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Cuando el pueblo vio que Moisés tardaba en bajar del monte, se reunió en torno a Aarón y le dijeron: «Anda, haznos un dios que vaya delante de nosotros, ya que no sabemos qué ha sido de Moisés, el hombre que nos sacó de la tierra de Egipto» Aarón les respondió: «Quitad los pendientes de oro de las orejas de vuestras mujeres, vuestros hijos y vuestras hijas y traédmelos...» Los tomó él de sus manos, hizo un molde y fundió un becerro. Entonces ellos exclamaron: «Este es tu dios, Israel, el que te ha sacado de la tierra de Egipto» Así se puede leer en el capítulo 32 del Éxodo. ¿Qué era el Becerro de Oro? ¿Un ídolo o un símbolo?

Si se cree en la Biblia, esta extraña imagen fue realmente construida por Aarón en el monte Sinaí, durante la huida de Egipto, y adorada por el pueblo israelita. Este acto es difícilmente comprensible, ya que los israelitas rendían homenaje estrictamente, como ningún otro pueblo, al culto de Yavé, practicando por lo tanto una religión monoteísta cuyo Dios no era representado en imagen. ¿Cómo es que de repente cayeron en una especie de idolatría, haciéndose acreedores a la cólera de Moisés, su jefe religioso? Porque, aunque él destruyó el Becerro de Oro, e impuso como castigo que los hijos de Leví mataran a 3000 israelitas, la inclinación hacia esta clase de «herejías» debió de seguir existiendo en el pueblo judío.

Algunos siglos más tarde, el rey Jeroboam 1 (926-907 aprox.) hizo construir otro Becerro de Oro.

Cuando los hijos de Israel abandonaron Egipto (lo que se calcula ocurrió en el siglo xiii a. de C.), volvieron la espalda a un país en el que la adoración del toro se practicaba desde hacía 3000 a 6000 años y estaba tan extendida como en muchas otras partes del Cercano Oriente y del Mediterráneo, como en Babilonia, entre los hititas, los fenicios (Moloc), los sabeos, en Creta (Minotauro), Capadocia, España y en el ámbito de la religión de Mitras.

En Egipto, los toros eran propiedad del dios Epaphus o Apis y antes de ser sacrificados era obligado que un sacerdote especialmente determinado para ello les reconociera con toda exactitud.

El sacerdote sacaba, por ejemplo, la lengua del animal para reconocer por determinadas señales si era «puro»; observaba la cola para comprobar si los pelos crecían correctamente allí. Una vez que el animal pasaba satisfactoriamente todas las pruebas, era marcado; el sacerdote le pasaba una tira de papiro alrededor de los cuernos, la cerraba con cera y estampaba en ella su sello.

Después, el animal era llevado a un altar en el que se encendía un fuego, se consumía como oferta una, vasija de vino, se invocaba al dios y se sacrificaba al animal. Se le cortaba la cabeza y se le quitaba la piel. La cabeza era apartada del lugar con profusión de imprecaciones. En el caso de que un mercader griego se encontrara en el mercado, se la vendían a él; en caso contrario, la arrojaban al río. Los insultos representaban una especie de oración para que cayera sobre la cabeza cortada del animal toda posible desgracia que pudiera amenazar al país.

El animal era destripado y, asarlo según diversos métodos que dependían de la divinidad a la que se ofrecía el sacrificio. Generalmente, se extraía primero el estómago, aunque se dejaban en el cuerpo los intestinos y la grasa. Después se cortaban las patas, el cuello y la cola, y se llenaba el cadáver de hogazas de pan, miel, pasas, higos, incienso, mirra y especias olorosas. Finalmente, el cuerpo del animal era empapado en aceite y asado.

Los egipcios siempre ayunaban antes del sacrificio e incluso mientras las llamas lo consumían lentamente. Sólo al final del ceremonial tomaban los restos de la comida. Los toros y los becerros eran los únicos animales que se sacrificaban -¿quizá por eso se construyó el Becerro de Oro en el monte Sinaí?-, mientras que las vacas no podían ser tocadas, ya que eran sagradas para Isis.

La adoración del toro está basada en una antiquísima adoración a las estrellas, cuya cuna se encontró en Babilonia, el antiguo observatorio de la Astronomía. En el año 4000 a. de C. aprox., ya tenía importancia y renombre universal como tal. La constelación de Tauro fue considerada entre los años 4300 y 2100 a. de C. aprox. como la constelación de la primavera, y el día en que el Sol entraba en ella, era el comienzo del año babilónico. En una descripción, procedente de la época arsácida, sobre el antiguo Zodíaco babilónico, se dice:

«Al principio todo fue toro» De él partió toda la felicidad de la vida; él era la fuente de todos los bienes.

Hennig escribe: «Cuando, como consecuencia de la continua procesión de los equinoccios de primavera y otoño, el punto de primavera del Zodíaco cambió hacia el año 2100 de la constelación de Tauro a la de Aries, el culto del toro ya había enraizado tanto en cada uno de los pueblos que se mantuvo durante mucho tiempo, y en el caso de los egipcios durante otros 2000 años. Naturalmente, los israelitas tuvieron que conocerla durante su estancia en Egipto. Y de este modo, en un momento en que creían desaparecido a su jefe Moisés, en el Sinaí, se les ocurrió adorar a la divinidad de los egipcios» Otra circunstancia hace aparecer como digna de crédito esta interpretación de la adoración del Becerro de Oro. Poco antes de la caída de su pueblo en la adoración de un ídolo, Moisés había ordenado que a partir de entonces el primer mes del año debería ser especialmente santificado como «mes de Pascua», y que la primera luna llena des pues del equinoccio de primavera debería ser festejada por todos los seguidores de la religión mosaica como fiesta de Pascua, y acompañada por la comida del «cordero pascual» La elección de esta comida festiva como una costumbre fomentada por el rito religioso, representaba simbólicamente el volver la espalda a la adoración de los ídolos y el regreso al monoteísmo. El judío piadoso debía ver el animal de la nueva constelación primaveral, Aries (cordero), como el símbolo de su religión.

Pero este acto simbólico sólo obtiene importancia como prescripción alimenticia, renunciándose a toda adoración del cordero.

Y, hasta ahora, sigue sin esclarecerse el enigma del Becerro de Oro.


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