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AGNI,
EL DIOS DEL FUEGO
María
José Esteban
Uno
de los más antiguos dioses de la India es Agni, el dios del fuego.
Se le representa bajo la apariencia de un
hombre muy alto y completamente rojo. Tiene tres piernas y siete brazos.
Su pelo y sus ojos son negros.
Sus dientes de oro brillan y su lengua es
ágil. De su boca salen llamas y de su cuerpo brotan siete rayos de luz.
Ciertos objetos le son consagrados: la leña
que alimenta el fuego; el hacha que permite cortar la leña; el fuelle con que
se puede atizar la llama; la antorcha cuya luz nos alumbra; y por fin la cuchara,
pues en la India antigua con ella se vertía en el fuego la mantequilla del sacrificio
que hacían para complacer a los dioses.
Agni se desplaza montado en un carnero y
se adorna con una guirnalda de frutas.
¿Cuáles son los favores que otorga él a
los hombres?
Es Agni quien hace aparecer en el cielo
esa bola de fuego, el Sol. ¿Qué haríamos sin el sol que nos alumbra y nos calienta?.
En el cielo nocturno, también es Agni quien
enciende estas innumerables bolitas de fuego, las estrellas.
Sin ellas, ¡qué tristes serían nuestras
noches!
A veces pesadas nubes aparecen. Están hinchadas
de agua, de esta agua que tanto necesita la tierra. Pero esta agua se queda
encerrada en las nubes, hasta que Agni mande un relámpago para que las rompa.
Entonces cae una lluvia benéfica que refresca la atmósfera y hace crecer las
cosechas.
Más aún, Agni está presente en cada una
de nuestras casas, bajo la forma del fuego en que cocemos los alimentos y del
hogar al lado del cual nos calentamos.
Agni no desprecia a nadie; prodiga sus bondades
a todos y quiere que haya fuego en cada morada.
Los antiguos hindúes invocaban a Agni para
conseguir una comida abundante y muchos bienes en este mundo. Le estaban agradecidos,
pues gracias a él podían ofrecer sacrificios en los que vertían mantequilla
o licores sagrados en el fuego, para honrar a los dioses.
Algunas personas le pedían también que calentara
a los muertos, para que se volviesen inmortales y pudieran entrar en el paraíso.
Agni no sólo es el benefactor de los hombres;
también lo es de los animales.
En el Mahabharata, viejo poema épico que
para la India corresponde a la Ilíada de Grecia, se encuentra el cuento siguiente:
Un día, un incendio, obra de Agni, devoraba
un bosque. Quemaba todo: Árboles, matorrales, hojas secas.
Tras él no quedaban sino cenizas y desolación.
Un pájaro, al que caracteriza un curioso
copete de plumas en la cabeza, una abubilla, estaba loco de inquietud al ver
que el fuego pronto alcanzaría su nido.
La pobre abubilla expresaba sus temores
en voz alta, pues en aquel entonces los animales y los hombres empleaban el
mismo lenguaje:
-Si se tratara sólo de mí, no tendría miedo
-decía-. Me bastaría con volar para salvarme. Pero mis cuatro pequeños no tienen
todavía ni plumas ni cola.
¿Cómo podrían volar? ¿Cómo salvarlos? ¿Qué
puedo hacer yo? Quizá podría llevarme a uno de ellos. Pero ¿por qué a él y no
a sus hermanos? Sería horrible abandonar a los demás.
De repente la pobre abubilla creyó haber
hallado una solución y les dijo a sus hijos:
-Queridos míos, veo el hueco en que vivía
una rata.
Entrad allí dentro y yo os cubriré con polvo.
Cuando haya pasado el peligro, volveré a buscaros.
-Pero, madre -dijo uno de los pajaritos-,
¿no nos comerá la rata?.
-No, hijo mío, he visto un halcón que se
llevaba a la rata que vivía en este agujero.
-Pero puede ser que haya otras -dijo otro
pajarito-. En este agujero seguramente nos comerán y será una muerte atroz.
Más vale ser víctima del incendio.
-Muy bien -dijo la abubilla-; entonces lo
único que puedo hacer es cubriros con mi cuerpo. A mí me quemará el incendio,
pero quizá de este modo vosotros sobreviviréis.
-No, no, querida madre -gritaron los pajaritos-.
Si te mueres, nos moriremos contigo y todas
las generaciones de pájaros que podríamos tener, tú y nosotros, quedarían así
sacrificadas. Pero si tú te escapas, podrás tener otros hijos. Todavía eres
joven y encantadora.
Sálvate, te lo suplicamos.
-¿Queréis verdaderamente que os deje solos?
- preguntó la abubilla, dudando.
-Sí, sí, -gritaron los hijos-. Adiós, madre
querida.
Y la abubilla voló.
Entonces los pajaritos empezaron a rezar
al dios del fuego:
-Agni, todopoderoso Agni, ves que acabamos
de perder a nuestra madre, que nos hemos quedado huérfanos. Tú solo puedes salvarnos.
Para ti ni hay nada imposible.
Entonces se oyó la voz de Agni, que había
asistido a toda aquella escena:
-No temáis, pajaritos. Ningún peligro os
amenaza.
Y el incendio del bosque se paró antes de
alcanzar el nido.
Al ver el fin del siniestro, la abubilla
volvió a toda prisa. ¡Qué feliz se sintió al oír a sus pequeños, llenos de salud,
que gorjeaban alegremente!.
Otra vez reunidos, los cinco pájaros empezaron
a rezar para dar las gracias a Agni.
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