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LA BIBLIA QUEMADA DE BROAD HINTON
David Capra


Se ha dicho, con toda razón, que Wiltshire es uno de los más solitarios condados de Inglaterra.

En el norte está la industrial y no muy atractiva Swindon y, bajando hacia el sur, está la hermosa Salisbury con su inspirada catedral, Pero, entre ambas, se extiende un ancho y escasamente poblado territorio salpicado de monumentos, tales como Stonehenge y Avebury, que promueven su asociación con la historia antigua, Las carreteras y las vías férreas son escasas, las aldeas pocas y alejadas entre si. La tierra parece cobijar aún el largo tiempo transcurrido.

Si usted coge el estrecho camino que conduce al noroeste cruzando las onduladas pendientes desde Malborough, si viaja unas seis millas, encontrará la agradable y pequeña villa de Broad Hinton.

Aparece, como muchas aldeas de Wiltshire, emergiendo de ninguna parte, aunque está, de hecho, no más que a ocho millas del bullicioso complejo de Swindon.

Flay en Broad Hinton una antigua y preciosa iglesia pero, quizá su rasgo más memorable reside en que es la más macabra de todas las iglesias de las ciudades inglesas. Existieron santos cruelmente asesinados en catedrales, incluso considerables batallas se libraron dentro de algunos templos escoceses, pero la iglesia común de cualquier pueblo inglés tiene sus tranquilos festivales religiosos, sus bautismos, bodas, funerales, con el tan pequeño como ocasional drama de alguien que objeta en alta voz -luego que las amonestaciones para casamiento han sido dichas- que sí, que considera que hay una "justa causa e impedimento" que podría hacer de esa boda un acto pecaminoso.

Para la mayor parte de las poblaciones como Board Hinton, esta clase de drama es casi el único suceso desagradable que puede tener lugar en la iglesia.

Pero dentro de la antigua iglesia de esa aldea hay una estatua. Es en sí misma, inusual porque, a pesar de que hay muchos bronces, representaciones en bronce de grandes santos, hombres o mujeres, colocadas en su pedestal, no hay muchas estatuas que hagan fijar la vista con asombro.

La estatua de Sir Thomas Wroughton es una de éstas.

Ha soportado los estragos del tiempo desde el siglo XVI notablemente bien y uno se da cuenta inmediatamente de que su espantosa deformidad fue la que sufrió en vida y que ha sido cuidadosa y exactamente reproducida. Porque sir Thomas no tiene manos.

En cualquier otro sentido, tiene el aspecto de un espléndido y erguido caballero, pero sus manos son sólo un par de muñones.

Detrás de la escultura hay una historia, una horripilante y extraña historia que nos cuenta el porqué de la deformidad del galante caballero.

Y, si usted lo requiere, le será permitido verla otra, superviviente mitad del relato: una abultada y mal quemada Biblia.

¿Acaso este buen hombre rescató el libro de las llamas y, en tal acción, hubo de quemarse las manos? Esta parece la explicación más lógica y, si fuera cierta, haría de sir Thomas un hombre muy bravo. O ¿acaso Satanás mismo desató el fuego mientras sir Thomas estaba leyendo el libro santo y los quemó a ambos?

Ninguna de las dos explicaciones es la correcta. Los archivos de la parroquia relatan una inverosímil pero cierta historia acerca de cómo sucedió aquello.

Sir Thomas era altamente respetado, si bien que un poco temido, durante aquellos primeros años del quinientos en que vivió. Era un absolutamente intrépido cazador que solía cargar con sus perros sobre un venado hasta acosarlo, armado únicamente con una delgada lanza, o en ocasiones desmontaba para atacar hasta a tres lobos al mismo tiempo, antes de que le dañaran a su precioso caballo. En cuanto a los hombres, se rumoreaba que había matado a más de un centenar en combates personales.

Una razón para este "personal combate" con la muerte, tan disculpada durante la Edad Media, puede haber sido el fogoso temperamento de sir Thomas Wroughton. Era renombrado, admirado, despreciado y temido por esto y ni siquiera dos personas del vecindario parecían compartir una misma opinión sobre él. Hoy en día, le llamaríamos, probablemente, un fanfarrón con coraje y con un corazón de oro, porque hay momentos de su vida en que demostraron su gran bondad hacia hombres y mujeres en problemas.

Como a menudo sucede, el fanfarrón encuentra y desposa a alguien ante quien pueda fanfarronear para propia satisfacción. La joven y bella dama de lejanos lugares (quizá tanto como de cincuenta millas distante) que sucumbió a sus encantos era tranquila, amante del hogar y profundamente religiosa. Una persona a quien nunca se escuchó levantar la voz. Le premió con cuatro hermosos niños: sólo para hacer que su propia devoción matrimonial para con el vil temperamento de su marido, les convirtiera en cuatro lisiados.

Esto es lo que sucedió, y los profundamente religiosos hombres y mujeres de Broad Hinton le contarán la historia con un estremecimiento.

Era un frío día de invierno aquel 16 de enero de 1541, pero sir Thomas no pudo resistir su pasión por la caza. (Corría el rumor de que si él fallaba en el encuentro con un ciervo, zorro, lobo o cualquier otra presa, atravesaría al primer campesino que encontrara durante el viaje de regreso.) Hoy había estado afortunado y un gran ciervo yacía sujeto, atravesado en la parte trasera de su caballo. Estaba contento consigo mismo y al mismo tiempo se complacía pensando con anticipación en la comida que su esposa prepararía. Para sir Thomas no había en toda la región una cocinera digna de preparar su comida y la de su familia: él deseaba la comida de su esposa y, no obstante lo mucho que ella pudiera gustar de la lectura o de las labores en tapicería, la obligación que recaía en ella era la de cocinar todas las comidas para los miembros de la familia y tenerlas siempre lisa tiempo.

Eso era muy poco razonable, porque sir Thomas salía temprano a cazar y sucedía que se ponía hambriento, esperando ansiosamente encontrar la comida lista o, al menos, cocida: esto ocurría dos horas antes de que la comida estuviera hecha.

Con grandes trancos entró en el gran salón central donde la comida se hacía en una esquina, sobre un fuego inmenso y vio con asombro que nada había allí, nada estaba siendo guisado. Maldiciendo se acercó al fuego y vio una gran pierna de venado dispuesta en una loza de piedra, esperando ser guisada. Había también vegetales, pero nada, ni por asomo, estaba siendo preparado.

Luego, sus ojos recorrieron la oscura y enorme sala, con sus minúsculas ventanas y unos pocos candelabros alumbrando en la sombra. Y notó -como debería haberlo hecho antes que Lady Wroughton estaba sentada a cierta distancia del gran fuego, leyendo a la luz de uno de los candelabros.

-Bien, mujer -rugió- ¿Donde está mi comida? ¿Donde está nuestra comida?

Cuidadosamente, ella puso el libro en el piso, a su lado, y sonrió dulcemente con esa inocente sonrisa por la cual había sido bien conocida y amada.

-Pero Thomas, faltan aún mucho más de dos horas para la hora de comer.

-Tonterías. Tú mientes y mi estómago nunca lo hace. Mi barriga me dice que es hora de comer y aún estás ahí sentada, ni siquiera has comenzado a preparar mi asado.

-Si me hubieras dicho, Thomas, que querías comer temprano, te lo hubiera preparado antes.

Pero no lo hiciste. Y los niños están fuera, esperando volver y encontrar su comida lista, también.

Pero dentro de dos horas, a las seis. Estoy casi por empezar y lo haré ahora mismo, pero mucho me temo que llevará dos horas cocinar el venado y las verduras. A ti no te gusta la carne cocida a medias.

-Maldita seas, mujer. Mi estómago clama por comida. Prepárala ahora, te digo, prepárala ahora.

-Muy bien, entonces -Lady Wroughton se levantó pacientemente y se acercó a la mesa de piedra donde estaba la pierna de venado.

-¿Cuál es el endemoniado libro que estabas leyendo cuando debías haber estado ocupada en tus obligaciones de esposa?

-No uses ese lenguaje, Thomas. Y mucho me nos respecto de ese libro. Es el Libro Sagrado. Y pienso que no te haría ningún daño leer unas pocas páginas de vez en cuando.

- ¿Qué dices! ¿Cómo te atreves a hacerme tal sugestión? Como si yo fuera un niño haragán.

-Me atrevo, Thomas.

-Por Dios, mujer, te mostraré lo que hago.

Y de un tranco el furioso cazador estuvo en el sombrío rincón donde su mujer había estado leyendo. Sus fuertes manos apretaron la Biblia familiar y la levantaron sobre su cabeza, como un excursionista blandiendo su hacha. Arrojó el libro derecho hacia la enorme chimenea donde gruesos troncos ardían crepitantes.

Su esposa sollozaba.

-Quédate tranquila. Quizás, esto te ayudará a preparar la comida para un hombre honesto.

-Eres un estúpido blasfemo- Lady Wroughton se arrodilló en el suelo e introdujo sus manos en lo profundo del fuego hasta el codo y más también. Había, quizás, un metro entre el frente del hogar y su fondo (y bastante más que de uno a otro) y el buen Sir Thomas había arrojado el libro a una distancia considerable. Estaba encajado debajo de un leño y la dama luchaba con él. Su esposo vio que el borde de su vestido se prendía y consumía. Afortunadamente, la tela dejó de arder en las mangas, porque de otro modo Lady Wroughton hubiera estado en un infierno de terciopelo, encaje y carne.

Por último, Sir Thomas, advirtiendo la debilidad y bajeza de su acción, se hincó de rodillas en el suelo para ayudar a su esposa, Pero era demasiado tarde, su acción no era necesaria; de alguna manera ella ya había sacado el pesado volumen del fuego. Estaba muy quemada, terriblemente quemada en los brazos y algo en la cara, pero era el libro lo que a ella le importaba. Estaba humeante.

-Trae agua -gritó entre sollozos- iOh, por favor! trae agua.

Sir Thomas, que apenas si había entendido trabajosamente sus palabras, se volvió cruzando el gran salón donde estaba siempre una vasija con agua. De otra zancada regresó junto a su esposa echándole agua sobre sus brazos quemados.

-No, Thomas, ino! El libro, míralo, está humeando.

Y Sir Thomas empapó entonces la Biblia hasta que la misma se convirtió en una masa negra y mojada. Pero, milagrosamente, sólo las tapas parecían medio quemadas y la Sagrada Escritura, aun que empapada como si el demonio hubiera arrojado sobre ella un fiero salivazo, estaba apenas dañada. Y la mojadura era fácil de solucionar.

Sir Thomas era ahora todo bondad y humildad -genuinas bondad y humildad- porque como hemos hecho notar desde el principio, era casi tan famoso por estas virtudes como por los menos atractivos atributos de temperamental cazador y guerrero. Amorosamente, lavó los brazos quemados de su esposa, mientras ella gemía de dolor y, luego, después de enviar a un sirviente a por ropas en condiciones, la vendó cariñosamente.

Una cosa estaba clara para ambos. Lady Wroughton había guisado su último plato por varias semanas. Sufría fuertes dolores y estaba vendada desde más arriba de los codos hasta la punta de los dedos. Pero no era cobarde. Sonreía.

-Bien, el libro está a salvo; y el hecho de haberlo salvado del fuego puede ser un buen augurio para la familia Wroughton. Y ahora, Meg -se dirigió a la criada que había traído las vendas-, quizá lo mejor será que comiences a preparar la comida para Sir Thomas. Pasará un tiempo hasta que yo pueda hacerlo.

-Sí, señora.

Fue una gentil y cortante respuesta. Por supuesto, Meg haría la comida y alegremente. Y, por supuesto, pasaría un tiempo prolongado antes de que Lady Wroughton pudiera hacer algo así por sí misma.

Podría considerarse con suerte por el hecho de haber conservado sus manos.

-Oh, querida, ¿cómo podrás perdonarme? Soy un estúpido de vil temperamento.

-No, Thomas. Sólo estabas hambriento. Eso ha sido todo. Estabas hambriento solamente.

Sir Thomas permaneció silencioso ante la bondad de la respuesta. Silencioso y avergonzado.

Esa noche cuando estaban acostados juntos -o más precisamente a cierta distancia- en la enorme cama, Sir Thomas fue perturbado por el suave gemido de su esposa, que no podía dormir por el dolor. En el mismo momento sintió una desagradable sensación en sus propias manos. Las mismas no habían resultado quemadas, la Biblia había sido rescatada por su brava esposa antes de que él pudiera hacer algo; sin embargo el dolor persistía claramente. Trató de restregarlas una con la otra para calmar el dolor, pero esto no sirvió de nada.

Lady Wroughton permaneció en la cama durante todo el día siguiente, ante el requerimiento de su familia; de cualquier modo, manifestaba valientemente que sentía sus brazos mejor y que, en pocos días, podría bajar a cocinar de nuevo.

Los cuatro niños, dos varones y dos niñas, estaban entre los cuatro y los 12 años; habían entrado para la cena y quedado vivamente impresionados por los vendajes en los brazos de su madre.

Meg había confeccionado una apetitosa cena, de todos modos, y luego de regarla con un poco de vino tinto, se retiraron temprano.

Pero por la mañana, una de las niñas se quejo de un dolor en la mano. Sir Thomas miró a la pequeña y delicada mano en cuestión.

-Humm -dijo.

-¿Es eso todo lo que tienes para ofrecerme, padre? ¿hum? Al menos podrías decirme que estás apenado por mi mano enferma.

-Lo estoy, mi pequeña, muy apenado, te lo aseguro. Pero la verdad es que mi propio dolor me afecta tanto que casi no puedo dormir durante la noche.

-Y ahora mamá, cuyas manos deben haber sido horriblemente quemadas, dice que no siente dolor alguno.

-Tu madre, chiquilla, es una mujer muy valiente.

Esa noche, ambas manos de la niña se vieron afectadas por profundos dolores. Y en cuanto a las de Sir Thomas, el pobre apenas sabía qué hacer con ellas. Si las dejaba colgar a sus costados de modo que la sangre fluyera hacia ellas -como después de un día de intensa cacería- apenas si podía evitar trabajosamente que se le escapara un grito de dolor. Cualquier otra posición le resultaba igualmente dolorosa, incluso mantenerlas levantadas por encima de su cabeza.

Y uno de los niños apareció también quejándose de dolores en sus manos. Entonces llamaron al médico.

-Ah, veamos ahora. Humm...

-Mira padre, el médico también dice "Humm" ¿Acaso será que también le duelen sus manos?

-No, señorita, mis manos no están dañadas.

Bien Sir Thomas, ¿puede pedir a alguno de los niños o a un sirviente que me traiga uno de sus guantes?

- ¿Uno de mis guantes? Hombre, ¿para qué?

-Me gustaría que se lo pusiera. Eso es todo.

Sir Thomas gritó para que alguien le alcanzara un par de sus guantes de cuero, los cuales fueron rápidamente entregados. El médico deslizó uno en la mano de su paciente.

-Pero éste no es mi guante. Porque.., es, es demasiado grande para mí.

-Lo es, padre. Estos constituyen tu par favo rito.

-Es lo que había pensado, Sir Thomas. Sus manos se están secando.

- ¿Secando? ¿Como las hojas de otoño?

-Uno podría compararlo con ese fenómeno.

Pruebe con el otro guante.

Ocurrió exactamente lo mismo.

-Pero, eso es ridículo. No soy un árbol, éstas no son hojas. ¿Por qué habrían de marchitarse mis manos?

-Sólo Dios Nuestro Señor puede contestar a su pregunta. ¿Le ha ofendido usted últimamente?

Se produjo un silencio de muerte,

-Sí -dijo por último el caballero-, He cometido una grave afrenta contra el Señor. En un momento de estúpido enojo arrojé el Libro Sagrado al fuego.

-¿Arrojó la Biblia al fuego, hombre? ¿Qué cosa, en nombre de Dios, ocasionó tal proceder?

-Para responderle con sus propias palabras, doctor, sólo Dios Nuestro Señor puede dar respuesta a eso. Estaba atrapado por algún demonio del furor. Y, ioh Dios! si mi miserable acción ha atraído el dolor sobre mi amable hijita, sumado a lo que ha ocurrido con mi esposa, me será imposible vivir.

Sus palabras fueron proféticas.

El médico estaba ahora casi convencido de que alguna ley, distinta a la ley natural, era la que estaba actuando. Informó a Sir Thomas que la situación de su esposa había mejorado hasta tal increíble grado que sus manos emergían ilesas y sanas de la dura prueba por la que habían pasado.

Pero, con respecto a Sir Thomas y los niños, el mal era tan antinatural y sin causa aparente que sólo le quedaba pensar en que se trataba de un designio divino. Ciertamente, no podía albergar esperanza. Al día siguiente los cuatro niños estaban afectados por la dolorosa enfermedad en sus manos y, Sir Thomas, pudo ahora ver con facilidad que las suyas se estaban achicando, achicando al tamaño de las de un niño, pero con la piel que conservaba su medida original, como si colgara, suelta, amarillenta y horrible sobre los dedos y palmas, como guantes demasiado grandes. Las de los niños también, se estaban marchitando de la misma manera. Todos los días, el médico los visitaba, sacudía su cabeza con desánimo y confirmaba que no tenía la menor idea acerca de si el extraño proceso por el cual las manos se secaban y empequeñecían iba a decrecer o cesar. Al cuarto día, a Lady Wroughton le fueron retirados los vendajes y sus manos aparecieron perfectas, blancas y sin cicatrices.

Sin embargo, la dama estaba espantada ante lo que le había pasado a su familia mientras ella se recuperaba, en su habitación del primer piso, convaleciente de aquello que había resultado ser la más seria de las injurias.

-Oh -lloraba mirando las jóvenes manos de sus hijos como si fueran las de un bebé. ioh si esto me hubiera, en cambio, pasado a mí y no a cualquiera de vosotros! Qué espantoso que los cinco sufran y que yo, que estuve en contacto con las llamas, actualmente esté ya recuperada.

El médico, como último recurso, recomendó que debería celebrarse una ceremonia de exorcismo. Y luego de algunas dificultades, ya que la comunidad eclesiástica había quedado profundamente impresionada por la historia de la Biblia semiquemada, un sacerdote fue autorizado para efectuarlo. El solemne ejercicio de exorcismo, con todo, lejos de aliviar los males, pareció empeorarlos. Una semana después, los brazos de Sir Thomas habían desaparecido hasta la mitad por abajo de los codos, y los de sus hijos seguían, de cerca, el mismo destino. Los jovencitos estaban aterrorizados y lloraban con dolor y miedo. Sir Thomas se lamentaba con vergüenza y su mujer con genuina y consternada pena. El mal pareció cesar al alcanzar la mitad más próxima a los codos, pero ya los brazos se habían convertido, nítidamente, en redondeados muñones. La piel suelta se contrajo como la de un cuerpo embalsamado, momificado, y el mismo penoso proceso tuvo lugar en cada uno de los cuatro niños, sucesivamente,

Y entonces la gente empezó a murmurar y todo mozo en el vecindario sabía que el Señor había tomado venganza contra el arrogante Sir Thomas Wroughton, el intrépido caballero de Broad Hinton. Sir Thomas, obviamente, nunca más pudo cazar, pero aunque sus propios brazos y manos hubieran sido repuestos jamás hubiera tenido corazón para hacerlo. Lentamente, el resto de su cuerpo se fue marchitando, si bien por una causa diferente, porque el deseo de vivir no volvió más a activar su antaño vibrante cuerpo. De acuerdo con los archivos parroquiales, sus hijos demostraron una marcada capacidad de recuperación y se mostraban más preocupados por su moribundo padre que por el hecho de que sus propias vidas, no obstante los años que pudieran tener por delante, habían sido trágicamente cercenadas.

Más de uno de los conmovidos visitantes de la iglesia de Broad Hinton se ha ido impresionado por la entereza y el coraje de estos volvieron a retomar una vida razonablemente normal, ayudados por la ciencia ortopédica: cucharas, tenedores, cuchillos eran sujetados a sus lastimosos brazos, usaban guantes rellenos atados a sus muñones y otras medidas de ese tipo.

Sir Thomas pronto murió. Su viuda, con el corazón destrozado, y los "apesadumbrados niños" erigieron su estatua que muestra los brazos mutilados. Esta se encuentra aún, como hemos visto en el comienzo de este relato, en la vieja iglesia de Broad Hinton probando a través del sólido bronce que algo sobrenatural realmente debe haber pasado.

Y, como también dijimos, la Biblia está igualmente allí, chamuscada, arruinada y con cuatrocientos años de antigüedad. Ningún hombre puede mirarla, ni tampoco a la estatua sin manos, sin sentir una extraña sensación, pues no se trata de una leyenda; es un hecho.


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