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TRISTES
AYES DEL ÁGUILA MEJICANA
Pilar
Pedraza
Reinaba en la biblioteca el sopor de mediodía, cuando acechan los sutiles demonios
que algunos llaman “damas”. Agotado por una investigación tan árida como el
polvillo que se expande, venenoso, desde el podrido corazón de los legajos,
Rafael se ensimisma, se interna y desciende lentamente, en espiral, por escaleras
interiores cada vez más sombrías, que le conducen a los teatros donde yacen
las máscaras dispersas esperando que lleguen los actores; y baja más aún, a
las regiones nebulosas de la muerte, embriagado por el olor acre del libro que
sostiene abierto entre las manos, del que han caído sobre su regazo partículas
de papel apolillado como migajas de un festín. Tristes Ayes del Águila mejicana,
Reales Exequias de la Serenísima Doña María Amalia de Sajonia, Reina de las
Españas, reza el título en grandes letras contrahechas. Alguien ha amputado
la lámina central con una hoja de afeitar, dejando en el margen la repulsiva
huella de la mutilación.
El espíritu de Rafael
continúa su vuelo descendente mientras su cuerpo cabecea y el libro está a punto
de caer al suelo. En una zona incierta, planea por un instante entre el vértigo
y el temor a haber perdido el norte, cuando ve con alivio abrirse ante él o
por debajo el solanero de una plaza blanca y amarilla, donde se afanan acarreando
objetos muchos hombres de pelo negro que van entrando, procesión de hormigas,
en una iglesia grande, del color del pan bajo la luz de la mañana madura. Ya
resuelto a instalarse en ese punto a contemplar lo que se ofrezca, y libre del
temor a una visión demasiado cercana que pudiera dañarle, les sigue.
En
la penumbra de las naves, que no huelen a incienso sino a maíz y sudor moreno,
asiste al rebullir de sus trabajos, supervisados por hombres pálidos, duros
y pequeños, vestidos de negro. Están alzando una gran fábrica de oropel, lienzo
y cartón, que finge ser de mármol rosa. Algunos pintan cartelones de emblemas
como piadosos naipes y otros apilan hachas de cera y cirios que luego añadirán
al monumento, pira de mera luz que arderá sin quemarse, como las ánimas del
purgatorio y no como los cuerpos de los héroes antiguos. Pero –piensa el comisario
de las honras, varón comido por la melancolía- qué sabe aquella gente; cómo
hacer comprender a los salvajes las infinitas sutilezas del pensamiento acumulado
por los hombres durante siglos y atesoradas en libros que son incapaces de leer
porque su naturaleza no está hecha para esos menesteres. En tales circunstancias,
sólo cabe erigir algo que, sin dispendio, resulta grande y de aire fastuoso,
para no tener que mentir demasiado en el libro que lo narre –que él mismo ha
de escribir-, y allá, al otro lado del mar, si es que la nao que lo transporta
no se hunde, den el visto bueno a lo que se hace en estos infiernos del extremo
occidente. Qué sabrán ellos, qué sabrá nadie, ni los de aquí ni los de allá,
lo que es esto, multiplicar cada día los panes y los peces mientras vienen y
van riquezas fantasmales sin detener su tráfago para dar algún fruto a estos
vástagos encanijados.
Los hombres revestidos
con ropones negros y pelucas discuten agriamente si poner en los rótulos Amelia
o Amalia, y si resulta decoroso comparar con el rosicler de la Aurora
el color de las mejillas de la fallecida, que a estas horas debe de ser un sueño
nostálgico hasta para la gusanera. El comisario dice que eso debería estar ya
decidido y que van retrasados. Luego increpa a un tal Pedro, jefe de la indiada.
Le ordena bajar un poco más un cortinón morado. Pedro le mira con dulce brillo
de sangre en los ojos retintos y asiente sonriendo. A él qué más le da, lo que
quiere es terminar cuanto antes de colgar esos terciopelos enormes, apolillados,
percudidos de polvo, que le dañana los pulmones. Apremia a sus hombres. Sabe
cuanto hay que saber sobre la prisa inútil de sus amos, así revienten, y procura
administrarla con la menor fatiga posible para sí y los suyos.
Rafael se cansa en
seguida de espiar estos trajines carentes de entusiasmo, que ya conoce por el
propio libro, y, descendiendo un escalón en la quimera, se interna temerario
en una zona ignota, en la que ya ni el libro puede servirle de guía.
Cerca de la plaza hay
un convento de frailes barbudos que no parecen tan apurados como los anteriores
sino llenos de diversión y santo júbilo ante una idea que acaba de ocurrírseles.
Expertos en funebrias, no conoce el miedo ni el respeto a la fosa. Para ellos
la muerte no es nada, y eso da derecho al juego y la ironía. Algo grandioso
hay en el espíritu del prior, que se llama Rafael, como el Rafael de la biblioteca
y se le parece, pero con una barba que le llega a la cintura, en la que anidan
algunos piojos, que se entretiene en aplastar entre sus largas uñas como quien
pasa las cuentas de un rosario. Su cabeza febril ha parido para la ocasión un
invento mejor que un catafalco de madera y cartones. Consulta y cuchichea con
los más conspicuos miembros de su comunidad alucinada, que se siente feliz en
aquel mundo, Eldorado negro y silencioso, blanco y negro, de hueso y luto, de
sangre coagulada sobre las piedras eternas de los dioses. Todos asienten maravillados
menos un anciano, que pone algún reparo, no por estar en desacuerdo con la idea,
que también aplaude, sino porque teme que la incomprensión desate contra ellos
iras y represalias. Pero el padre Amador, brillantes los ojos con el fuego de
la fiebre y de una determinación inquebrantable, da por terminado el cónclave,
imparte órdenes y todo el convento pone manos a la obra, ayudado por indios
risueños y sombríos, desnudos bajo el vestido, cuyo jefe también se llama Pedro,
porque en el mundo que visita esa tarde Rafael las cosas se repiten en virtud
de la economía del sueño y el rigor de la pesadilla.
Todo el día y la noche
duran los trabajos en el cementerio de la parroquia, todo el día y la noche,
a la luz de las teas, tiene lugar sin tregua una orgía de trabajo que es a la
vez pasatiempo y plegaria. Comentarios atroces de los hombres morenos se mezclan
con las risitas pías de los padres barbudos, cuyas mejillas de pálido leño se
arrebolan con el esfuerzo y sus miembros sudan un sudor de amante. Los brazos
remangados levantan losas, separan cruces que ya casi echaban raíces en el suelo,
y arrancan a la tierra sin cuidado sus juguetes, sus semillas, sus hijos, su
alimento. Van saliendo los muertos y las muertas, enteros o a pedazos, son apilados
al borde de las tumbas y luego acarreados por los indios al lugar donde los
frailes descarnan, lavan, limpian, pulen con estopa, clasifican, separan, raspan,
dan brillo con cera hasta volver delicado marfil el hueso más inmundo –los perros
del convento husmean extrañados los residuos, pero no los tocan. Pronto hay
pilas de hermosas calaveras, montoncillos de falanges y vértebras, hileras de
esternones; ni las uñas se desaprovechan, pues limpias y pulidas son como escamas
de nácar. Algunos diseñan las arquitecturas que darán forma a aquellos materiales.
Y otros aún han entrado en la iglesia y sacan de la urna donde duerme la joya
que hace de su templo el más concurrido y fuente de perenne envidia en la vasta
región.
Es la momia hermosísima
de una india, ablandada por ellos mismos o sus antecesores con ungüentos que
saben destilar en su botica, vestida de raso azul y blanco, y enjoyada. Sustituyeron
las trenzas maltratadas por la muerte por una cabellera de crin negra de yegua,
dispuesta con tal arte que incitaba a la caricia. Y la llamaron Santa Victoria.
Descansa en su urna de cristal como la Bella Durmiente, piensa en Rafael de
la biblioteca al crearla en el
teatro de su fantasía, construyéndola con elementos del recuerdo. En el frenesí
de su libertinaje secreto y circunspecto, él mismo la maquilla de blanco con
suaves polvos de arroz, donados por una alta dama que juega a ocultar un origen
mestizo bajo el velo blanco y rosa del maquillaje, sin preocuparse por el hecho
de que sus ojos de carbón delaten la oscuridad de su árbol genealógico. Y la
viste con las tocas y el manto de la virgen del altar, que al efecto han desnudado
los frailes. Luego la guardan –espantoso, roído de carcoma y habitado por larvas-
en un arcón, piadosamente cubierta con un mantel litúrgico. Ésa es la maravilla
que ha de culminar la obra, la piedra filosofal, el cuerpo filosófico que reinará
en lugar de la reina sobre el montón de huesos.
El
éxito popular de las exequias de María Amalia en la iglesia de los capuchinos
fue incomparablemente mayor que el de las celebradas en la propia catedral en
presencia de la flor y nata neoespañola. Como un reguero de pólvora había corrido
por la ciudad la noticia de los fastos óseos del convento de los padres barbudos.
Un río de cabezas negras de pelo liso y pensamiento inescrutable se derramó
hasta él a ver la maravilla, desertando de los falsos mármoles, cirios humosos,
terciopelos raídos, volutas mal trazadas y agusanados rosicleres. Entendieron
los salvajes con su sabiduría, tan vieja como inútil, la importancia del hecho
de haber muerto una madre de regia estirpe, y hallaron adecuado que su túmulo
fuera una pirámide de cráneos y su dosel un encaje delicado de costillas;
que las lámparas que daban luz a su noche se hubieran hecho con falanges de
niños, que hubiera rosas de uñas para la señora. Admiraron los arcos de vértebras,
las dovelas de pelvis, todo aquel esplendor tan verdadero. Por primera vez un
aparato alzado por los otros no exigía de ellos que se hicieran violencia a
sí mismos con razones extrañas e incomprensible latines.
Allí arriba estaba,
de cuerpo muy presente, podían verla con sus propios ojos en lo alto de la pira,
muerta y triunfante, con sus galas de reina. No había engaño. Su cabello fluía,
liso como el de las mujeres, sobre el montón de huesos. Era bella la madre Amalia,
que había muerto al otro lado del mar para resucitar en primavera con las manos
morenas manando bienes. Del reino de los muertos, a su vuelta, traería días
buenos y noches llenas de las revelaciones que le hicieran las sombras.
En algunas cabezas
rubias y castañas quiso el capricho del que ponía en escena el aparato que surgiera
aquella misma quimera, o parecida. Sintieron algunos y algunas que les unía
a los indios el hueso, el cráneo, la pelvis –como un crisol en que estaba forjado,
quién sabe para qué, un pueblo nuevo de futuro incierto. También ellos se emocionaron
ante la muñeca, hija de la calentura de los sesos del padre Rafael y del otro
Rafael, prendado a su vez del temperamento del barbudo y piojoso artista de
la muerte hasta identificarse con él desde su posición omnipotente en el sillón
o trono de la biblioteca. Una frágil señora, envuelta en una crisálida de crespones
negros como una mariposa ya formada pero sin fuerzas para romper su encierro,
ocultó el rostro entre las manos enguantadas, preguntándose quién era ella y
en qué mundo se hallaba y cómo serían las cosas al otro lado del mar, porque
no había salido jamás de Nueva España. En su perplejidad y desconcierto, perdió
la identidad como se pierde a veces un pañuelo o el abanico o el carnet de baile,
y cayó al suelo desmayada de calor y zozobra. Rafael se desentendió de su persona,
considerándola una simple gota en el océano de la multitud mezclada, conmovida
al unísono por la invención de los frailes necrósofos, que habían dado en un
blanco común con su saeta.
La fraterna unión de
corazones que palpitaron juntos aquel día en el funeral más escandaloso que,
de haberse producido, hubieran registrado los anales del Nuevo Continente, gustó
a la misma Muerte, quien, no queriendo permanecer al margen de una ceremonia
tan peregrina, descargó un amoroso golpe sobre todos, empezando por los que
se hallaban en la ceremonia, no con la guadaña con la que por rutina se la presenta,
sino por medio de una peste salida de las mismas tumbas de donde se extrajeron
los materiales del macabro teatro. Un hálito mortal infectó a hombres, mujeres
y niños, morenos y rubios, lampiños y barbudos, a las damas y a las criadas
de negras trenzas, a los frailes y a los alguaciles.
Tras haber provocado
aquella mortandad, que fue al mismo tiempo un abrazo fraterno, Rafael volvió
al libro. Hubo de espantar una mosca verdosa de vientre irisado, quién sabe
si procedente del escenario de la hecatombe, que paseaba su insolencia por la
página, y acarició melancólico con la vista las torpes líneas de buril de un
grabadito que reproducía un montón de huesos en forma de templete y la imagen
de la reina yacente. Un rótulo volaba sobre ella sostenido por ángeles: La
Muerte todo lo reúne. Y debajo leyó unos versos que decían: “Quiso la Parca
indiscreta empañarle sus colores al clavel con los horrores de la fúnebre bayera.
Pero, advirtiendo la treta, sin obstar su palidez, sacó a la Parca esta vez
el color a la careta”. La invención le pareció simpática y sonrió, aunque ya
comenzaba a añorar su propio delirio, abandonado hacía apenas un instante, porque
ni aquellas graciosas palabras ni las líneas del grabado daban cuenta de la
oscura verdad.
Pilar Pedraza, de su libro “Arcano Trece –cuentos crueles” editado por la editorial Valdemar, en su colección “El Club Diógenes”.
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