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EL RETORNO DEL «BARÓN
ROJO»
Guy
Tarade
Durante
muchos años, cada 21 de abril, se depositó una gran corona de flores sobre la
tumba de Manfred von Richthofen, en el cementerio de la calle de los Inválidos,
en el Berlín oriental y muy cerca de donde estuvo famoso «muro».
Desde 1926, unas manos anónimas realizaron este ceremonial de colocar unas flores sobre una vieja losa grisácea. Bajo ella reposan los restos de uno de los más ilustres ases de la aviación alemana, por no decir el primero, derribado en misión de guerra hace ya más de medio siglo.
En efecto, fue el 21 de abril de 1918 cuando, quebrantando sus propios principios de cazador aéreo, el as n.° l alemán de la primera guerra mundial permitió que otro avión volara por detrás y por encima de él. Y aquel fue el ocaso del aviador-águila Manfred von Richthofen. Se estrelló incendiado contra el suelo con su «Fukker» pintado de color rojo que le hiciera tan célebre y que le granjeó su sobrenombre. Sus ochenta victorias, confirmadas en dos años, habían convertido al «Barón rojo» en un ser legendario en ambos bandos del frente.
Iba persiguiendo a un canadiense que volaba bajo sobre las líneas británicas, cuando otro canadiense, el capitán Roy Brown, lo derribó sobre el cielo de Amiens. En el momento de su muerte contaba veinticinco años de edad.
El «Barón rojo» había nacido el 2 de mayo de 1892 y era hijo de un oficial noble. En 1911 ingresó en el arma de caballería y, en 1915, en el ejército del aire. Cuando se halló su cuerpo, se comprobó que bajo su indumentaria de vuelo vestía el uniforme de balano y sus relucientes botas altas.
Este caballero del cielo, de larga melena rubia, iba de misión en misión diciéndose, como todos los pilotos, que un día le llegaría a él el turno de caer envuelto en llamas. Había derribado su primer avión enemigo en abril de 1916. Aquello le excitó tanto que aterrizó cerca de su víctima para percatarse mejor de cómo había acabado el lance.
A su vez, el capitán Brown tenía en su activo doce victorias cuando el avión del «Barón rojo» se le puso a tiro.
“Yo tenía en mi mano todos los triunfos: iba por detrás y por encima de él. Le derribé gracias precisamente a su propia técnica”, diría más adelante el capitán canadiense. Manfred von Richthofen volaba muy bajo, y Brown se hallaba a menos de cien metros de él cuando su ametralladora vomitó la muerte sobre el «Fokker».
Los ingleses enterraron a Richthofen con todos los honores militares que le correspondían. Incluso volaron por encima de su aeródromo base para lanzar un mensaje anunciando a sus camaradas de lucha que habían perdido a su jefe. En 1925, Francia autorizó la repatriación de los restos mortales del «Barón rojo», a quien los alemanes otorgaron funerales de héroe nacional.
En el mes de abril de 1943, el Coronet publicó una noticia inquietante. Un tal teniente Grayson pretendía haberse encontrado, en 1940, mientras patrullaba de noche por las cercanías de Douvres, con un avión de extraña silueta. Se dispuso a perseguirle tenazmente, pero aunque no pudo alcanzarle, logró verlo claramente a la luz de un fugaz rayo de luna: era un triplano cuyas alas ostentaban la Cruz de Hierro, símbolo de la Alemania imperial. Sobre el fuselaje, pintado en rojo, figuraba el «Circo volante», emblema del barón Manfred von Richthofen.
Escapados del «Paraíso de los pilotos perdidos», el «Barón rojo» y su avión habían vuelto para revivir una porción del espacio-tiempo de 1940.
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