¿Quieres recibir
en tu e-mail
nuestras
novedades?

VISITA A NUESTROS PATROCINADORES

AMIGO DEL HOMBRE
Pilar Pedraza


Leía ensimismada las ofertas del satinado catálogo del free-shop de a bordo cuando una gota cayó sobre una de las fotografías, que mostraba un collar de perlas cultivadas extendido sobre un llamativo fondo de raso malva. La tocó cautelosamente con la yema del dedo medio, que luego frotó contra la del pulgar. El líquido verdoso tenía la fluidez casi etérea de los alcoholes. Se olió los dedos: era agua de colonia muy parecida a la que usaba ella misma. Miró hacia arriba. En el compartimiento de los equipajes de mano, una nueva gota estaba formándose, a punto de caer como una lágrima.

-Me parece que se ha abierto un frasco de la bolsa de aseo -dijo a su marido, que trataba de concentrarse en la lectura de la prensa como remedio contra el malestar que le producía el vuelo. Eso, al menos, creía ella entonces; en realidad, pensó más tarde, debía de tener la mente ocupada en pensamientos que no podía compartir con ella.

El marido se desabrochó el cinturón de seguridad suspirando, se puso en pie y abrió el compartimento de color marfil. En efecto, la bolsa rezumaba. Al descorrer la cremallera, comprobaron que el tapón de un frasco se había desenroscado. Ella no lo volvió a guardar allí. En previsión de que volviera a ocurrir, se lo metió en el bolso. El olor era Fuerte y seco, casi picante, de hierba bajo un sol de verano.

Más tarde, cuando se dirigían a recoger el equipaje de la cinta transportadora, vieron un par de apuestos policías con perros y se miraron sonriendo. No tenían nada que temer. Antes, cuando eran muy jóvenes, se habían arriesgado a veces a llevar encima algo para consumo propio, apenas una barrita, pero ya no fumaban aquello, nadie fumaba ya esas cosas. Sin embargo, uno de los perrazos se puso en guardia, se dirigió hacia ellos con gran seguridad, tirando de su hombre, y empezó a dar vueltas a su alrededor, husmeando impúdico entre las piernas del marido. Luego se acercó a ella y pegó el morro húmedo a su bolso de charol, que al instante se empañó con el vaho de su aliento. En los ojos del policía se encendieron luces de colores. Aunque parecía un tipo serio y bien educado, no pudo evitar que se transparentara su satisfacción por el hecho de haber dado con algo después de una mañana de tedio. Una de esas mañanas o tardes o noches en que pasear interminablemente al perro por los corredores bajo la luz de neón, además de sumirle en un aburrimiento mortal, le hacía sentirse inútil.

-Hagan el favor de acompañarme -dijo, rehuyendo sus miradas de perplejidad.

No tenía la voz bronca pero cultivada de los policías de las películas y de las telenovelas -esas hermosas voces de los profesionales de la voz-, sino tan corriente, tan real que ella sintió un ligero temor, como cuando descubría un rasgo de profunda vulgaridad en su médico o en su peluquero.

-Pero, oiga... -protestó el marido con la indignación brillándole en los ojos.

Ella no dijo nada: en el fondo, aquel pequeño incidente le divertía. Repasó mentalmente el contenido de su bolso. No porque llevara drogas, desde luego -incluso se había olvidado de coger una caja de Valium y en el avión se había preguntado cómo se las iba a arreglar para conciliar el sueño aquella noche-, sino porque no recordaba si lo tenía en orden, sin pañuelos sucios y cigarrillos rotos. Pero, no. Había estado limpiándolo la noche anterior, justamente en previsión de casos como aquél. Suspiró aliviada.

El policía, siempre empuñando la correa del perro, que seguía olfateando los muslos de Ia pareja, los condujo entre las miradas curiosas de decenas de pasajeros ante un mostrador, donde un compañero los recibió torciendo el gesto. No dijo ni hizo nada ofensivo, pero en su expresión podía leerse que los consideraba presuntos delincuentes. También a él se le notaba la satisfacción del cazador al que han levantado una presa y está a punto de cobrarla. Ella, sobre todo, lo notó.

En la bolsa de viaje, que el del mostrador escrutó concienzudamente, no había nada sospechoso, ni tampoco en el bolso de ella, que al ver el frasco del perfume campestre y percibir su aroma, comprendió.

-El perro ha debido de confundirse con el olor de la colonia -apuntó mirando sonriente a los guardias.

Pero el que estaba efectuando el registro no parecía dispuesto a aceptar conclusiones a las que no hubiera llegado por sí mismo. Le lanzó una mirada que la ofendió. Ella sólo pretendía ayudarle, no quería pasar por una sabelotodo, no era su intención enseñarle su oficio, sólo explicarle, porque ellos... Ellos no llevaban nada que pudiera interesarle. No sea usted idiota, amigo; se está confundiendo, está perdiendo el tiempo, pensó.

-Oiga, no nos haga perder el tiempo -dijo el marido como un eco de su pensamiento-. ¿No ve que no llevamos nada?

Pero ya se había puesto en marcha un mecanismo inexorable que afectaba al perro policía, al policía del perro y al del mostrador. Y era difícil detenerlo. El del mostrador volvió a sacar las cosas de la bolsa grande y a examinarlas de nuevo una por una, mientras el perro extendía el cuello y husmeaba con una aplicación y un celo verdaderamente maniáticos. Mi olfato no me engaña, parecía querer decir, he sido escogido entre muchos para este trabajo. El policía extrajo de la bolsa un grueso libro -una novela americana que estaba leyendo el marido-, lo miró, cerrado, por todas sus caras de paralelepípedo, y luego lo abrió, lo hojeó, escrutó la foto de la contraportada. Este tío es gilípollas, pensaron los dos viajeros al unísono. Ella presentía que la ira iba creciendo en el interior de su esposo, pero no podía calmarle con los comentarios irónicos que solían actuar sobre él como un bálsamo. No, porque aquellos idiotas podían tomárselo a mal y ella no deseaba empeorar las cosas, sólo quería que les dejaran marcharse cuanto antes. Necesitaba llegar al hotel y tumbarse un rato a descansar con las persianas echadas y una botella de agua mineral al alcance de la mano. Le dolía un poco la cabeza, tal vez a causa del olor del perfume derramado. «Cedro de Virginia», vaya nombrecito.

El libro que estaba leyendo ella era un ensayo sobre Felicien Rops profusamente ilustrado con sus grabados eróticos. Los dos policías menearon casi imperceptiblemente la cabeza, se miraron entre sí y miraron a la pareja. El perro, por su parte, parecía haber acabado su trabajo y se sentó, jadeando suavemente, con la lengua fuera, a esperar acontecimientos mientras seguía con la mirada el ir y venir de la gente. Después del segundo registro, todos estaban muy aburridos. Pero ya a punto de dar por finalizada la inspección, el del mostrador pareció asaltado por una idea luminosa y dijo:

-Sáquense lo que lleven en los bolsillos, por favor.

Ella no tenía bolsillos en su vestido veraniego, pero su marido sí. Sacó las miserias habituales: monedas de distintos países, facturas de hotel arrugadas, viejos billetes de metro, carteras de cerillas de propaganda gastadas por el roce, una pequeña agenda, una cajita de pastillas de goma para la tos. En un momento dado, ella advirtió en él un titubeo y, en seguida, una palidez súbita que sólo unos ojos como los suyos, acostumbrados durante años a tener su piel como paisaje familiar, podían percibir. ¿Qué le sucedía? Seguramente nada, pero...

El marido dispuso todos aquellos objetos sobre el mostrador con una simetría que tal vez respondía a un intento inconsciente de darles un aspecto decente, sobre todo la agenda, en cuyas mugrientas tapas se veían adheridas briznas de tabaco y una pastilla de goma escapada de su caja. No puede ser este desorden lo que lo ha sobresaltado, pensó ella. Él ni siquiera se fijaba en esas cosas, y mucho menos se iba a preocupar por lo que pensara un policía sobre la pulcritud de sus objetos personales.

-¿Eso es todo? Pues deles la vuelta.

Él dirigió a su mujer una intensa mirada de soslayo, como si deseara comunicarle algo. O al menos eso pensó ella viendo su frente perlada de sudor. Estaba sofocado. ¿Por qué? No tenemos nada que temer. No llevamos nada. ¿Es que se ha vuelto loco?

-Cuanto antes lo haga, antes acabaremos.

El marido dio la vuelta a sus bolsillos como se le pedía. Junto con virutas de tabaco, nuevas pastillas para la tos deformadas y polvorientas, y algunas bolas de pelusa del forro, cayó sobre el mostrador aquello. La mujer lo reconoció inmediatamente.

En realidad, esperaba algo así. Pero el hecho de esperarlo no aminoró su dolor. La vista de aquel objeto, en el que se encerraba el secreto de una vida que le era ajena, le produjo una impresión tan espantosa, fue tal el cúmulo de sentimientos e ideas que la asaltaron de repente, que creyó morir allí mismo, a los pies del perro. Un perro policía siempre encuentra algo. El agente sonrió por vez primera y les dejó marchar.

PILAR PEDRAZA. De su último libro “Arcano Trece”. Editorial Valdemar.

Reservados todos los derechos. Prohibida la reproducción parcial o total. Fotomontajes, textos e imágenes procedentes del archivo del Grupo Editorial Bitácora, Publicaciones Electrónicas. Envíenos un e-mail y solicite autorización.
© Grupo Editorial Bitácora