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LA
AMANTE DEL DIABLO
Elizabeth
Bowen
Hacia
el ocaso del día que había pasado en Londres, la señora Drover se dirigió hacia
su casa, que tenía cerca, para recoger algunas cosas que deseaba llevarse.
Unas eran de su propiedad, otras de su familia,
que ahora vivía en el campo. Era un día de finales de agosto, pesado y nuboso;
en aquel momento, los árboles del paseo relucían iluminados por un amarillento
sol de atardecer húmedo. Por entre las nubes bajas, cargadas de tormenta, asomaban
retazos de chimeneas y parapetos. En su calle familiar reinaba una atmósfera
irreal. Un gato jugueteaba por aquellos lugares, pero ninguna mirada humana
observaba el regreso de la señora Drover. Colocándose algunos paquetes bajo
el brazo, introdujo con lentitud la llave en una cerradura poco dispuesta a
recibirla y, tras darle una vuelta, empujó la puerta con un golpe de rodilla.
Un hálito muerto salió a su encuentro, mientras la mujer penetraba en el interior.
La ventana de la escalera estaba cerrada, por lo
que el vestíbulo se hallaba a oscuras. Pero una puerta permanecía entreabierta.
La señora Drover la cruzó y penetró en ella, abriendo la ventana. Era una mujer
prosaica, pero entonces, al mirar a su alrededor, quedó más perpleja de lo que
estimaba ser capaz tras las huellas de su larga experiencia de la vida, viendo
la mancha amarillenta sobre la repisa de mármol de la chimenea, el anillo olvidado
dentro de un vaso encima del escritorio, la rajadura en el papel que cubría
la pared donde siempre golpeaba el pomo cada vez que la puerta se abría bruscamente.
El piano, trasladado a un almacén, dejó unas señales parecidas a arañazos sobre
el parquet. Aunque no había mucho polvo, cada objeto estaba cubierto por una
ligera película. Y como que la única ventilación procedía de la chimenea, el
salón entero había adquirido un olor peculiar. La señora Drover dejó sus paquetes
encima del escritorio y salió de la habitación para dirigirse al piso alto.
Los objetos que había ido a buscar se guardaban en un arcón del dormitorio.
Estaba ansiosa por ver en qué estado se encontraba
la casa, pues el portero que se cuidaba de ella, junto con otras de la vecindad,
estaba de vacaciones, y sabía que ella no iba a volver. Aun en el mejor de los
casos no vigilada mucho, y la mujer no estaba muy segura de fiarse de él. Había
algunas resquebrajaduras en las paredes, producidas por el último bombardeo,
y deseaba echarles un vistazo, aunque no pudiera hacer nada.
Un rayo de luz se filtraba por una rendija y cruzaba
el vestíbulo. Se detuvo sorprendida ante la mesa del vestíbulo: había una carta
para ella.
Pensó primero que el vigilante habría regresado.
Pero aun así, ¿a quién se le ocurriría echar una carta en el buzón, viendo que
la casa estaba cerrada? No era una circular, ni una factura. Y en la oficina
de Correos le enviaban al campo las cartas que se recibían destinadas a ella.
El vigilante (aun cuando estuviera de regreso), no podía saber que ella pasada
en Londres aquel día -su visita tenía el propósito de la sorpresa-, por lo que
su negligencia en lo referente a aquella carta, abandonada allí, en medio del
polvo, la anonadaba. Sorprendida, tomó la carta, que no tenía sello. Tal vez
no era importante, o si no... Tomó la carta y subió rápidamente escaleras arriba
sin echarle siquiera una mirada, hasta que llegó a la que había sido su habitación,
donde encendió la luz. Daba a los jardines, donde el sol se había ocultado.
Las nubes se arremolinaban alrededor de los árboles y el césped, sumidos casi
en la oscuridad. Su aversión a mirar otra vez la carta, nacía del hecho de que
la atemorizaba el que alguien desdeñara sus costumbres. No obstante, en la tensión
que, precede a la lluvia, la leyó; contenía unas pocas líneas:
«0uerida Kathleen:
»No habrás olvidado que hoy es nuestro aniversario,
y el día que acordamos. Los años han pasado lenta y rápidamente. En vista de
que nada ha cambiado, tengo confianza en que habrás mantenido tu promesa. Me
apenó el hecho de que dejaras Londres, pero me satisfacía saber que estarás
de vuelta a tiempo. Debes esperarme, por tanto, a la hora convenida.
»Hasta entonces, “k”»
La señora Drover miró la fecha: era de aquel día.
Dejó la carta sobre la cama, y luego la volvió
a coger para leerla nuevamente. Sus labios, bajo las huellas del lápiz labial,
empezaron a ponerse blancos. Se dio cuenta del cambio que experimentaba su propio
rostro, y acudió al espejo, le pasó la mano para quitarle el polvo que lo cubría,
y se miró furtivamente. El espejo le devolvió la imagen de una mujer de cuarenta
y cuatro años, de mirada sorprendida bajo el borde del sombrero caído hacia
adelante. No se había empolvado desde que salió de la tienda donde tomó sola
el té. Las perlas que su marido le regaló el día de su boda, colgaban alrededor
de su flaco cuello, ocultándose dentro del escote en forma de V de su jersey
de lana rosa, tejido por su hermana mientras todos se reunían alrededor del
fuego. La expresión normal de la señora Drover era de impaciencia controlada,
pero de asentimiento. Desde el nacimiento del tercero de sus hijos, atacada
por una enfermedad grave, tenía un tic muscular intermitente en la comisura
izquierda de su boca, pero a pesar de ello, podía sostener una expresión que
era, a la vez, enérgica y tranquila. Volviéndose de espaldas a su propia imagen,
de un modo tan precipitado como el empleado para buscarla, se dirigió al arcón
donde se hallaban sus cosas, abrió la cerradura, levantó la tapa y se puso de
rodillas para revolverlo. Cuando empezó a descargar el aguacero, no pudo contener
una fugaz mirada por encima de su hombro hacia la cama, donde estaba la carta.
Tras la cortina de agua, la campana de la iglesia, que todavía se mantenía en
pie, desgranó seis campanadas, mientras la mujer, con temor creciente, contaba
cada uno de los lentos toques.
«La
hora convenida... ¡Dios mío¡ -dijo para sí-.
¿Qué
hora? ¿Cómo iba a pensar...? Después de veinticinco años...»
La
jovencita que hablaba con el soldado en el jardín no había visto su rostro por
entero. La oscuridad era absoluta, y ellos se despedían bajo un árbol. Ahora
y entonces -le parecía como si al no verle en aquellos momentos intensos jamás
le hubiera visto- se daba cuenta de su presencia, por los breves instantes en
los que él le apretaba la mano con fuerza, contra los botones de su uniforme
hasta hacerle daño. El corte del botón en la palma de su mano seda su único
recuerdo. Estaba tan cerca el fin de su licencia, en que vino de Francia, que
ella sólo deseaba que se hubiera ido. Fue en agoste de 1916. Kathleen se apartó
un poco y miró intimidada a los ojos del soldado, creyendo ver resplandores
espectrales en sus ojos. Volviéndose, y mirando por encima del césped, vio a
través de las ramas de los árboles, la ventana del salón iluminada: contuvo
el aliento, al pensar que podría volver corriendo a los brazos cariñosos de
su madre y su hermana, y llorar.
«¿Qué
será de mí? ¿Qué será de mí? Se ha marchado.
Dándose
cuenta de que contenía el aliento, el soldado le dijo:
-¿Tienes
frío?
-Te
marchas tan lejos...
-No
tan lejos como crees.
-No
te comprendo.
-No
tienes por qué hacerlo -dijo-. Ya comprenderás cuando sea el momento. Acuérdate
de lo que convinimos.
-Pero
aquello fueron suposiciones.
-Estaré
contigo -insistió el soldado-. Más tarde o más temprano. No lo olvides, lo único
que tienes que hacer es esperar.
Sólo
un minuto más y sería libre de correr por el prado silencioso. Mirando a través
de la ventana a su madre y a su hermana, para las que era invisible, comprendió
de repente que aquella extraña promesa la apartaba del resto de la especie humana.
Ninguna otra cosa hubiera podido hacerla sentirse tan desamparada, tan perdida.
No podía haber empeñado un pacto más siniestro. Kathleen lo resistió muy bien
cuando algunos meses más tarde dieron por muerto a su prometido, Su familia
no sólo la apoyó sino que incluso fue capaz de alabar su valor sin limites.
No podían lamentar la pérdida de alguien de quien tan poco sabían. Esperaban
que, al cabo de uno o dos años, ella misma se consolaría; si únicamente se hubiera
tratado de consuelo, las cosas habrían marchado mucho mejor. Pero no fue un
simple disgusto; su pena era algo completamente anormal. No tuvo que rechazar
a nuevos pretendientes, porque éstos no aparecieron. Durante años no tuvo ningún
atractivo para los hombres hasta que, al aproximarse a la treintena, sus reacciones
se hicieron más naturales, hasta el punto de tranquilizar la ansiedad de su
familia. Empezó a sobreponerse, y a los treinta y dos años se sintió gratamente
aliviada, al verse cortejada por William Drover.
Se
casó con él y ambos se establecieron en una parte tranquila de Kensington. En
aquella casa pasaron los años, nacieron sus hijos y vivieron hasta llegar los
bombardeos de la siguiente guerra. Sus movimientos como esposa de Drover eran
limitados y desechó la idea de que alguien la estaba espiando.
Tal
como estaban las cosas, vivo o muerto, el autor de la carta sólo pretendía amenazarla.
Cansada de permanecer de rodillas y con la espalda expuesta a la habitación
vacía, la señora Drover se apartó del arcón para sentarse a una silla, cuyo
respaldo estaba firmemente apoyado en la pared. La placidez de su antigua habitación,
la atmósfera tranquilizadora de su hogar de casada en Londres, todo se había
evaporado; el encanto había sido roto por el autor de aquella carta, La casa
vacía sellaba aquella noche, años y años de voces, costumbres y pasos, A través
de las cerradas ventanas oía solamente el rumor de la lluvia sobre los tejados
de los alrededores. Para tranquilizarse, se dijo que había sufrido una alucinación.
Durante algunos segundos cerró los ojos, pensando que la carta era una broma
de su imaginación.
Pero
al abrirlos, la carta seguía encima de la cama.
Su
mente no lograba desentrañar el sentido de la aparición sobrenatural de la carta.
¿Quién sabía en Londres que iba a ir a la casa precisamente hoy? El caso era,
evidentemente, que alguien se había enterado. Aun cuando el vigilante estuviera
de vuelta, no tenía razón alguna para esperarla; al contrario, se hubiera guardado
la carta en el bolsillo para llevarla luego al correo. Por otra parte, no existía
ninguna señal de que el vigilante hubiera vuelto, Y las cartas que se echan
por debajo de las puertas de las casas desiertas, no -vuelan solas hacia las
mesas de los vestíbulos. No se quedan encima del polvo de las mesas vacías,
como si estuvieran seguras de que alguien las va a encontrar. Era precisa una
mano humana para ello, y nadie, excepto el vigilante, poseía la llave.
Tal
vez era posible que ya no estuviese sola. Alguien debía estarle esperando al
pie de las escaleras. Esperando, ¿hasta cuándo? Hasta la «hora convenida». Al
menos no era las seis la hora convenida, pues habían sonado ya.
Se
levantó de la silla y fue a cerrar la puerta.
El
problema era marcharse. ¿Volando? No, eso no: tenía que tomar el tren. Como
mujer, cuya total responsabilidad constituía la clave de su vida familiar, no
podía regresar al campo junto a su marido, sus hijos y su hermana, sin los objetos
que había ido a buscar. Hizo rápidamente algunos paquetes con las cosas que
deseaba llevarse. Pero todos ellos, junto con los de sus compras, abultaban
mucho, lo que significaba que debería tomar un taxi. La idea del taxi la tranquilizó
un poco, y su respiración se hizo normal, «Llamaré ahora a un taxi, no tardará
en llegar. Le esperaré, oiré el ruido del motor y bajaré tranquilamente hasta
el vestíbulo. Voy a llamar. Pero no, la línea telefónica está cortada...» Tiró
de un nudo que había atado mal.
Volar...
«Jamás
fue cariñoso conmigo en realidad, No le recuerdo así. Mamá decía que no me consideraba.
Amar es considerar a la persona amada. ¿Y qué hizo él? ¿Sólo hacerme prometer
aquello? No puedo recordar qué.» Pero se dio cuenta de que sí podía recordar.
Recordaba con tan terrible agudeza, que los veinticinco años transcurridos parecían
disolverse como humo. Instintivamente miró la señal que quedó marcada en la
palma de su mano. No recordaba únicamente todo lo que dijo e hizo, sino la completa
suspensión de su existencia durante aquella semana de agosto.
«No
era yo misma, me decían todos entonces.» Recordaba, pero en sus recuerdos había
un espacio en blanco, como si sobre una fotografía hubiese caído una gota de
ácido: le resultaba imposible recordar el rostro de él...
«Dondequiera
que esté esperándome, no le reconoceré. ¿Y quién puede echar a correr, frente
a un rostro que no conoce?»
Tenía
que coger el taxi antes de que sonara cualquier hora. Iba calle abajo, hacia
la plaza en la que desembocaba la calle principal. Volvería a salvo con el taxi
a su propia casa y pediría al chofer que la acompañara a recoger los
paquetes. La idea del chofer la hizo tomar una decisión audaz. Dejó abierta
la puerta, y desde el rellano de la escalera, escuchó atentamente. No oyó nada,
pero mientras estaba allí, una ligera corriente de aire atravesó el rellano
y le acarició el rostro.
Procedía
de la planta baja; allá abajo alguien había abierto una puerta o una ventana,
alguien que había elegido aquel instante para abandonar la casa.
La
lluvia cesó. El empedrado estaba reluciente cuando la señora Drover atravesó
la puerta principal de su casa y salía a la calle desierta. Las casas vacías
de enfrente seguían mirándola con sus ojos resquebrajados. Se apresuró calle
abajo, intentando no mirar hacia atrás. Pero el silencio era tan intenso -un
silencio profundo en el Londres herido por la guerra-, que otros pasos, en pos
de los suyos, serían claramente perceptibles. Al desembocar la calle en la plaza,
donde la gente seguía Viviendo, empezó a tener conciencia de sí misma, y reprimió
su paso forzado. En el extremo de la plaza, dos autobuses se cruzaron impasibles,
mujeres, un viajante, ciclistas, un hombre empujando un carro: otra vez el fluir
ordinario de14 Vida. En el rincón más populoso de la plaza debía estar -y estaba-
la parada de taxis. Aquella noche había sólo un taxi, pero parecía esperarla.
Sin mirar a su espalda, el chofer puso en marcha el motor, mientras ella se
disponía a abrir la portezuela. Cuando la señora Drover entró en el taxi, dieron
las siete en algún reloj. El taxi se encaminó a la calle principal; para dirigirse
hacia su casa tenía que haber dado la vuelta.
La
mujer buscó apoyo en el respaldo del asiento, y el taxi había dado la vuelta
antes de que ella, sorprendida por aquel movimiento, se hubiera dado cuenta
de que no había dicho «adónde iba». Se inclinó hacia adelante, para golpear
el panel de vidrio que separaba la cabeza del chofer de la suya propia.
El
chofer frenó, hasta que detuvo casi el coche, se volvió e hizo bajar el panel
de separación: la sacudida hizo que la señora Drover cayera hacia adelante,
hasta casi tocar el cristal con el rostro. A través de la abertura, conductor
y pasajero, separados solamente por unos centímetros de distancia, permanecieron
durante una eternidad, con los ojos clavados el uno en el otro. La boca de la
señora Drover quedó abierta unos segundos, antes de que pudiera articular el
primer grito, Después siguió gritando desesperadamente, golpeando el cristal
con sus manos enguantadas mientras el taxi, que aceleró su marcha sin contemplaciones,
se internaba con ella por las desiertas calles.
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