenta días dan vueltas bordeando antes de poder refugiarse en algún puerto, porque ante ellos sólo se alzan rocas y altas montañas. Algo más tarde encuentran un hueco, un estuario, que les va a servir de puerto. Van navegando ría arriba y despacio, porque todos están agotados.

Luego les dice el abad:

«Desembarquemos y busquemos todo cuanto necesitan nuestros cuerpos.»

De uno en uno, el abad con sus compañeros, todos van saliendo.

De pronto encuentran una fuente de dos manantiales, de agua clara el uno, turbia el otro, y corren hasta allí, sedientos. Les advierte el abad:

«Deteneos, os prohibo correr a beber de ese agua, antes de que hayamos hablado con gente de este lugar. No sabemos de qué naturaleza es el agua de los manantiales que hemos descubierto.»

Con estas palabras del abad se asustan y van refrenando su sed acuciante.

De pronto acude corriendo con mucha prisa un anciano, de muy alta estatura. De no haber sido por su hábito -pues de un monje se trataba- se hubiesen asustado, pero él, sin mediar palabra, se deja caer a los pies de Brandán, que le ayuda a levantarse. El anciano saluda con una profunda y humilde reverencia, y empieza a dar abrazos al abad y a todos; luego le coge a Brandán por la diestra, para llevarle, haciendo señas a los demás, como para que vengan y le sigan, para visitar un lugar digno de verse.

Al caminar, el abad le ha preguntado cuál puede ser ese sitio a donde han llegado, pero aquél sigue callando y no contesta: sólo les guía con alegre dulzura.

Después de recorrer un largo camino, ven de repente adonde les conduce: una hermosísima y riquísima abadía, como no hay tan santa bajo el cielo.

El prior de aquel lugar manda sacar sus tesoros y reliquias: las cruces, los relicarios y los libros; misales alhajados con amatistas, con piedras preciosas de muchos quilates, todas engastadas con oro; los incensarios de oro macizo e incrustaciones de gemas; las casullas de oro puro -como tan brillante no hay ni en Arabia-, con rubíes y ágatas sardas -enormes y todas de una pieza-, con sus broches, todos rutilantes con jaspes y topacios.

Vistiendo tan brillantes ornamentos, todos los monjes han salido con su abad. Con gran alegría y dulzura desfilan sus señorías en procesión, y de uno en uno, todos se han besado; luego cada uno coge a un huésped de la mano y van llevando hasta la abadía a Brandán y su compañía.

Allí celebran un oficio, hermoso pero aligerado -no querían recargarlo-; luego se van a comer al refectorio, donde todos, salvo el lector, se quedan callados.

Delante suyo tienen todos una sabrosísima hogaza de pan tierno y blanco y unos manjares de suculentas carnes con verduras, todo a saciedad. Toman también una bebida exquisita: una mezcla de agua y vino, endulzada con miel.

Una vez restaurados se levantan y se van, cantando versículos, hacia el monasterio. Suben hasta el coro, cantando los versos del Miserere, todos los hermanos salvo aquellos que han estado sirviendo la mesa: ahora les toca a ellos sentarse en el refectorio.

Después de que tocase la campanilla y que terminasen de cantar, el abad se los lleva afuera y ahora les va hablando sobre los demás y sobre él también, explicándoles quiénes son, cómo y desde cuándo están aquí, de quién y de qué modo reciben víveres, contándoles lo siguiente:

«Aquí estamos unos veinticuatro, que compartimos ese hogar. Hace ochenta años que murió San Albán el peregrino. Él era un hombre muy rico, dotado de un inmenso feudo, pero todo lo abandonó por este lugar. Cuando él se retiró en algún paraje secreto, de pronto se le apareció un mensajero divino, y aquí le trajo, donde edificado encontró ese monasterio, que hoy aquí sigue. Nosotros, cuando nos enteramos, desde distintos sitios, que en este lugar vivía Albán el piadoso, vinimos en nombre de Dios a reunirnos con él, al que mucho hemos querido. Le hemos servido mientras vivió y como prior le hemos obedecido. Después de que nos haya enseñado la regla y nos haya asentado con toda firmeza, Dios se lo llevó a su lado: hace ochenta años que murió.

»Desde entonces Dios nos ha asistido tanto que no nos ha sobrevenido ningún mal, ninguna enfermedad a nuestro cuerpo, ni pena ni amargura. De Dios nos fueron llegando, sin saber cómo, los víveres que tenemos. Aquí nos van trayendo -sin que de ello se encargue ningún mozo, ni veamos a quien nos provee-, pero cada día encontramos preparado, sin tener que pedirle a otra parte, una hogaza de pan para dos, todos los días laborables; los días festivos tengo la mía entera para tomar con la comida, Pues cada uno recibe la suya. De los dos manantiales que habéis visto -de los cuales por poco hubieseis bebido-, fría está la fuente clara, y de ella bebemos, caliente la turbia, y con ella nos lavamos. En las horas en que lo necesitamos recibimos lumbre en nuestras lámparas; para el calor que da este fuego, no se consume ni cera ni aceite: solo se enciende, sólo se apaga, y no tenemos a ningún hermano que lo cuide.

»Aquí vivimos sin desasosiego, ignorando qué es vida dura. Antes de que nos enteráramos de vuestra llegada, Dios quiso que dispusiéramos de alimentos para vosotros, y nos proveyó con el doble que de costumbre: ahora entiendo que era porque quería recibimos.

»Al octavo día de Epifanía saldréis de aquí a primera hora; permaneceréis hasta entonces, pero cuando llegue ese día habréis de marcharos.» Entonces habla Brandán:

«No existe lugar más entrañable donde más a gusto deseara quedarme.»

Contesta el prior:

«Habrás de salir en busca de lo que te hizo dejar tu tierra. Luego volverás a tu país: por eso morirás donde naciste. De aquí saldrás la semana de la octava de Epifanía.»

Cuando llegó el día fijado por el prior, Brandán se fue despidiendo: un monje al otro va llevando, y andando tras el prior, toda la comunidad les acompaña.

Los viajeros se echan a la mar y pronto reciben un viento divino, que les aleja de la isla de Albea.

Mucho tiempo llevan los viajeros recorriendo la mar, con larga singladura, pero sin ver tierra hacia ningún rumbo. Les falla el viento, los víveres les llegan a faltar, crece el hambre y la acuciante sed, y la mar se ha quedado tan quieta y espesa que su navegación se hace muy penosa: se ha vuelto fangosa como una marisma, hasta tal punto que temen estancarse.

Dios les ayuda a salir, gracias a una fuerte brisa, y pronto distinguen la orilla de una tierra -se dan cuenta, los pobres hambrientos, que son muy queridos de Dios-; por eso, enseguida encuentran un puerto, tal como les ha sido destinado.

Justo delante suyo tienen un río claro, lleno de peces, que van cogiendo por centenares. También se toman una bebida de hierbas, cogidas alrededor de la ciénaga. Les advierte el abad:

«No os descuidéis bebiendo demasiado y sin medida.»

Pero aquéllos tomaron hasta saciar su sed, sin dar crédito a sus palabras, y tanto bebieron luego a escondidas que parecían enloquecidos, porque les atacaba el sueño y de golpe se derrumbaban al suelo.

Por haber bebido demasiado, yacía postrado uno un día, otro dos, otro tres días enteros. Brandán iba rezando por sus monjes, a los que veía todos enajenados.

En cuanto recuperaron el sentido, los hermanos se tuvieron por locos del todo.

Les dijo su abad:

«Huyamos de ese lugar, para que no caigáis más en olvido, porque más vale padecer hambre y guardar el honor que olvidarse de invocar al Señor.»

De aquellos parajes se han ido alejando, veinte días navegando en la mar, hasta el Jueves Santo: aquel preciso día distinguió el padre Brandán la misma tierra donde habían desembarcado justo un año antes.

Y allí mismo llega de pronto su huésped, el anciano canoso. Él ya ha dispuesto en el puerto una tienda, donde alojarles, y allí ha bailado a los agotados viajeros y les ha preparado ropa nueva. Después del lavado de pies celebran la cena, tal como manda la Escritura, y se quedan allí hasta el tercer día.

El sábado se marchan y emprenden singladura hacia el pez-isla.

De pronto les dice el abad:

«¡Desembarquemos!»

Y ellos vieron entonces el caldero que habían perdido el año anterior: Gasconia, la bestia, se lo había guardado, y al volver a la misma isla lo han encontrado encima de su lomo.

Más seguros se sienten esta vez, para celebrar encima de la bestia una fiesta más hermosa.

Toda la noche, hasta bien entrada la madrugada, no cesaron de festejar, celebrando el día de Pascua, sin olvidarse de cantar las horas.

Cuando dieron las doce ya habían vuelto a cargar el barco. Despacio y apurando el tiempo suben para embarcarse.

Puso rumbo el santo varón hacia la isla de los pájaros, donde antes habían estado, y llegaron rápidamente.

Ya han divisado el blanco árbol y en sus ramas los pájaros. Desde lejos, en la mar, han venido oyendo cómo les agasajan los pájaros: no cesaron en sus cantos hasta que arribaron los marineros.

Van arrastrando el barco ría arriba, hasta el lugar donde hace ahora un año echaron anclas. Ahí pronto llega su huésped, con la tienda preparada y su nave cargada de víveres. Les va explicando:

«Aquí os vais a quedar alguna temporada. Yo, con vuestra licencia, me despido; vosotros permaneceréis aquí descansando, hasta la octava de Pentecostés. No temáis, no me demoraré, y en cuanto lo necesitéis acudiré en vuestra ayuda.

Dejan el barco amarrado con cadenas, y allí permanecen durante ocho semanas.

Cuando ya se iba acercando el momento de su salida, de repente se ha alzado al aire uno de los pájaros, cernido el vuelo encima de los viajeros, para luego posarse en la verga.

Brandán se ha dado cuenta de que querrá hablarles el mensajero, y manda callar a todos; aquél les va explicando:

«Señorías, cada año de los siete de vuestro viaje, aquí volveréis una temporada. En la isla de Albea permaneceréis para pasar cada Navidad. El lavado de pies y la cena celebraréis donde os mandó vuestro huésped, y en el lomo de la bestia, cada año, festejaréis la Pascua.»

Después de estas palabras volvió a posarse en la cima del árbol, de donde había alzado el vuelo.

En la mar profunda se pone a flote la nave. Cada uno aguarda al huésped, que no ha de tardar: ahí justo llega su barca llena de víveres, abundantes provisiones de mucho valor, que irá descargando de una nave a otra. Luego invoca al Hijo de María para que guarde a esta compañía. Fijan plazo para la vuelta, y al separarse se deshacen en lágrimas.

Benedeit

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