|
|
||
|
VISITA A NUESTROS PATROCINADORES |
LOS
NÚMEROS "PRECESIONALES" DEL APOCALIPSIS
Iñigo Gordoa
Es evidente que el Apocalipsis no es un tratado de
teoremas pitagóricos ni un compendio de matemática euclidiana. Pero sí está
repleto de números que, si bien por sí solos no resultan significativos, algunos
de ellos se muestran casualmente coincidentes con los que también
aparecen de manera repetitiva en otros textos sagrados de igual o diferente
contexto religioso y temporal. Tanta coincidencia puede ser científicamente
posible y hasta razonablemente explicable (mediante uno de esos razonamientos
que satisfacen de inmediato a las conciencias acríticas a su pesar y a los
espíritus acomodaticios), pero también altamente improbable y, cuando menos,
sorprendente. Porque en este caso no hablamos de una mistificación de los
números como valores absolutos e hipostáticos a la manera de los pitagóricos. El
Apocalipsis hace un tratamiento de las cifras como lo que son, sin
elevarlas a categorías trascendentalizadas, pues para eso está una divinidad
perfectamente diferenciada acompañada de otros seres o entidades celestiales que
en ningún caso son número. Los números aquí sólo son eso: números. Si
exceptuamos, tal vez, el de la bestia. Pero incluso en este caso, como concluiré
más tarde, también ése se reduce a simple aritmética.
Aunque sobre el llamado Apocalipsis de Juan han intentado hacerse multitud de esquematizaciones y divisiones, centrémonos ahora en el ordenamiento más primario que parte convencionalmente el libro en 22 capítulos. Más fundamentalmente en los capítulos que se desarrollan hacia la mitad del libro (11, 12 y 13).
«Y me fue dada una caña semejante a una vara, diciendo: Levántate y mide el templo de Dios, y el altar, y los que adoran en él. Y el atrio de fuera del templo déjalo allá afuera, y no lo midas; porque ha sido entregado a las gentes, y hollarán la santa ciudad 42 meses...» (Ap. 11,1-2).
Nótese que el ángel ofrece al escriba una vara, esto es, un patrón de medida (¿divino?), encargándole la tarea, como es lógico, de tomar medidas. Pues bien, en ningún momento se nos da cuenta de ellas, sino que comienza a describírsenos una situación donde convergen una serie de bestias con ornamentos córneos y protuberancias multicéfalas ricamente engalanadas, y donde se suceden repetidamente unos números que, vestidos de diferentes divisiones temporales, se reducen todos ellos a uno solo. Así:
42 meses (Ap. 11,2)
1260 días (Ap. 11,3)
3 días y ½ (Ap. 11,9)
3 días y ½ (Ap. 11,11)
1260 días (Ap. 12,6)
1 tiempo, 2 tiempos y ½ tiempo (Ap. 12,14)
42 meses (Ap. 13,5)
666 (Ap. 13,18)
Debemos olvidarnos de los patrones temporales (días, meses), que sólo nos sirven de referencia respecto a otros números, y examinar los valores absolutos. En efecto, la referencia a «tiempo», «tiempos» resulta aclaratoria en este sentido: puede ser cualquier cosa; da lo mismo minutos, semanas o años. Se trata de localizar la unidad de medida capaz de conexionar todas las cifras. Veamos:
1 tiempo = 360
2 tiempos = 720
½ tiempo = 180
1 (t) + 2 (t) + ½ (t) = 360 + 720 + 180 = 1260
42 meses = 42 x 30 = 1260
3 días y ½ = ½ semana = 3 tiempos + ½ = (360 x 3) + 180 = 1080 + 180 = 1260
Se trata de la única combinación posible para el resultado pretendido. Hasta aquí, todo muy sencillo. Sin embargo, a más de uno le resultarán familiares las cifras surgidas para utilizarlas de sumandos. Fijémonos en que los números 180, 360, 720, 1080 son los mismos que se han venido en llamar «precesionales», por adherirlos algunos autores a la teoría que explica su multipresencia cultural como una clave escondida que nos da a entender a las generaciones futuras que los antiguos estaban al tanto del conocimiento del ciclo precesional de la tierra, que no es sino el número de años necesario para que el sol complete un número determinado de grados a lo largo de la eclíptica. Y así, por ejemplo, 72 x 30 = 2160, que serían los años necesarios para completar 30º de recorrido. El ciclo completo serían 25920 años (2160 x 12). Según esta teoría, los ceros no serían significativos, pudiendo aparecer los mismos números seguidos con uno o varios ceros en distintos textos universales.
Volviendo al análisis del texto del Apocalipsis, nos encontramos, pues, con múltiplos de 360:
(360 x 1) + (360 x 2) + (360 x ½) = (360 x
3,5) = 1260
O, de otro modo, con múltiplos de 180 (180 x 7 = 1260), siendo en este último caso la relación:
1 + 2 + 4 = 7
(180 x 1) + (180 x 2) + (180 x 4) = (180 x 7) = 1260
En definitiva:
180 + 360 + 720 = 1260
El diablo desenmascarado
Queda aún por aclarar el papel que desempeña el número 666 en este entramado. Resulta curiosa la asociación inmediata que suele hacerse de esta cifra con el diablo (que no tiene presencia nominal en el texto de marras), con la personificación del MAL con mayúsculas, hasta tal extremo que su simple representación o su mera evocación nos hace pensar en una lógica invocación satánica al estilo de las más escalofriantes caracterizaciones hollywoodenses.
Para desvirtualizar esa aureola que desprende su pretendido poder mágico y su ritualidad anticristiana, lo mejor será contextualizar primero su presencia bíblica y reducirlo más tarde a su naturaleza exclusivamente aritmética, encajándolo sin fisuras en la anterior relación arriba explicitada.
El número 666 (o el «seiscientos sesenta y seis», dependiendo de la versión o de la traducción de la Biblia que estemos utilizando), contra la creencia generalizada, no figura en exclusiva en el Apocalipsis de Juan. Aparece citado expresamente en otras dos ocasiones en el Antiguo Testamento, asociado en ambas a la figura del rey Salomón, y exento de cualquier connotación maléfica. Los textos son los siguientes:
«El peso de oro que cada año llegaba a Salomón era de seiscientos sesenta y seis talentos de oro, además del que como tributo recibía de los grandes y pequeños mercaderes, de los príncipes de los beduinos y de los intendentes de la tierra». (1 Reyes, 10, 14-15).
«El peso del oro que cada año llegaba a Salomón era de seiscientos sesenta y seis talentos de oro, fuera del que recibía de negociantes y comerciantes, de todos los reyes de Arabia y de los gobernadores de la tierra, que recaudaban oro y plata para Salomón». (2 Paralipómenos, 8, 13-14).
No me voy a detener ahora a analizar de dónde demonios recibía entonces Salomón esos 666 talentos de oro al margen del resto de los tributos y regalos procedentes de autores plenamente identificados por el redactor. Sin duda alguna, lo que también aquí se pretende es llamar la atención –y nada más que eso– sobre la pura cifra desprendida de cualquier ornato desorientador.
En cuanto al capítulo 13 del Apocalipsis, los versículos tan referenciados (e irreverenciados) vuelven a querer significar ese carácter velado de las palabras sólo accesibles a quienes demuestren estar en posesión de cierta perspicacia intelectual de elevado grado. Dicen así:
«[...] y que nadie pueda comprar o vender sino quien lleve la marca, que es el nombre de la bestia o el número de su nombre. Aquí está la sabiduría. Quien tenga inteligencia calcule el número de la bestia, pues es número humano. Y su número es 666» (Ap. 13, 17-18).
Extrañamente, no se nos insta a calcular el nombre de la bestia (o a averiguarlo), sino que a través de su número (el 666) se pretende que se calcule su número (!) ¿Es que acaso no nos había revelado ya el profeta el número? ¿Habremos de entender, por tanto, que hay otro?
A modo de curiosidad, la palabra griega «arithmos» tiene el significado general de «número»; pero otra de sus acepciones es la de «sistema numérico». Y a este respecto no deja de ser sorprendente la azarosa casualidad de que el codo piramidal egipcio, acerca del cual varios autores han llamado la atención por su exacta equivalencia, de mayor precisión que el metro, a la mitad de la diezmillonésima parte del cuadrante del meridiano terrestre, estaría relacionado, como a través de un pasmoso sortilegio, con la medida del radio polar de la Tierra en patrones de medida métricos (o mejor, kilométricos) a través de la cifra 666.
Veamos:
1 codo sagrado = 0,5239 metros
2 codos sagrados = 2 x 0,5239 = 1,0478 metros
Radio polar = 6356 kilómetros
Diámetro polar = 2 x 6356 = 12712 kilómetros
666 ÷ 12712 = 0,05239
666 ÷ 6356 = 0,10478
Pero dejemos por el momento esta sintomática, mas aséptica, digresión, que quizá nos dirigiera a identificar la bestia con nuestro hogar terrenal, y volvamos al papel que ya antes anticipaba del 666 en el cuadro de los números que, por comodidad, seguiré llamando «precesionales».
El número 666 surge de la suma de los dos primeros múltiplos de 180 (del que resulta un número también «precesional»), a la que se adiciona la 1/10 parte de la cifra ya conocida 1260, o, lo que es lo mismo, 126 sin el «cero irrelevante»:
(180 x 1) + (180 x 2) = (180 + 360) = 540
También:
(360 x 1) + (360 x ½) = (360 + 180) = 540
540 + (1260 ÷ 10) = 540 + 126 = 666
Obsérvense estas otras relaciones:
720 – 54 = 666
1260 + 72 = 1332 = (666 x 2)
Utilizando la abstracción terminológica de los «tiempos», donde t = 360, diríamos:
1 (t) + 2 (t) + ½ (t) = 1260. Es decir:
3,5 (t) = 1260
1 (t) + ½ (t) + 0,35 (t) = 666. Es decir:
1,85 (t) = 666
Así de simple. Tan sencillo que la sensación de escéptica perplejidad nos hace reaccionar preguntándonos con desazón: ¿Y qué? ¿Qué significado tiene todo esto? ¿Qué más da si el 666 no es ya la marca de ADN de Satanás, la impronta del diablo, sino mero elemento simétrico de una suma infantil? ¿Hay algún profundo mensaje tras ello o es sólo un estúpido divertimento de numerología pretendidamente mágica o angelológica? Desde luego que los números pueden llegar a marearse jugando a combinarlos unos con otros. Y también es verdad que podemos llegar a cualquier resultado pre-tendido barajando una y otra vez las cifras interesadamente. Pero aquella arrebatadora intuición no levitativa responde que hay algo más detrás de estas matemáticas de principiante, aunque aún no se pueda concretar en algo tangible.
Los números están ahí. Se presentan en medio de un contexto, a
veces mistérico, a veces profético, ofrecidos de la mano de la mismísima
divinidad. En ocasiones, incluso, se asoman escondidos entre fórmulas de
adivinación populares o en canciones folclóricas transmitidas oralmente de
generación en generación. Y siempre son los mismos. Graham Hancock nos propone
algunos ejemplos: 72 son los conspiradores encabezados por Seth que
tramarán dar muerte a Osiris; 432000 (72000 x 6) los guerreros que
salieron del Valhalla para luchar contra el Lobo; 432000 también los años
de reinado de los reyes de Sumer en época antediluviana; 108 son las
figuras de piedra por cada avenida en el templo de Angkor en Camboya;
10800 el número de estrofas del Rigveda... Los ejemplos se multiplicarían
hasta el tedio.
Son, pues, cifras sobre las que se nos llama la atención repetidamente; las mismas cifras en distintos textos sagrados separados entre sí geográfica y temporalmente; las varas angélicas (patrones de medida); las medidas de templos (las mediciones dan como resultado cifras o números) [...]; todos son indicios suficientes como para intentar descubrir algo más allá de la literalidad escrita. Más si cabe en el texto del libro del Apocalipsis, del que no se nos debe distraer su originaria redacción griega.
Breve ensayo de gematría griega
Una de las características del alfabeto griego es que, como también en hebreo, cada una de las 24 letras de que consta tiene su correspondiente equivalencia numérica. A diferencia del idioma de la Torah, no existe una tradición popularizada de cábala o gematría griegas, pero quizá podría ser este el momento y lugar oportunos para iniciarla. Porque resultarían asimismo curiosas las «casualidades» con las que nos íbamos a encontrar.
|
Alpha |
Beta |
Gamma |
Delta |
Epsilon |
Zeta |
Eta |
Teta | |||
|
A a |
B b |
G g |
D d |
E e |
Z z |
H h |
Q q | |||
|
1 |
2 |
3 |
4 |
5 |
7 |
8 |
9 | |||
|
Yota |
Kappa |
Lambda |
My |
Ny |
Xi |
Omicron |
Pi | |||
|
I i |
K k |
L l |
M m |
N n |
X x |
O o |
P p | |||
|
10 |
20 |
30 |
40 |
50 |
60 |
70 |
80 | |||
|
Rho |
Sigma |
Tau |
Upsilon |
Phi |
Ji |
Psi |
Omega | |||
|
R r |
S s |
V |
T t |
U u |
F f |
C c |
Y y |
W w | ||
|
100 |
200 |
6 |
300 |
400 |
500 |
600 |
700 |
800 | ||
Al comienzo y al final del libro del Apocalipsis se pone en boca de Dios una definición de sí mismo que al castellano de hoy podríamos traducir como «Yo soy la A y la Z, la primera y la última letra, el principio y el fin», y que, en su transliteración desde el griego reza «Yo soy el Alfa y la W» (Ap. 1,8; Ap. 22,13). Pues bien, entiendo que, en una actitud receptiva de las insinuaciones salidas de boca del profeta al respecto de los sellos que mantienen velada la lectura verdadera del libro, debería despertar nuestras sospechas el que la referencia a la primera y última letras del alfabeto griego se transcriban de diferente manera, obviando con ello el más mínimo decoro estilístico literario. En efecto, no se dice «el Alfa y la Omega», ni «el A y la W», sino precisamente «Ego eimi to Alfa kai to W».
Habiendo conseguido de esta manera captar nuestra atención, analicemos la transcripción numérica de lo que se resalta veladamente y con lo que se está definiendo a Dios mismo:
A = 1
l = 30
= 30 = 30
f = 500
= 500 = 500
a = 1
W = 800
A+l+f+a+W = 1+30+500+1+800 = 1332
La cifra resultante en nuestro juego de los sumandos griegos no es otra, «casualmente», sino el duplo exacto del valor demoníaco 666 (666 x 2 = 1332). Por supuesto, de la diferencia entre 1332 y 1260 se obtiene la cifra, ¡cómo no!, de 72.
No es el valor 1332, por otra parte, enteramente desconocido en la literatura bíblica anterior, ya que en el libro del profeta Daniel, en su particular apocalipsis de los tiempos últimos, y, después de contestar un «varón vestido de lino» a la pregunta formulada por un ángel acerca del cuándo del fin y de las maravillas relatadas en la visión, que se producirían «dentro de un tiempo, tiempos y la mitad de un tiempo», este mismo ente celestial sigue diciendo: «Después del tiempo de la cesación del sacrificio perpetuo y del alzar de la abominación desoladora, habrá 1290 días. Bienaventurado el que espere y llegue a 1335 días» (Dan. 12, 11-12). Aunque no coincidentes, las cifras guardan una evidente relación con las que hemos subrayado en el libro del Apocalipsis, con una extraña y proporcional desviación respecto de aquellas (30 días y 3 respectivamente).
A propósito, por cierto, de la enigmática «abominación desoladora» a que se refiere Daniel, el propio Jesús dio crédito a las palabras del profeta en una no menos re-veladora respuesta a los discípulos que le preguntaron por las señales del fin del mundo:
Mt. 24, 15-18
Mc.
Otro ejemplo, si cabe más intrigante, con que nos encontramos en este proceso de aprendizaje de gematría griega es el que hace referencia al conocidísimo astro de nombre tan escasamente denotador «Ajenjo», de cuya realidad ignota, o quimérica in-sustancialidad, se ha comentado una innumerable cantidad de tonterías a las que, seguramente, tampoco yo vaya a ser ajeno.
«Y el tercer ángel –escribe el profeta en su visión de los siete ángeles que están en la presencia de Dios, y a los que les fueron dadas siete trompetas– tocó la trompeta, y cayó del cielo una estrella grande, ardiente como lámpara, y cayó sobre la tercera parte de los ríos y sobre las fuentes de las aguas; y el nombre de la estrella se llama «el Ajenjo», y se convirtió la tercera parte de las aguas en ajenjo, y muchos de los hombres murieron a consecuencia de las aguas, pues se habían vuelto amargas» (Ap. 8, 10-11).
Este astro (asteros en griego) ha venido incluso a ser identificado con la central nuclear de Chernobyl, mediante el recurso a una traducción del ruso cogida por los pelos, y aislando además la interpretación de cualquier referencia a cuerpo estelar alguno. El ajenjo, por lo demás, es una planta de amargo sabor de la que se extrae la absenta o absintio, licor que recoge su nombre del término griego «apsinthos» con el que se da nombre al astro devastador, y cuya esencia natural difícilmente podría contaminar las aguas de consumo humano de modo más terrorífico o amargo al que lo haría una resaca producida por intoxicación etílica.
Parece evidente que el escriba-profeta intenta transmitir un doble sentido al vocablo mediante un sencillo juego de palabras. Pero quizá, además de con las palabras, quiera también jugar con los números. Sigámosle, pues, en éste su divertido pasatiempo.
Haciendo uso del mismo método que antes, traduciríamos el episodio apocalíptico descrito como «asteros 846», que no es sino el resultado de la transcripción numérica griega del «AyinqoV-Ajenjo»:
A = 1
y = 700
i = 10
= 10 = 10
n = 50
q = 9
o = 70
V = 6
= 6 = 6
A+y+i+n+q+o+V = 1+700+10+50+9+70+6 = 846
Podría resultar tentador pretender haber descubierto el misterio identificando el «asteros apsinthos» con el asteroide 846, de sobrenombre «Lipperta», descubierto el 26 de noviembre de 1916 en Bergedorf por K. Gyllenberg. No obstante, sería mucho pretender (aunque «para Dios nada es imposible») que ya en el año 90 de nuestra era se conociera el nombre con el que iba a ser identificado por un hombre del siglo XX un asteroide que, por otra parte, orbita en nuestro sistema solar con regularidad a una distancia de nuestro planeta lo suficientemente prudente como para que ningún astrónomo haya dado la voz de alarma del más mínimo peligro de colisión con la Tierra. Hipótesis aún más peregrinas que ésta se han formulado sin que su autor se haya ruborizado un ápice. Pero otra razón de mayor peso que la vergüenza echa por tierra cualquier tentación que conjeturare en el sentido apuntado. Me refiero a que, siguiendo la tesis de los números significativos, el 846 es otra pieza que también encaja perfectamente en el mismo engranaje postulado:
720 + 126 = 846
666 + 180 = 846
306 + 540 = 846
846 + 180 = 1026
(Recordemos la irrelevancia, ya no convencional, del «cero»).
A estas alturas, no tengo reparos en rizar el rizo. Quien toca la trompeta anunciadora de la estrella ardiente es el ángel citado en tercer lugar de entre los siete que conforman la banda agorera. Al multiplicar 846 por 3 nos sale la cifra 2538, que es asimismo el número resultante de transcribir numéricamente la definición griega que a sí mismo se otorga el primer ser celestial que se aparece ante Juan para ordenarle escribir en un libro su visión. «No temas –le dice–; yo soy el primero y el último» (Ap. 1, 17). Es decir, el primero más el último, «protos kai o esjatos».
846 x 3 = 2538
p+r+w+t+o+V+e+s+c+a+t+o+V = 80+100+800+300+70+6+5+200+600+1+300+70+6 = 2538
2538 – 1332 = 1206
En fin, como pasatiempo puede resultar entretenido. ¿Pero conduce realmente este camino a alguna meta donde hallar un sentido desvelado digno de mencionarse? El propio Jesucristo, respondiendo al requerimiento de una señal por parte de algunos escribas y fariseos, decía: «Los ninivitas se levantarán el día del juicio contra esta generación y la condenarán, porque hicieron penitencia a la predicación de Jonás, y hay aquí algo más que Jonás. La reina del Mediodía se levantará en juicio contra esta generación y la condenará, porque vino de los confines de la tierra para oír la sabiduría de Salomón, y aquí hay algo más que Salomón» (Mt. 12, 41-42). Del mismo modo, habrá que pensar que, posiblemente, ha de haber algo más que simples coincidencias numéricas más o menos sorprendentes en esta Revelación proveniente también de Jesucristo.
El testamento numismático de Nostradamus
Este último mensaje, precisamente, es el que transmite abiertamente Nostradamus en la Carta a su hijo César fechada el 1 de marzo de 1555, escrita a modo de prefacio de sus Centurias. «Considerando también –dice el de Salon– la sentencia del verdadero Salvador, no deis cosas santas a los perros ni arrojéis perlas a los cerdos, no sea que las pisoteen y volviéndose os despedacen. Esta ha sido la causa de haber retirado mi lengua al pueblo, y la pluma del papel [...] pues todo ha sido escrito en forma nebulosa».
Nostradamus habla también del futuro, de los «últimos tiempos» que tendrá que padecer esta generación humana. Él afirma sin rodeos que, al igual que otros profetas, visionarios de esos tiempos de angustia, también conoce lo que acontecerá mañana. Pero reconoce que ha escondido su lenguaje, es decir, lo ha cifrado o codificado.
Daniel Ruzo («El Testamento auténtico de Nostradamus») cree poseer la clave que permitiría descodificar ese lenguaje y encontrar la pluma que Nostradamus retiró del papel. Según este intérprete, la llave de un inicial desvelamiento se encontraría en el Testamento que el autor de las Centurias redactó ante Notario el 17 de junio de 1566, el cual permite deducir, según su teoría, que «sólo» hay (¡repárese en la cifra!) 1080 cuartetas realmente significativas, no siendo las restantes sino meros peones de una maniobra de despiste y ocultación.
Sea o no acertada esta interpretación, que, de cualquier modo, tampoco ofrece la resolución del mensaje final, sí es cierto que en la lectura del testamento de referencia se percibe cierto «tufillo» críptico subyacente a la ceremoniosa escritura notarial, y cuya sola relación detallada del dinero contante con que se pretende hacer frente al legado establecido llama nuestra atención por la coincidencia casual que guarda con las cifras que hemos venido subrayando. Baste esta breve muestra, con la que comienza el recuento, para convenir conmigo en que aquí hay algo más que dinero contante:
Dinero contante de Nostradamus:
|
36 Nobles rosa Nobles rosa Nobles rosa |
|
|
101 Ducados simples 79 Angelotes |
180 |
|
126 Dobles ducados |
|
[...]
¿Alguien puede creer aún en tanta casualidad? «Desde luego que sí –contestarán muchos–. Porque en esta disertación sesgada ni siquiera se nos ha evidenciado una casualidad que resulte asombrosa».
No voy a ser yo quien les sustraiga a estos su razón. Mientras no se demuestre de manera contundente la existencia de un código circulante a través de la historia de la humanidad, que sea, además, reproducible en laboratorio, y que explicite un mensaje, no sólo inteligible, sino también creíble y comprobable experiencialmente, no dejaremos de ser gozosos miembros de una manada de perros, o de una piara de cerdos (según nos convenga), sumergidos en la felicidad que proporciona la ignorancia de un saber del que los dioses consideran que no debemos ser partícipes. No fuera a suceder, si no, como en los tiempos de los antiguos que nos describe el durmiente Henoc (el que hacía el número 7 de nuestros primeros padres), y volviera así a reproducirse el error que cometieron los rebeldes Vigilantes celestiales que contravinieron las órdenes de un Jefe aún más celestial en grado y poder, y que, juramentándose, tomaron para sí mujeres y se contaminaron con ellas, y les enseñaron toda suerte de hechicerías y encantamientos, les instruyeron en toda clase de plantas, y quedaron embarazadas y dieron a luz a los terribles gigantes que habitaron la tierra en aquella época; y también enseñaron a los hombres a hacer espadas, les dieron a conocer los metales de la tierra y el arte de trabajarlos, y toda clase de pesadas piedras, y las constelaciones y el movimiento de los astros... Por todo ello, por desobedecer las órdenes expresas de mantener al ser humano sumido en la feliz ignorancia animal, fueron juzgados y sentenciados a permanecer eternamente encadenados en las profundidades del abismo.
Acceder al conocimiento siempre ha resultado peligroso. Tanto para el que lo recibe como para el que lo proporciona. Quizá desde aquel instante los ángeles custodios o los Vigilantes de Henoc con vocación por la enseñanza se hayan vuelto más cautelosos a la hora de transmitir al ser humano unos conocimientos que, desprendidos de todo límite de accesibilidad, a Ellos mismos les volvería otra vez a costar bien caro.
Por mi parte, creo que no me queda más remedio que continuar intentando con ingenuo anhelo rozar con los dedos el aroma que exhala la presencia del espíritu dominador del espacio y del tiempo, allá en sus celestes bóvedas mensurables, resignándome a no poseer la varita angélica traductora del Templo divino, confraternizando, entre tanto, con la manada de ignorantes menos felices por ser conscientes de la existencia de un saber que se nos niega a sabiendas, y debiendo con-tentarme con la sugerencia que Edgar Cayce, otro de nuestros visionarios nacido en Kentucky en 1877, famoso por sus «lecturas» realizadas en estado de trance, hace en una de ellas:
«[...] Esta es la interpretación. Que los períodos, vistos desde el lado material, vayan a acabarse, no tiene importancia para el alma, pero ¡cumple con tu deber hoy! Cada día trae su afán. Estos cambios de la Tierra sucederán, pues el tiempo, y los tiempos, y los medios tiempos están concluyendo, y empiezan los períodos de los ajustes. Pues, ¿qué ha dicho Él? Los justos heredarán la Tierra. ¿Tienes tú una heredad en la Tierra, hermano mío?» (núm. 294-185, 30 de junio de 1936).
Reservados todos los derechos. Prohibida la reproducción parcial o total.
Fotomontajes, textos e imágenes procedentes del archivo del Grupo Editorial
Bitácora, Publicaciones Electrónicas. Envíenos un e-mail y solicite
autorización. |